BOSQUEJO HISTORICO DE LA CRISTIADA
GUERRERENSE
Por Monseñor Silvino Moreno Rendón.
Al dar una perspectiva panorámica de la gesta cristera, debemos decir que, aunque nuestra costa guerrerense fue un espacio periférico de
este movimiento, el historiador Jean Meyer, quien es el referente en los
estudios sobre el tema, nos transmite algún dato sobre escaramuzas que tuvieron
lugar en 1927. En el momento más álgido de la guerra.
Acompartimos compartimos un pequeño bosquejo elaborado por
Monseñor Silvino Moreno Rendón, quien murió poco antes de cumplir 101 años de
edad, como Párroco en Infonavit Alta Progreso; falleció el 13 de junio de
2012, y sus restos descansan en el templo parroquial de San Felipe de Jesús, en Infanivit Alta Progreso.
Cabe decir que Monseñor Silvino le tocó vivir la Cristiada, tenía muy poca
edad. Pero su hermano Alberto, sacerdote que llegó a ser canónigo en Chilapa, le
compartió todas sus experiencias, de primera mano.
El texto que sigue es de su autoría, y fue impreso a la manera de un folleto sencillo, que el Padre Silvino gustaba repartir gratuitamente.
CARTA
DE PRESENTACION DEL ARZOBISPO DE ACAPULCO AL AUTOR:
Señor Cura Don Silvino Moreno Rendón:
Recibí
su folleto en preparación titulado: “Bosquejo histórico de la Cristiana
Guerrerense” y lo he leído con mucho interés por los datos inéditos que
reporta- Lo puede publicar como un tributo de reconocimiento a la sangre que
nuestros paisanos ofrecieron por el Reinado de Cristo en México.
En
este episodio que usted narra se repitió, como en otras partes de la República,
la falta de jefes y estrategas con un plan bien definido que llevara las
falanges cristeras a la Victoria. Se imponía también una acción coherente y más
valiente de parte de los Pastores de la Grey. Todos los obispos salvaron sus
vidas. En cambio numerosos sacerdotes, identificados con el pueblo, se
ofrecieron en holocausto.
Ahora,
pasada la tempestad, se nos ofrece este magnífico periodo de Paz Postconciliar
para que a través de la Evangelización integral, encontremos el camino para que
Cristo siga reinando en México.
Rafael
Bello Ruiz, Arzobispo de Acapulco. 4 de Noviembre de 1985.
CRISTEROS
EN CHILAPA, GRO. PREAMBULO.
En
vista de que la Cristiada en el Estado de Guerrero, después de 60 años de
aquellos sucesos gloriosos, se pierde en las sombras del silencio, me he
propuesto escribir algo sobre este tema tan importante para la historia de la
Iglesia en México, y para que los Cristeros del Sur, no se queden sepultados en
el olvido y las generaciones futuras sepan que en la persecución religiosa de
1926 a 1929, en ésta región, también hubo valor cristiano para defender la fe
atacada por los modernos Nerones del siglo XX.
CAPITULO
I: LA LEY CALLES.
La
Ley Calles, que fue promulgada por el Congreso de la Unión el 18 de junio de
1926, hacía saber al Episcopado Mexicano, a más de otras cosas: que desde esa
fecha quedan prohibidas las Escuelas Católicas en toda la República Mexicana,
que se imponía el matrimonio a obispos y sacerdotes bajo pena de prisión o
destierro y, que para poder trabajar en los Templos debían registrar sus
servicios ante la ley civil, y que la Iglesia en vez de ser Romana, pasaba a
ser Mexicana.
El
Episcopado, después de meditarlo delante de Dios, y habiendo consultado a la
Santa Sede, decidió que el primero de agosto de 1926, se suspendiera el Culto
Católico en todos los Templos de la República Mexicana, manifestando en esta
forma su inconformidad con los artículos antirreligiosos de la Constitución
Civil y las leyes que los sancionaban.
Ante
esta actitud viril de la Iglesia, el pueblo católico que amaba su religión, no
pudo quedarse inmóvil. México, religioso por antonomasia, que antes de ser
civilizado cristianamente, amaba a sus dioses hasta darles su sangre, después
de conocer al verdadero Dios, no podía negarle esa misma sangre, por defender
sus Derechos Sagrados e inalienables, cuando eran vilmente conculcados por la
tiranía reinante.
Ante
esta situación tenebrosa y deprimente, dio principio la lucha armada en México,
encabezada por la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos y luego en casi
todos los Estados del centro, sobresaliendo en Jalisco.
CAPITULO II: LEVANTAMIENTO ARMADO EN CHILAPA.
Chilapa, Gro., la Ciudad
Levítica, no podía quedarse a la retaguardia en esta lucha de reconquista
espiritual. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, que había
llegado con su proselitismo hasta aquí, preparó por medio de conferencias que
daba el Minorista Moisés Moreno Sevilla un movimiento armado en casa de Don
Margarito Nava. El Rector del Seminario, Presbítero Don Nicolás Arzate, al
darse cuenta le prohibió hacerlo, para que no comprometiera al Seminario, pero
el seminarista se le hizo fácil desobedecer ya que estaba comprometido en una
causa noble y digna de incrementarla para que llegara a su fin. Un compañero
indiscreto Pánfilo Parra lo delató y fue expulsado del seminario, pero su
capacidad y honradez hicieron que pronto encontrara un buen patrón que lo puso
al frente de su comercio en México, de donde pasado buen tiempo fue llamado por
el Excelentísimo Señor Arzobispo de Monterrey, Nuevo León, Don Guadalupe Ortiz,
que siendo Obispo de Chilapa conocía su honradez y preparación, por eso lo
ordenó sacerdote el 25 de agosto de 1929. Después de trabajar en varias
parroquias, murió el 26 de diciembre de 1969, siendo Canónigo de la Santa
Iglesia Catedral de Monterrey, Nuevo León.
El principio del
movimiento armado tuvo lugar el 21 de septiembre de 1926, a las cuatro de la
mañana, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, tomaron la plaza tirando muchos balazos,
abrieron la prisión y sonaron las campanas de Catedral con toques de alarma,
logrando agrupar a más de 300 hombres dispuestos a luchar por la libertad de la
Iglesia.
