José Pilar Quezada Valdès -sentado a la izquierda- y Agustín Caloca Cortés -Sentado a la derecha- alumnos en el Seminario de Guadalajaraa
... "en la Iglesia conviven asnos, mulos y machos cabríos, algunos tan salvajes que se sienten deseos de matarlos, pero no es posible porque 'el Amo quiere recibirlos todos en buen estado'."
El Cura de Torcy a su colega de Ambricourt, en: "Diario de un Cura Rural", de Bernanos.

jueves, 12 de marzo de 2026

BOSQUEJO HISTORICO DE LA CRISTIADA GUERRERENSE

 


BOSQUEJO HISTORICO DE LA CRISTIADA GUERRERENSE

Por Monseñor Silvino Moreno Rendón.

 

Al dar una perspectiva panorámica de la gesta cristera, debemos decir que, aunque nuestra costa guerrerense fue un espacio periférico de este movimiento, el historiador Jean Meyer, quien es el referente en los estudios sobre el tema, nos transmite algún dato sobre escaramuzas que tuvieron lugar en 1927. En el momento más álgido de la guerra.

Acompartimos compartimos un pequeño bosquejo elaborado por Monseñor Silvino Moreno Rendón, quien murió poco antes de cumplir 101 años de edad, como Párroco en Infonavit Alta Progreso; falleció el 13 de junio de 2012, y sus restos descansan en el templo parroquial de San Felipe de Jesús, en Infanivit Alta Progreso. Cabe decir que Monseñor Silvino le tocó vivir la Cristiada, tenía muy poca edad. Pero su hermano Alberto, sacerdote que llegó a ser canónigo en Chilapa, le compartió todas sus experiencias, de primera mano.

El texto que sigue es de su autoría, y fue impreso a la manera de un folleto sencillo, que el Padre Silvino gustaba repartir gratuitamente.

CARTA DE PRESENTACION DEL ARZOBISPO DE ACAPULCO AL AUTOR:

Señor Cura Don Silvino Moreno Rendón:


Recibí su folleto en preparación titulado: “Bosquejo histórico de la Cristiana Guerrerense” y lo he leído con mucho interés por los datos inéditos que reporta- Lo puede publicar como un tributo de reconocimiento a la sangre que nuestros paisanos ofrecieron por el Reinado de Cristo en México.

En este episodio que usted narra se repitió, como en otras partes de la República, la falta de jefes y estrategas con un plan bien definido que llevara las falanges cristeras a la Victoria. Se imponía también una acción coherente y más valiente de parte de los Pastores de la Grey. Todos los obispos salvaron sus vidas. En cambio numerosos sacerdotes, identificados con el pueblo, se ofrecieron en holocausto.

Ahora, pasada la tempestad, se nos ofrece este magnífico periodo de Paz Postconciliar para que a través de la Evangelización integral, encontremos el camino para que Cristo siga reinando en México.

Rafael Bello Ruiz, Arzobispo de Acapulco. 4 de Noviembre de 1985.

            CRISTEROS EN CHILAPA, GRO. PREAMBULO.

En vista de que la Cristiada en el Estado de Guerrero, después de 60 años de aquellos sucesos gloriosos, se pierde en las sombras del silencio, me he propuesto escribir algo sobre este tema tan importante para la historia de la Iglesia en México, y para que los Cristeros del Sur, no se queden sepultados en el olvido y las generaciones futuras sepan que en la persecución religiosa de 1926 a 1929, en ésta región, también hubo valor cristiano para defender la fe atacada por los modernos Nerones del siglo XX.

            CAPITULO I: LA LEY CALLES.

La Ley Calles, que fue promulgada por el Congreso de la Unión el 18 de junio de 1926, hacía saber al Episcopado Mexicano, a más de otras cosas: que desde esa fecha quedan prohibidas las Escuelas Católicas en toda la República Mexicana, que se imponía el matrimonio a obispos y sacerdotes bajo pena de prisión o destierro y, que para poder trabajar en los Templos debían registrar sus servicios ante la ley civil, y que la Iglesia en vez de ser Romana, pasaba a ser Mexicana.

El Episcopado, después de meditarlo delante de Dios, y habiendo consultado a la Santa Sede, decidió que el primero de agosto de 1926, se suspendiera el Culto Católico en todos los Templos de la República Mexicana, manifestando en esta forma su inconformidad con los artículos antirreligiosos de la Constitución Civil y las leyes que los sancionaban.

Ante esta actitud viril de la Iglesia, el pueblo católico que amaba su religión, no pudo quedarse inmóvil. México, religioso por antonomasia, que antes de ser civilizado cristianamente, amaba a sus dioses hasta darles su sangre, después de conocer al verdadero Dios, no podía negarle esa misma sangre, por defender sus Derechos Sagrados e inalienables, cuando eran vilmente conculcados por la tiranía reinante.

Ante esta situación tenebrosa y deprimente, dio principio la lucha armada en México, encabezada por la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos y luego en casi todos los Estados del centro, sobresaliendo en Jalisco. 

  


         CAPITULO II: LEVANTAMIENTO ARMADO EN CHILAPA.

Chilapa, Gro., la Ciudad Levítica, no podía quedarse a la retaguardia en esta lucha de reconquista espiritual. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, que había llegado con su proselitismo hasta aquí, preparó por medio de conferencias que daba el Minorista Moisés Moreno Sevilla un movimiento armado en casa de Don Margarito Nava. El Rector del Seminario, Presbítero Don Nicolás Arzate, al darse cuenta le prohibió hacerlo, para que no comprometiera al Seminario, pero el seminarista se le hizo fácil desobedecer ya que estaba comprometido en una causa noble y digna de incrementarla para que llegara a su fin. Un compañero indiscreto Pánfilo Parra lo delató y fue expulsado del seminario, pero su capacidad y honradez hicieron que pronto encontrara un buen patrón que lo puso al frente de su comercio en México, de donde pasado buen tiempo fue llamado por el Excelentísimo Señor Arzobispo de Monterrey, Nuevo León, Don Guadalupe Ortiz, que siendo Obispo de Chilapa conocía su honradez y preparación, por eso lo ordenó sacerdote el 25 de agosto de 1929. Después de trabajar en varias parroquias, murió el 26 de diciembre de 1969, siendo Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Monterrey, Nuevo León.

El principio del movimiento armado tuvo lugar el 21 de septiembre de 1926, a las cuatro de la mañana, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, tomaron la plaza tirando muchos balazos, abrieron la prisión y sonaron las campanas de Catedral con toques de alarma, logrando agrupar a más de 300 hombres dispuestos a luchar por la libertad de la Iglesia.

Por muchos días estuvieron haciendo mucha propaganda para aumentar el número de prosélitos y emprender la lucha cristera, que día a día iba surgiendo con mucho vigor por toda la Patria Mexicana.

            CAPITULO III: LLEGA EL GOBIERNO A CHILAPA Y CAPTURA A LOS                     SACERDOTES.


El gobierno federal, al darse cuenta de este movimiento armado, tomó las medidas conducentes para sofocar la rebelión y así fue como a los ocho días de estos hechos, llegó a Chilapa un contingente de federales de caballería que ascendía a 200.

La población que vivía a la expectativa, tan pronto como se dio cuenta que se aproximaban fuerzas federales, huyó a las montañas, buscando lugares estratégicos para la defensa. Este hecho acaeció el 28 de septiembre de 1926, a las once de la mañana. Yo era estudiante y recuerdo que los maestros del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, al darse cuenta que venía el gobierno, nos mandaron a casa, con la consigna de no correr, y así vi (Silvino) que llegaba la tropa a la ciudad, y entraba por los cuatro puntos cardinales, apuntando con las armas, dispuestos a disparar si encontraban resistencia de parte de los sublevados.