Por muchos días
estuvieron haciendo mucha propaganda para aumentar el número de prosélitos y
emprender la lucha cristera, que día a día iba surgiendo con mucho vigor por
toda la Patria Mexicana.
CAPITULO III: LLEGA EL GOBIERNO A CHILAPA Y CAPTURA A LOS SACERDOTES.
El gobierno federal, al
darse cuenta de este movimiento armado, tomó las medidas conducentes para
sofocar la rebelión y así fue como a los ocho días de estos hechos, llegó a
Chilapa un contingente de federales de caballería que ascendía a 200.
La población que vivía a
la expectativa, tan pronto como se dio cuenta que se aproximaban fuerzas
federales, huyó a las montañas, buscando lugares estratégicos para la defensa.
Este hecho acaeció el 28 de septiembre de 1926, a las once de la mañana. Yo era
estudiante y recuerdo que los maestros del Colegio del Sagrado Corazón de
Jesús, al darse cuenta que venía el gobierno, nos mandaron a casa, con la
consigna de no correr, y así vi (Silvino)
que llegaba la tropa a la ciudad, y entraba por los cuatro puntos cardinales,
apuntando con las armas, dispuestos a disparar si encontraban resistencia de
parte de los sublevados.
Al darse cuenta que la
ciudad no amenazaba peligro, se instalaron en el cuartel municipal y desde
luego dieron principio las investigaciones con las autoridades para conocer a
fondo los hechos que acababan de suceder. Como el movimiento armado fue para
defender a la Iglesia, fácil fue suponer, que quienes tenían que sufrir las
consecuencias eran sacerdotes que residían en la ciudad, que aunque no ejercían
en los templos, clandestinamente seguían oficiando para atender a la
feligresía. Meses antes Salustio Deloya, presidente municipal, quiso cerrar los
templos, comenzando por la Catedral y el pueblo se amotinó y lo asesinó en la
plaza.
Entonces, toda la culpa
recayó en el clero, haciéndolo cómplice de este levantamiento en armas y así
fue como el 29 de septiembre de 1926, amanecieron sitiadas las casas de los
sacerdotes residentes en la ciudad, lo mismo el seminario y el Obispado.
Al primero que aprehendieron
fue a un Minorista que cuidaba el Obispado, de nombre Felipe Holguín,
originario de Tabasco, para que enseñara las casas donde vivían los sacerdotes.
Como a las siete de la mañana iba al mercado y entonces vi (Silvino) cómo unos federales conducían
presos a los dos hermanos: Leopoldo y Ángel Díaz Escudero. Más tarde fueron
aprehendidos, el señor Arcediano Rodrigo Herrera, Benjamín Salmerón, Gabino
Acevedo, Francisco Miranda y Abraham Flores, Canónigos de la Santa Iglesia
Catedral. También fueron aprendidos los presbíteros: Jesús Jaimes, Isidoro
Ramírez y Toribio Pérez Zagal.
Monseñor Leopoldo Díaz
Escudero VIII Obispo de Chilapa, quien gobernó la Diócesis hasta su muerte, que
fue muy edificante, por eso hace más de diez años se abrió proceso de su
beatificación, pero los documentos se extraviaron, en vista de eso, el 29 de
mayo de 1985, se abrió otro según el nuevo Derecho Canónico.
CAPITULO IV: SALIDA DE PRISIONEROS A CHILPANCINGO.
Al medio día, al sonar
las doce horas con la campana mayor de Catedral, en el cuartel se tocó el
clarín, dando la orden de preparar la salida y minutos después, desfiló la
escolta y los prisioneros rumbo a Chilpancingo. Este desfile era un cuadro
fúnebre para toda la ciudad. El pueblo, a cierta distancia, con lágrimas en los
ojos, veía partir entre soldados a los ministros de la Iglesia, que tanto
amaban. Hasta una camilla, llevaban dispuesta para el señor Acevedo que iba
enfermo.
De los 200 federales,
quedó una guarnición de 30 para resguardar la plaza. Desde ese momento reinó un
profundo silencio por toda la ciudad.
Eran las dos de la tarde cuando salí a la calle (Silvino), y apenas había caminado una cuadra, iba en la esquina de la casa de don Rutilio Pineda, cuando oí los primeros disparos de fusilería, de inmediato me regresé a la casa y sólo me esperaban mis tías Vicenta y Senorina para atrancar la puerta y hacer oración por el triunfo de la causa. Pues a esa hora llegaban los Cristeros, atacando a la guarnición federal al grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!
CAPITULO V: COMBATE EN CHILAPA.
La guarnición
oportunamente se dio cuenta del peligro en que se encontraba y se dispuso a
parapetarse en las torres de Catedral y en las fuentes públicas del zócalo. Así
fue como a los primeros disparos de los asaltantes contestaron oportunamente
haciendo blanco a los que iban a la vanguardia que llenos de fe, esperaban
obtener el triunfo sobre el enemigo que ocupaba la ciudad.
Entre los señores
mencionados, andaba un antiguo militar retirado, que era de Chilapa y por
cierto que, por su valor, gozaba de mucha fama militar, tanto que cuando
escuchó la federación que el que comandaba a los cristeros era Canfur, se
llenaron de temor, pues en el ejército fue conocido como “la Pantera del Sur”,
por su gran arrojo militar.
Este valiente cristero,
al entrar a Chilapa, penetró a una cantina y se puso a ingerir mezcal sin
ninguna preocupación. Al verlo algunos compañeros le dijeron: “General, sería
mejor que no tomara, pues nos encontramos en un combate de mucha trascendencia,
donde hay que poner toda la atención y valor que se necesita para el triunfo”.
El contestó: “No tengan miedo. Esta acción no es más que una pequeña
escaramuza, que con mucha facilidad nos dará el triunfo”. Desafortunadamente,
esta temeridad lo llevó al fracaso. Pues a los primeros disparos del enemigo,
una bala le destrozó el estómago, y de inmediato lo único que hizo fue ceñirse
con un gabán y seguir disparando su máuser con mucha maestría hasta sucumbir en
la lucha como un ejemplar valiente, que tiene por delante un ideal.