Al darse cuenta que la ciudad no amenazaba peligro, se instalaron en el cuartel municipal y desde luego dieron principio las investigaciones con las autoridades para conocer a fondo los hechos que acababan de suceder. Como el movimiento armado fue para defender a la Iglesia, fácil fue suponer, que quienes tenían que sufrir las consecuencias eran sacerdotes que residían en la ciudad, que aunque no ejercían en los templos, clandestinamente seguían oficiando para atender a la feligresía. Meses antes Salustio Deloya, presidente municipal, quiso cerrar los templos, comenzando por la Catedral y el pueblo se amotinó y lo asesinó en la plaza.

Entonces, toda la culpa recayó en el clero, haciéndolo cómplice de este levantamiento en armas y así fue como el 29 de septiembre de 1926, amanecieron sitiadas las casas de los sacerdotes residentes en la ciudad, lo mismo el seminario y el Obispado.

Al primero que aprehendieron fue a un Minorista que cuidaba el Obispado, de nombre Felipe Holguín, originario de Tabasco, para que enseñara las casas donde vivían los sacerdotes. Como a las siete de la mañana iba al mercado y entonces vi (Silvino) cómo unos federales conducían presos a los dos hermanos: Leopoldo y Ángel Díaz Escudero. Más tarde fueron aprehendidos, el señor Arcediano Rodrigo Herrera, Benjamín Salmerón, Gabino Acevedo, Francisco Miranda y Abraham Flores, Canónigos de la Santa Iglesia Catedral. También fueron aprendidos los presbíteros: Jesús Jaimes, Isidoro Ramírez y Toribio Pérez Zagal.

Monseñor Leopoldo Díaz Escudero VIII Obispo de Chilapa, quien gobernó la Diócesis hasta su muerte, que fue muy edificante, por eso hace más de diez años se abrió proceso de su beatificación, pero los documentos se extraviaron, en vista de eso, el 29 de mayo de 1985, se abrió otro según el nuevo Derecho Canónico.

            CAPITULO IV: SALIDA DE PRISIONEROS A CHILPANCINGO.

Al medio día, al sonar las doce horas con la campana mayor de Catedral, en el cuartel se tocó el clarín, dando la orden de preparar la salida y minutos después, desfiló la escolta y los prisioneros rumbo a Chilpancingo. Este desfile era un cuadro fúnebre para toda la ciudad. El pueblo, a cierta distancia, con lágrimas en los ojos, veía partir entre soldados a los ministros de la Iglesia, que tanto amaban. Hasta una camilla, llevaban dispuesta para el señor Acevedo que iba enfermo.

De los 200 federales, quedó una guarnición de 30 para resguardar la plaza. Desde ese momento reinó un profundo silencio por toda la ciudad.

Eran las dos de la tarde cuando salí a la calle (Silvino), y apenas había caminado una cuadra, iba en la esquina de la casa de don Rutilio Pineda, cuando oí los primeros disparos de fusilería, de inmediato me regresé a la casa y sólo me esperaban mis tías Vicenta y Senorina para atrancar la puerta y hacer oración por el triunfo de la causa. Pues a esa hora llegaban los Cristeros, atacando a la guarnición federal al grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

            CAPITULO V: COMBATE EN CHILAPA.


La guarnición oportunamente se dio cuenta del peligro en que se encontraba y se dispuso a parapetarse en las torres de Catedral y en las fuentes públicas del zócalo. Así fue como a los primeros disparos de los asaltantes contestaron oportunamente haciendo blanco a los que iban a la vanguardia que llenos de fe, esperaban obtener el triunfo sobre el enemigo que ocupaba la ciudad.

Entre los señores mencionados, andaba un antiguo militar retirado, que era de Chilapa y por cierto que, por su valor, gozaba de mucha fama militar, tanto que cuando escuchó la federación que el que comandaba a los cristeros era Canfur, se llenaron de temor, pues en el ejército fue conocido como “la Pantera del Sur”, por su gran arrojo militar.