No obstante este tremendo
fracaso, sus soldados no se desmoralizaron, sino que se lanzaron con valentía a
la lucha, toda la tarde, no se oyó otra cosa que nutridos disparos de fusilería
por toda la ciudad. Constantemente, se oía el clarín, que Anastasio Herrera, de
Azoyú, tocaba alentando a los combatientes a luchar con valor.
Cuando el reloj público
sonó las ocho horas de la noche, sólo se oían disparos muy lejanos, se dijo que
los federales supervivientes, para romper el sitio, se quitaron los informes y
al igual que los cristeros gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Y así escaparon. De lo
contrario, hubieran perecido sin escapar uno solo.
CAPITULO VI: CUADRO
DESASTROSO EN LA CIUDAD.
Al día siguiente, todo
era un profundo silencio, como muchacho curioso (Silvino), busqué la forma de salir a la calle cuando apenas
amanecía, para escrutar el aspecto que presentaba la ciudad. Como vivía cerca
del zócalo, me dirigí allá y no encontré más que federales tirados por montones
y llenos de sangre al pie de las torres de Catedral y en las fuentes del
zócalo, lo mismo que en las calles. Donde quiera se presentaban cuadros
desastrosos, se veían cadáveres que causaban horror por estar encharcados en su
propia sangre.
Casi toda la guarnición
pereció en este combate del 29 de septiembre de 1926, día de San Miguel
Arcángel, Patrón de la ciudad.
Cuando comenzó el
combate, tenía dos horas que los 170 federales habían marchado hacia
Chilpancingo, conduciendo a los prisioneros. A esta hora habían llegado a la
cañada de “El Pajarito” y lograron oír detonaciones que los hizo pensar que la
guarnición de Chilapa era atacada por los cristeros. En esos instantes, el
general en mando, montó en cólera y pensó fusilar a los sacerdotes y devolverse
a Chilapa para auxiliar a la guarnición atacada. Pero afortunadamente, su
segundo, era un buen cristiano. Puso todo de su parte todo lo que pudo para
disuadirlo que todo lo que se oía no eran más que cohete y cámaras con que se
estaban festejando a San Miguel Arcángel. Convencido, continuaron su marcha hasta
llegar a Tixtla, donde pernoctaron y al día siguiente continuaron su itinerario
a Chilpancingo, Gro., donde tenían la consigna de entregar a los presos a un
general de apellido Palafox, jefe de las operaciones militares en el Estado de
Guerrero, para que los fusilara, pero afortunadamente pasaron varios días y
nunca llegó. Pero se dijo que por la Costa Grande, otro grupo de cristeros
acaudillados por Amadeo y Valdomero Vidales de Acapulco, le interrumpieron el
camino. Así fue como providencialmente, Palafox no pudo ejecutar la orden que
tenía de la Defensa Nacional.
Después que pasaron varios días y Palafox no llegaba, se ordenó que los presos fueran conducidos hasta la ciudad de México, donde fueron por algún tiempo internados en los calabozos y después por algún tiempo tuvieron por cárcel la ciudad, hasta que mediante algunas gestiones, obtuvieron su libertad.
CAPITULO VII: NUEVA TROPA, PERSIGUE Y FUSILA ALGUNOS CRISTEROS.
En Chilapa, con el combate todo acabó, los cristeros, decepcionados por la muerte trágica de Carfur, se dispersaron por muchos lugares, pues les hacía falta el jefe en quien tanto confiaban que los conduciría al triunfo. Estaban seguros que después de estos sucesos sangrientos no esperaban sino tremendas represalias.
Pasados algunos días, llegó nuevo contingente de federales y comenzaron a seguir la pista a los cristeros dispersos por los poblados circunvecinos. En su persecución llegaron hasta un lugar que se llama “El Aguacate”, que está arriba de Colotlipa, Gro., allí lograron varias aprensiones, entre ellos se contaba Anastasio Herrera, que fue el que la hizo de clarín. Era estudiante del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús de Chilapa, Gro. En 1925 terminó la Instrucción Primaria, y en 1926 estudiaba Comercio. Como había sido de la Escolta, aprendió los toques militares.
Amante de su religión, se afilio a la cuestión cristera, para luchar como buen soldado. Al ser aprendido fue conducido con don Jesús Nava y otros más a Chilpancingo, Gro., capital del Estado, donde se les formó causa y en breve fueron fusilados sin miramiento alguno, ya que habían sido sorprendidos con las armas, contra la tiranía imperante. Se dice que a Anastasio, con la descarga de fusilería, le brotó el corazón intacto, quedando al descubierto. Este hecho causó mucha admiración a los que habían presenciado esta injusta ejecución con quienes luchaban por una causa santa, como es la religión católica.
Esa tarde, del día del combate, mi padre Nicasio Moreno Castro, miembro activo de la Liga Nacional Defensora de la Religión, como a las 8 apareció por el rumbo del Zoyatal, conduciendo a más de cien hombres que venían de Topiltepec y pueblos circunvecinos, con el fin de auxiliar a los Cristeros, pero no faltó quien los disuadiera a regresarse, pues el combate ya había terminado y que el enemigo había sido exterminado.
Es así como dio fin esta
pequeña acción cristera en Chilapa, Gro., su recuerdo debe vivir en el corazón
de todo buen mexicano, que es un estímulo de fe que nuestros mayore nos
dejaron, a fin de que las generaciones venideras, siguiendo su ejemplo, sepan
defender su religión, cuando el enemigo intente atacar sus derechos sagrados.
CAPITULO VIII: SEGUNDO MOVIMIENTO ARMADO DE CRISTEROS EN
Chilapa, pueblo escogido
entre montañas, siendo muy católico, no pudo permanecer indiferente ante la
persecución religiosa, que la Iglesia estaba sufriendo en toda la República
Mexicana. Varias veces intentó unirse al movimiento cristero de toda la patria,
pero dado el aislamiento en que vivía, no logró alcanzar sus justas
aspiraciones.
Sufría al ver cómo los sacerdotes tenían que ejercer su ministerio a escondidas, y muchas veces a altas horas de la noche, esto se estilaba en todas partes. Recuerdo que en Topiltepec, Gro., llegaba el señor cura Eleuterio Salgado, párroco de Zitlala, Gro., a la casa de mi padre y a eso de las diez de la noche celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, al que acudían muchísima gente, tanto del lugar, como de los alrededores, que llenos de fe oían su Misa y toda la noche adoraban al Santísimo Sacramento. Mientras duraban estos actos, se ponían vigías para no ser sorprendidos por el enemigo. En esta forma se aquilataba más el fervor de aquellos cristianos, que hizo que un día se decidieran a salir en defensa de su religión oprimida por el enemigo.