Este valiente cristero, al entrar a Chilapa, penetró a una cantina y se puso a ingerir mezcal sin ninguna preocupación. Al verlo algunos compañeros le dijeron: “General, sería mejor que no tomara, pues nos encontramos en un combate de mucha trascendencia, donde hay que poner toda la atención y valor que se necesita para el triunfo”. El contestó: “No tengan miedo. Esta acción no es más que una pequeña escaramuza, que con mucha facilidad nos dará el triunfo”. Desafortunadamente, esta temeridad lo llevó al fracaso. Pues a los primeros disparos del enemigo, una bala le destrozó el estómago, y de inmediato lo único que hizo fue ceñirse con un gabán y seguir disparando su máuser con mucha maestría hasta sucumbir en la lucha como un ejemplar valiente, que tiene por delante un ideal.

No obstante este tremendo fracaso, sus soldados no se desmoralizaron, sino que se lanzaron con valentía a la lucha, toda la tarde, no se oyó otra cosa que nutridos disparos de fusilería por toda la ciudad. Constantemente, se oía el clarín, que Anastasio Herrera, de Azoyú, tocaba alentando a los combatientes a luchar con valor.

Cuando el reloj público sonó las ocho horas de la noche, sólo se oían disparos muy lejanos, se dijo que los federales supervivientes, para romper el sitio, se quitaron los informes y al igual que los cristeros gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Y así escaparon. De lo contrario, hubieran perecido sin escapar uno solo.

 

            CAPITULO VI: CUADRO DESASTROSO EN LA CIUDAD.

Al día siguiente, todo era un profundo silencio, como muchacho curioso (Silvino), busqué la forma de salir a la calle cuando apenas amanecía, para escrutar el aspecto que presentaba la ciudad. Como vivía cerca del zócalo, me dirigí allá y no encontré más que federales tirados por montones y llenos de sangre al pie de las torres de Catedral y en las fuentes del zócalo, lo mismo que en las calles. Donde quiera se presentaban cuadros desastrosos, se veían cadáveres que causaban horror por estar encharcados en su propia sangre.

Casi toda la guarnición pereció en este combate del 29 de septiembre de 1926, día de San Miguel Arcángel, Patrón de la ciudad.

Cuando comenzó el combate, tenía dos horas que los 170 federales habían marchado hacia Chilpancingo, conduciendo a los prisioneros. A esta hora habían llegado a la cañada de “El Pajarito” y lograron oír detonaciones que los hizo pensar que la guarnición de Chilapa era atacada por los cristeros. En esos instantes, el general en mando, montó en cólera y pensó fusilar a los sacerdotes y devolverse a Chilapa para auxiliar a la guarnición atacada. Pero afortunadamente, su segundo, era un buen cristiano. Puso todo de su parte todo lo que pudo para disuadirlo que todo lo que se oía no eran más que cohete y cámaras con que se estaban festejando a San Miguel Arcángel. Convencido, continuaron su marcha hasta llegar a Tixtla, donde pernoctaron y al día siguiente continuaron su itinerario a Chilpancingo, Gro., donde tenían la consigna de entregar a los presos a un general de apellido Palafox, jefe de las operaciones militares en el Estado de Guerrero, para que los fusilara, pero afortunadamente pasaron varios días y nunca llegó. Pero se dijo que por la Costa Grande, otro grupo de cristeros acaudillados por Amadeo y Valdomero Vidales de Acapulco, le interrumpieron el camino. Así fue como providencialmente, Palafox no pudo ejecutar la orden que tenía de la Defensa Nacional.

Después que pasaron varios días y Palafox no llegaba, se ordenó que los presos fueran conducidos hasta la ciudad de México, donde fueron por algún tiempo internados en los calabozos y después por algún tiempo tuvieron por cárcel la ciudad, hasta que mediante algunas gestiones, obtuvieron su libertad.