CAPITULO IX: LEVANTAMIENTO
EN ARMAS EN TOPILTEPEC, GRO.
La Liga Defensora de la
Religión, anticipadamente había acordado que el 19 de marzo de 1929 se llevara
a cabo un levantamiento en armas en todo el Estado de Guerrero, contra la
tiranía reinante de esos años. El golpe unánime sería a las dos de la mañana.
Topiltepec y pueblos aledaños acataron con puntualidad la orden girada por la
Liga. Desde a las doce de la noche, sigilosamente comenzó a llegar gente armada
a la casa de mi padre, donde se almacenaba buena cantidad de armas y parque.
Cuando ya se encontraban reunidos los principales dirigentes del movimiento, se
procedió a la elección del Jefe y la elección recayó sobre el señor Maximino
Valeriano, hombre de energía y valor, que podría afrontar hechos tan delicados,
como era dirigir a hombres improvisados que con valor salían en defensa de su
religión vilipendiada. Después de la elección, se ordenó la marcha hacia
Chilapa, pero con mucha cautela, ya que en el lugar había agraristas armados
que tenían por jefe a Refugio García. Los comprometidos ascendían a doscientos
hombres, y la ordenanza que tenían entre manos, era la peligrosa aprensión de
Román Nava, jefe de los reservistas rurales de todo el Distrito de Álvarez, que
vivía en Las Pilas, Gro., cerca de Chilapa. Eran las dos de la mañana cuando se
dirigieron hacia allá, pasando por Totola y Ahuihuiyuco, donde se les agregó un
buen contingente de voluntarios dispuestos a ir a la lucha por la defensa de la
Iglesia.
Eran las cuatro de la mañana cuando llegaron sitiando el poblado y de manera muy especial, la casa del jefe, que tan pronto como se dio cuenta del peligro en que se encontraba, emprendió la fuga, y su suerte fue muy grande, que al que le tocó aprenderlo, era su amigo, de nombre Eucario Castro, de Topiltepec. Al tenerlo en la mano, le rogó que le concediera la fuga, y éste, fingiendo que se le escapaba, lo dejó ir. Así fue como no se cumplió la orden que se había girado por la Superioridad. Pero si cayó preso su sobrino, Daniel Nava, y con este trofeo entraron en Chilapa a las 5 de la mañana.
CAPITULO X: LLEGA LA
PRONUNCIA A CHILAPA Y ENCUENTRAN EN SILENCIO.
¡Cuál no sería la
sorpresa de estos guerrilleros improvisados, que a las cinco de la mañana,
cuando creían que la pronuncia estaba en todo el Estado de Guerrero, Chilapa
dormía el sueño de los justos…!
Ante el quietismo de la
ciudad, no les quedó otro camino que asaltar valientemente el Cuartel,
disparando muchos balazos, a fin de ahuyentar a la Guardia municipal. Dieron
repiques de alarma en Catedral, abrieron la prisión y al grito solemne de:
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, quedaron desde ese momento
dueños de la ciudad.
¿Qué tenían que hacer
cuando se vieron solos y comprometidos ante el Gobierno?
Comenzaron a investigar
quiénes eran los jefes que tenían el compromiso de levantarse en armas y
después de algunos sondeos, descubrieron a los encabezados y acudieron a ellos
para investigar el motivo por el cual no habían cumplido con la ordenanza que
todos habían recibido de la Jefatura Cristera.
Pretextaron que no había
venido el Jefe que la Liga tenía que mandar de México, para encabezar el
movimiento armado, mas como el levantamiento en armas estaba en pie, emprendido
por ellos, se les convenció que era urgente incorporarse, úes estaban seguros
que en muchísimos lugares del Estado de Guerrero estaban ya en la lucha por la
libertad de la Iglesia y que era urgente que desde luego comenzara la recluta
por todos los contornos y principalmente en la ciudad. Desde luego se instaló
una oficina en la plaza para comenzar a tomar lista de las personas que
espontáneamente se iban adhiriendo a la causa tan noble, como era nada menos
que la defensa de la religión.
Al medio día, era ya un aglomeramiento formidable, al grado que ya no cabían en la plaza. Unos como adictos y otros por curiosidad. Todos investigaban la ventaja o desventaja que podrí traer ese movimiento armado que en esos instantes se iniciaba. Había una cola muy grande de personas que esperaban su turno, para inscribirse como soldados de Cristo Rey.
CAPITULO XI: ROMAN NAVA
PONE SITIO A LA CIUDAD.
A las cuatro de la tarde,
se vio que comenzó a llegar a los alrededores de la ciudad un gran contingente
de agraristas, que se situaron en las alturas de los cerros para asediar la
ciudad. Allá por el lado del Calvario, se veía a un hombre montado en un
caballo blanco, que corría de un lado al otro como dando órdenes. Se dijo que
era Román Nava. A esa hora ya había agraristas hasta Las Joyas, Gro., que con
urgencia fueron citados para dar el auxilio, que se necesitaba en esos
momentos. Más tarde comenzó el tiroteo. Se disparaban tanto de los cerros como
del cuartel, estos disparos se escucharon hasta que entró la noche, en que
reinó un silencio sepulcral.
A las diez de la noche, los principales jefes del movimiento llevaron a a una junta, para acordar qué tenían qué hacer en lo sucesivo, ya que prácticamente se encontraban sitiados por el enemigo y que, de un momento a otro, podían atacarlos por sorpresa. Se acordó, que los venidos de fuera, se quedarían a resguardar la ciudad, y al preso Daniel; y los de Chilapa, se encargarían de rondar por las calles y sobre todo en las orillas, para evitar el asalto imprevisto del enemigo, que acechaba la ciudad. Como a las dos de la mañana del siguiente día, alguien se presentó al cuartel y dijo a los que ahí se encontraban en constante vigilancia, que vieran lo que hacían, pues los de Chilapa se habían ido a sus casas y que no contaran con ellos. Ante esa sorprendente noticia, se dio orden de que una fuerte escolta recorriera los cuatro puntos cardinales para darse cuenta si era cierta la fatal noticia. Pasado buen tiempo, regresaron muy decepcionados, diciendo que las calles estaban desiertas, y que no habían visto a nadie de los que tenían la encomienda de vigilar las entradas de la ciudad.
CAPITULO XII: LIBERAN AL
PORESO Y ABANDONAN EL CUARTEL.
Ante la situación desesperada que se presentaba ante sus ojos, de inmediato se procedió a deliberar sobre lo que se tenía que hacer de pronto, para evitar una muerte segura que se tenía sobre su existencia. Se acordó que las armas se guardasen en determinado lugar y que con prontitud se dispersara la pronuncia, pues era seguro que al amanecer sería el asalto de parte de los agraristas, que ascendían a más de mil hombres bien armados. Antes de todo, se procedió a dar libertad al preso Daniel, exigiéndole que ante la Virgen de Guadalupe hiciera un juramento de no delatar a nadie, y que de inmediato tendría que marcharse a su casa sin ver a sus compañeros, ya que ellos le perdonaban la vida. De lo contrario, tendría que atenerse a muy serias consecuencias. Hizo su juramento y se fue muy contento, y los pronunciados con prontitud se dispersaron para buscar a los amigos y refugiarse en sus casas.
CAPITULO XIII: LOS AGRARISTAS
ASALTAN LA CIUDAD.
El asalto al cuartel, del
gran contingente de agraristas, fue a las seis de la mañana, entrando por los
cuatro puntos cardinales, seguros que encontrarían una tremenda resistencia de
parte del enemigo, pero se encontraron con la sorprendente realidad de que todo
era silencio, y que por ningún lugar aparecía un cristero. Con mucha cautela
ase fueron instalando en el cuartel, pues temían alguna celada de parte del
enemigo.
Ese día fue domingo, como de costumbre comenzaron a llegar gente de las rancherías que iban a placear. Cuando fueron las once de la mañana, el comercio era grande, como si nada hubiera sucedido. Por las banquetas del zócalo, vi a varios paisanos que estaban sentados sin ningún pendiente. Más tarde se juntaron con sus familias que habían venido al mercado y se regresaron a sus casas, terminando así, aquel brote cristero.
CAPITULO XIV: LLEGA MAS GOBIERNO A CHILAPA.
Los sucesos anteriores, esperaban
tremendas consecuencias. A los pocos días llegó una fuerza federal a Chilapa,
acuartelándose junto con los agraristas, y desde luego, como de costumbre,
tuvieron que acudir a las autoridades para obtener los datos necesarios de
aquel levantamiento en armas.
Topiltepec fue un poblado
que se culpó como responsable de esta revuelta. Por eso una mañana, fue
totalmente sitiado y se hicieron varias aprehensiones. Algunos comprometidos,
oportunamente, habían huido para esconderse en El Texcal de Pochotla. Es un
cerro estratégico que está cerca del poblado de Totola. Hasta allá llegó el
gobierno conducido por algunos agraristas, entre ellos Tiburcio García vecino
de ese lugar. Tuvo la debilidad de hacer la denuncia, diciendo que: en la
cueva, se encontraban escondidos algunos cristeros. Hicieron más prisioneros
que ascendió a 17, y que desde luego fueron conducidos con mucha crueldad a la
prisión de Chilapa.
Al día siguiente, muy de mañana, salieron los principales de Topiltepec, encabezados por mi padre (Silvino), con el fin de rescatar a los presos. Todo el día lucharon por obtener audiencia con el jefe del ejército, pero el asunto se presentaba muy difícil, porque se negaba a tener arreglos con los que buscaban su libertad. Se buscaron personas influyentes en la ciudad, para que intervinieran en el asunto, pero todo parecía como un imposible, pues el jefe se mostraba muy enojado, alguna vez hasta amenazó también apresar a quienes buscaban la libertad de los sublevados. No obstante lo difícil del caso, se siguió luchando. Mi padre era hombre que tenía mucha confianza en Dios, y aunque era el alma de aquel movimiento cristero, se arrojó a buscar la libertad de quienes se habían comprometido a luchar por la libertad de la Iglesia. Después de tanta insistencia, Dios quiso que se aceptaran arreglos sobre la libertad de los presos, la condición fue, que se diera un rifle y cien pesos por cada uno. Como los que abogaban sabían dónde se encontraban las armas, de inmediato mandaron por ellas, y se hicieron los arreglos, terminando como a las once de la noche. A esa hora abandonaron el cuartel, muy contentos, pensando que el asunto había terminado con un feliz éxito. Pero desafortunadamente no era así, pues al llegar a determinado lugar, se hizo un recuento de prisioneros y la sorpresa fue muy grande, porque en vez de 17, sólo estaban 15. De inmediato se pasó lista y entonces se dieron cuenta que faltaban Eucario Barrios e Ignacio Guevara. Los que habían concertado los arreglos, con prontitud regresaron al cuartel, que encontraron desierto y en profundo silencio, pues el gobierno ocupante lo había evacuado.
CAPITULO XV: SACRIFICIO HEROICO DE DOS CRISTEROS.
El 24 de marzo de 1929, a
las doce de la noche, llegó un mensaje de Tlapa. Gro. solicitando auxilio a la federación
de Chilapa, pues había surgido un nuevo levantamiento de Cristeros en aquel
lugar. El jefe, al oír esta infausta noticia, montó en cólera e inmediatamente
ordenó la salida para auxiliar a Tlapa. Pero antes, mandó a traer a los presos
que habían quedado en la cárcel, para hacerles un minucioso interrogatorio, a
fin de descubrir a los que los habían comprometido a tomar las armas contra el
gobierno. Al tenerlos en su presencia y después de un largo interrogatorio,
ninguno delató a nadie, pues se concretaron a guardar profundo silencio que
admiró a la guarnición. Se les dio un espantoso tormento para hacer que
descubrieran lo que intentaba saber. Todo fue inútil, nada se logró. Sólo se
descubrió la fuerza moral que asitía a estos sencillos campesinos. Viendo su
firmeza, se ordenó la marcha, pero antes, descalzaron y tincaron a los
prisioneros. Poniéndolos a la vanguardia para irlos golpeando y arojándoles
encima los caballos. Muchas veces cayeron al suelo y hasta pasaron sobre ellos
las bestias. Con estos tormentos les pedían que delataran a los culpables del
levantamiento en armas, pero nada lograron. Así llegaron a un poblado que se
llama Lamatzintla, era como las dos de la mañana. Allí amenazaron a Eu cario,
le dijeron que, si no contestaba a lo que se le preguntaba, sería de inmediato
pasado por las armas. El permaneció en silencio y como nada dijo que delatara a
alguno, fue sentenciado a muerte. En el momento en que iba a ser fusilado se
supo que dijo: “Soy pecador, y pido perdón a Dios, con gusto entrego mi sangre
por Cristo, para ser perdonado”. Delante de su compañero Ignacio fue
sacrificado, para atemorizarlo, pero este sacrificio no hizo impacto, a quien
estaba también resuelto a ofrendar su sangre por Cristo.
Ignacio, que era más
joven, siguió su camino de calvario con mucha serenidad, confiando en la
misericordia de Dios, que le daría el valor suficiente para poder morir como su
compañero. Ya puede uno imaginarse cuanto tuvo que sufrir por el camino hasta
llegar a Atlixtac. Ahí lo reconoció don Aureliano Flores, empleado postal de
Chilapa, que desde niño lo había visto crecer en casa de mi tío Bonifacio
Moreno (tío de Silvino). Trabajaba como pastor de ganado. Al verlo trincado en
una banca de la plaza le preguntó: “Oye Nacho ¿Qué te pasó? Y ¡qué es lo que
hiciste? Te veo muy ensangrentado”. Como buen campesino contestó secamente:
¡Nada!, entonces: ¿Porqué te encuentras aquí trincado?. ¡Porque tomé las armas
contra el gobierno para defender a la Iglesia católica!. ¿Tienes miedo?. ¡No,
porque sé que voy a morir por Cristo!.
Como a las cinco de la
tarde se escuchó una descarga de fusilería, en un cerro que está al oriente de
Atlixtac. Ignacio, como cristero y buen soldado de causa tan noble como es la
religión católica, caía sin vida en aquella lejana soledad, pero muy cerca de
Dios. Esto sucedió el 26 de marzo de 1929. El ejército, después de tan injusta
ejecución, continuó su camino, dando órdenes a los vecinos del lugar, que allí
mismo fuera sepultado Maximino Valeriano, que encabezó el movimiento y otros
más huyeron para evitar represalias con el gobierno, unos se radicaron en
Iguala, otros en México y Maximino, para sentirse más seguro, se dio de alta en
el ejército del gobierno. Diez años después, supe que estaba en Guadalajara,
Jalisco, le escribí (Silvino) y me
contestó del Cuartel Colorado, ocupando el grado de sargento, no he vuelto a
saber más de su paradero.
Siendo (Silvino) párroco de Atlamajalcingo del Monte, Gro., en 1948, cuando pasaba a caballo, junto al sepulcro de Ignacio, hacía una breve oración por el eterno descanso de su alma. No había más que una cruz de madera, con el nombre de Ignacio Guevara, con la fecha de su martirio, 26 de marzo de 1929. La tierra estaba hundida unos veinte centímetros, donde reposaban los restos mortales del paisano y amigo pues, aunque mayor que yo, muchas veces cuidamos ganados en los campos y jugamos con otros compañeros. Más tarde contrajo matrimonio y formó parte de la música de viento del pueblo, lo perdí de vista pues me trasladé a Chilapa para estudiar.
CAPITULO XVI: CRISTEROS
EN VARIOS LUGARES DE GUERRERO.
Estando el movimiento
cristero en la mayor parte de los estados de la república, fácil era comprender
que en Guerrero hubo muchos levantamientos en favor de la Iglesia perseguida,
como en Buenavista de Cuéllar, Noxtepec y otros lugares, como Tlapa y costa
grande. Recuerdo (Silvino) que mi
profesor, el señor canónigo don Constantino Arizmendi, nos platicaba que,
siendo párroco de Noxtepec, Gro., al ser perseguido por el gobierno no le quedó
otro camino que incorporarse a los cristeros, donde actuaba en calidad de
Capellán Castrense. Dijo que en cierta ocasión hubo un encuentro con el
gobierno, y que para defenderse, se tiró pecho tierra para que no le tocara una
bala, y entonces vio cómo el cristero lazó al general Adrián Castrejón, pero su
asistente fue tan hábil, que cortó oportunamente la reata de lazar, y así fue
como se escapó de morir arrastrado por un caballo. En esa ocasión fue cuando
dijo que perdió sus ornamentos, y el cáliz que ocupaba para celebrar la Santa
Misa.
Es muy probable que entre esos cristeros militaba Fidel Jaimes, hermano de los padres Jesús y Pedro Jaimes, de ciudad Altamirano, Gro. Se dice que en esos años de la persecución religiosa, Fidel salió de México con parque para los cristeros del sur, y que el gobierno federal lo sorprendió. Y como acostumbraba hacerlo, inmediatamente lo fusiló, ofreciendo así su sangre por Cristo.
CAPITULO XVII: SACERDOTES GUERRENSES SACRIFICADOS EN LA
PERSECUCION RELIGIOSA.
Entre los guerrerenses
que ofrendaron su vida en tiempo de la persecución religiosa, podemos contar al
señor cura de Iguala, Gro., don David Uribe Velazco. Originario de Buenavista
de Cuéllar, Gro. por el General Adrián Castrejón, el 12 de abril de 1927, en el
kilómetro 168, entre Iguala y Cuernavaca, por negarse a pedir autorización al
gobierno, para ejercer su ministerio sacerdotal.
Al señor Presbítero don
Margarito Flores García, de Taxco de Alarcón, Gro., Vicario Cooperador de
Chilpancingo, Gro., fusilado en Tulimán, Gro., el 12 de noviembre de 1927,
junto con el presidente municipal de ese lugar, al que acusaron de haberle
proporcionado un guía.
Sin adelantarme al juicio de la Santa Iglesia, puedo afirmar que todos los que de buena fe, lucharon por defender a la Iglesia perseguida, y ofrendaron su sangre con heroísmo, en cierta forma podemos llamarlos MARTIRES, pues vemos que con arrojo y valentía se enfrentaron al enemigo, prefirieron morir por Cristo y no cruzarse de brazos, viendo pasivamente la saña con que el enemigo pretendía acabar con la Iglesia en México.
CAPITULO XVIII: ANTECEDENTES A LOS ARREGLOS.
El gobierno, por tres
años había perseguido a la Iglesia en México con mucha saña, instigado por las
sectas masónicas. Pero los católicos, guiados por la Liga Nacional
Defensora de la Libertad Religiosa, no permitieron este atraco bochornoso a la
libertad de creencia.
Cuando la tiranía
imperante de 1926 a 1929, se percató que había encontrado tope a su acción
impía, pensó retroceder, pero antes recurrió al último medio que le quedaba
para conseguir su fin.
En San Luis Potosí, tenía
a Saturnino Cedillo como jefe de las operaciones militares, que gozaba de gran
prestigio militar, por su arrojo y valentía. El Presidente de la República
Emilio Portes Gil lo llamó, de acuerdo con la Defensa Nacional, y le preguntó
que, si se comprometía a pacificar el Estado de Jalisco, ya que las milicias
federales casi habían sido extinguidas por los cristeros. Con todo aplomo
contestó afirmativamente, y que sólo pedía ocho días para preparar su plan de
guerra. Efectivamente, después de este plazo, se presentó a la Defensa Nacional
solicitando ejército y material bélico para la campaña. A su salida, ofreció al
gobierno que, en quince días pondría la paz a Jalisco.
Con todo sigilo, marchó
en un tren militar, bien equipado, y al llegar a los límites de Jalisco se
estacionó, para obtener informes de los lugares en que operaban los cristeros,
que tantos estragos habían causado al gobierno federal, pero no obtuvo más
respuesta de que allí no se conocían cristeros. Y no vio más que humildes
campesinos, que son sus yuntas llenaban todos los campos, surcando sus
parcelas, y le dijeron que posiblemente esa gente estaría en el centro del
Estado.
Fiado en ese informe, esa
misma noche prosiguió su marcha. Y cuál sería su sorpresa, que después de media
hora de haber entrado a Jalisco, se vio asediado por grandes contingentes de
hombres de campo, que sin que le dieran tiempo de poner en fuego su material
bélico, fue destrozado en pocos instantes, ya que los cristeros tenían sembrada
de dinamita una gran parte de la vía férrea. De tal manera que al llegar el
tren, en un momento hicieron estallar las cargas mortíferas, que sin disparar
un solo cartucho volaron el tren, donde pereció el mayor contingente que
intentaba poner paz al Estado. Después de unos días, el general más valiente
llegaba a la Capital, para informar que el caso era perdido, y narró la trágica
derrota que acababan de sufrir toda la fuerza militar.
La situación cristera era tan efectiva, que los grandes jefes aseguraban que en dos meses más, el gobierno caía definitivamente, pues el triunfo se perfilaba ya muy próximo, dado que en la mayor parte de la República existían fuertes núcleos de hombres valientes, que con armas o sin ellas, se lanzaban a la lucha, avanzando al enemigo el material bélico, con que lo destrozaban.
CAPITULO XIX: ARREGLOS
BOCHORNOSOS.
Ante esta situación y
desastre sufridos en Jalisco, Emilio Portes Gil, presidente de la República
Mexicana propuso los ARREGLOS, al Episcopado Mexicano; éste estaba representado
por los señores arzobispos Leopoldo Ruiz y Flores, y Pascual Díaz Barreto.
Fueron citados al castillo de Chapultepec, el 21 de junio de 1929, donde se les
dijo que para evitar que se siguiera derramando sangre mexicana, que el
gobierno de la República había determinado poner fin a la situación que
prevalecía, mediante algunas cláusulas: Que los cristeros depusieran las armas,
amnistiándose ante el gobierno. Que desde esa fecha los sacerdotes podrían
ejercer su ministerio en los templos, pero que ya no estarían al frente de ninguna
escuela. Que los artículos persecutorios de la Constitución no se reformarían,
y que sólo se aplicarían con espíritu de tolerancia y no de sectarismo. En
síntesis, estos fueron más o menos los ARREGLOS, que iban impregnados de un
reconcentrado sectarismo; pues se llegaba a ese acuerdo al no poderse menos, y
para darles más importancia, hicieron que intervinieran los Estados Unidos
mediante su embajador en México Míster Morrow.
CAPITULO XX: FATALES CONSECUENCIAS DE LOS “ARREGLOS”.
Como en los arreglos no intervino la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, ni se tuvo en cuenta a los grandes jefes de la resistencia armada, las consecuencias que siguieron fueron de una tremenda desorientación e inconformidad. De inmediato se previó lo que tenía que suceder, el distanciamiento entre el Episcopado y los dirigentes de la cristiada. Muchos de éstos tuvieron que huir al extranjero, como Capistrán Garza y otros u ocultarse para no caer bajo la picota del gobierno, y más tarde, de las hordas que el cardenismo formó con las reservas de agraristas que asesinaron a tantos valientes cristeros que incautamente se sometieron a la amnistía que el tirano les ofreció. Para muestra basta un botón: el presbítero Aristeo Pedroza, párroco de Arandas, Jalisco, que por tres años luchó al frente de 5,000 valientes cristeros, y cuando supo que se habían concentrado los arreglos, se presentó ante la jefatura de las operaciones militares revolucionarias de Jalisco, amnistiándose y marchó a hacerse cargo de su parroquia de Arandas, Jalisco, en la que fue capturado un mes después y fusilado tras una farsa de consejo de guerra. Así fue como quiso terminarse el valor cristero de México, que por tres años luchó por alcanzar la libertad religiosa. (El clamor de la sangre, por Joaquín Blanco Gil me sirvió para conocer algunos hechos).
CAPITULO XXI: TRASLADO DE
LOS RESTOS DE IGNACIO GUEVARA.
Hacia buen tiempo que pensaba exhumar los restos de Ignacio Guevara, sepultados en el lugar de su sacrificio, el 26 de marzo de 1929. Este deseo se me concedió hasta el 10 de noviembre de 1981, en que yendo de paso por Atlixtac, Gro., entrevisté al señor Cura don Luis Acevedo, invitándolo a que me acompañara. Fuimos y buscamos el lugar, pero de momento no dimos con él, pero afortunadamente se acercó un pastor, y nos preguntó qué era lo que buscábamos. Al decirle, me dijo: Venga, yo sé dónde está ese difunto, y nos enseñó. LE pregunté que si él podía sacar esos restos, y nos dijo que con gusto lo haría su yerno. Seguí mi camino a la fiesta de Xochihuehuetlán, mi antigua parroquia, y al regresar, ya tenía mi encargo en un cartón, y dentro, los restos en una bolsa de nylon, le di una buena gratificación y seguí a Chilapa, donde se los encargue a mi hermano el señor Canónigo Alberto Moreno, para que mandara hacer la urna y en fecha próxima hiciéramos la inhumación en Topiltepec.
CAPITULO XXII: REZAGOS DE
AGRARISMO Y PROTESTANTISMO, SE OPONEN A LA INHUMACIÓN.
El 11 de febrero de 1982,
mi hermano el Canónigo Alberto Moreno y yo (Silvino),
de Chilapa nos trasladamos a Topiltepec, Gro., donde los paisanos nos esperaban
con una solemne recepción, ya que sabían que íbamos para concelebrar el Santo
Oficio de la Misa, y a hacer la inhumación de los restos de las personas
sacrificadas en 1929. Llegamos a las 11 de la mañana, ya todo estaba preparado
para esta ceremonia luctuosa. Había gente venida de los pueblos circunvecinos,
especialmente de Ahuihuiyuco, Gro., ya que allí vive el hijo de Eucario
Barrios, que siguiendo mi indicación, oportunamente había recogido los restos
de su padre que estaban en Lamatzintla, Gro., donde había sido sacrificado el
25 de marzo de 1929. A nuestra llegada ya estaban sendas urnas, conteniendo los
restos mortales de quienes tuvieron el valor de ser sacrificados por la fe que
profesaban. La recepción de estos paisanos fue apoteótica, hasta llegar al
templo de la Santísima Virgen del Rosario, donde inmediatamente se dispuso todo
para la concelebración de la Misa de exequias.
La Comisaría que está
frente al templo también tenía gente. El lidercillo de Vidal Buenaventura,
instigó al comisario para que opusiera a que los restos se inhumaron en la
torre del templo. Cuando iba a comenzar la ceremonia, llegó al comandante
preguntando quién era el encargado de los “cadáveres”. Salí al frente y de
inmediato contesté que yo, y nadie más. Entonces me dijo que el comisario
ordenaba que pasara a la comisaría y le dije, que como estábamos en un acto que
no podíamos suspender, que me hiciera favor de esperarme. Se fue, y a poco llegó
más exigente con el mismo recado, al que le dí la misma contestación. Al
terminar pensé que atender a este llamado era engrandecerlos, por lo que
convenía era cortar por lo sano, subimos al coche y desfilamos, pero el paso
era precisamente por la Comisaría. Al pasar por ese lugar ya estaba el
comandante esperando para hacerme la parada; pero la interpreté como saludo y
aceleré, a fin de evitar problemas. Después de que llegamos al lugar donde nos
habían preparado los alimentos, nos llegó la noticia de que de que en
represalias, ya tenían detenidas varias personas que habían asistido a la
ceremonia, pero el pueblo se atumultó y exigió que los dieran libres.
Pensando que esto no
terminaría así, después de la comida, acompañado de algunos principales del
lugar me dirigí a Zitlala, Gro., invité al señor Cura Antonio Silva y fuimos a
ponerle en conocimiento al Presidente Municipal, lo que había sucedido. Nos
recibió con mucha atención y después de charlar un poco, le expusimos el
asunto. Nos atendió, y reprobó la actitud de los paisanos, y nos dijo que, si
llegaban con alguna queja, que los castigados serían ellos, por no haberse
unido al homenaje que se había tributado a los héroes de la fe.
Queda mucho que escribir
sobre este tema en el Estado de Guerrero, y pasando a Michoacán se está
olvidando al General Simón Cortés, papá del Excelentísimo señor Obispo Fidel
Cortés, que fuera el X obispo de Chilapa.
Siendo Párroco de
Ajuchitlán y Coyuca de Catalán, Gro., subía con frecuencia al Filo Mayor del
Sur, para atender a grupos de Vierneros, personas muy cristianas venidas de
Michoacán, después de los “arreglos”. Don Antonio Cortés, soldado de don Simón,
que vivía en La Trinidad, me platicaba que don Simón le dio muy buenos pegues
al General Lázaro Cárdenas en tiempos de la persecución religiosa en México y
que a su gente por chiste les decía: “Muchachos, si ya se cansaron de andar
conmigo, van escogiendo su palo donde quieran quedarse”. Y nadie lo abandonó,
pues tenia muy buena táctica para tratar a sus soldados que lo siguieron hasta
el fin de la cristiada.
Al terminar este bosquejo, lo deposito humildemente a las plantas de Cristo Rey y de Santa María de Guadalupe, esperando que plumas mejor cortas investiguen más a fondo este tema y lo den a conocer a las generaciones venideras.
SE HIZO EL TRASLADO E
INHUMACION DE LOS RESTOS, CON PERMISO DIOCESANO.
“Como lo solicitan los
PP. Silvino y Alberto Moreno y otros principales de Topiltepec, jurisdicción de
la Parroquia de Zitlala, Gro., se concede la licencia para ahumar, trasladar y
reinhumar en la Capilla del Rosario, los restos áridos de los que en vida
llevaron el nombre de Eucario Barrios e Ignacio Guevara, cristeros sacrificados
en defensa de la fe en la persecución religiosa (1926-1929).
Dado en Chilapa, Gro., a
los veintidós días del mes de noviembre de mil novecientos ochenta y uno,
fiesta de Cristo Rey.
Doy fe: Arcediano y Pro
Vicario General Andrés Ocampo R. (Rubricado).
Señores presbíteros
Silvino y Alberto Moreno y demás solicitantes. Al señor Comisario Municipal y
al señor Cura de la Parroquia de Zitlala, Gro.


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