            CAPITULO VII: NUEVA TROPA, PERSIGUE Y FUSILA ALGUNOS                             CRISTEROS.

En Chilapa, con el combate todo acabó, los cristeros, decepcionados por la muerte trágica de Carfur, se dispersaron por muchos lugares, pues les hacía falta el jefe en quien tanto confiaban que los conduciría al triunfo. Estaban seguros que después de estos sucesos sangrientos no esperaban sino tremendas represalias.

Pasados algunos días, llegó nuevo contingente de federales y comenzaron a seguir la pista a los cristeros dispersos por los poblados circunvecinos. En su persecución llegaron hasta un lugar que se llama “El Aguacate”, que está arriba de Colotlipa, Gro., allí lograron varias aprensiones, entre ellos se contaba Anastasio Herrera, que fue el que la hizo de clarín. Era estudiante del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús de Chilapa, Gro. En 1925 terminó la Instrucción Primaria, y en 1926 estudiaba Comercio. Como había sido de la Escolta, aprendió los toques militares.

Amante de su religión, se afilio a la cuestión cristera, para luchar como buen soldado. Al ser aprendido fue conducido con don Jesús Nava y otros más a Chilpancingo, Gro., capital del Estado, donde se les formó causa y en breve fueron fusilados sin miramiento alguno, ya que habían sido sorprendidos con las armas, contra la tiranía imperante. Se dice que a Anastasio, con la descarga de fusilería, le brotó el corazón intacto, quedando al descubierto. Este hecho causó mucha admiración a los que habían presenciado esta injusta ejecución con quienes luchaban por una causa santa, como es la religión católica.

Esa tarde, del día del combate, mi padre Nicasio Moreno Castro, miembro activo de la Liga Nacional Defensora de la Religión, como a las 8 apareció por el rumbo del Zoyatal, conduciendo a más de cien hombres que venían de Topiltepec y pueblos circunvecinos, con el fin de auxiliar a los Cristeros, pero no faltó quien los disuadiera a regresarse, pues el combate ya había terminado y que el enemigo había sido exterminado.

Es así como dio fin esta pequeña acción cristera en Chilapa, Gro., su recuerdo debe vivir en el corazón de todo buen mexicano, que es un estímulo de fe que nuestros mayore nos dejaron, a fin de que las generaciones venideras, siguiendo su ejemplo, sepan defender su religión, cuando el enemigo intente atacar sus derechos sagrados.

            CAPITULO VIII: SEGUNDO MOVIMIENTO ARMADO DE CRISTEROS EN   


  CHILAPA.

Chilapa, pueblo escogido entre montañas, siendo muy católico, no pudo permanecer indiferente ante la persecución religiosa, que la Iglesia estaba sufriendo en toda la República Mexicana. Varias veces intentó unirse al movimiento cristero de toda la patria, pero dado el aislamiento en que vivía, no logró alcanzar sus justas aspiraciones.

Sufría al ver cómo los sacerdotes tenían que ejercer su ministerio a escondidas, y muchas veces a altas horas de la noche, esto se estilaba en todas partes. Recuerdo que en Topiltepec, Gro., llegaba el señor cura Eleuterio Salgado, párroco de Zitlala, Gro., a la casa de mi padre y a eso de las diez de la noche celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, al que acudían muchísima gente, tanto del lugar, como de los alrededores, que llenos de fe oían su Misa y toda la noche adoraban al Santísimo Sacramento. Mientras duraban estos actos, se ponían vigías para no ser sorprendidos por el enemigo. En esta forma se aquilataba más el fervor de aquellos cristianos, que hizo que un día se decidieran a salir en defensa de su religión oprimida por el enemigo.

            CAPITULO IX: LEVANTAMIENTO EN ARMAS EN TOPILTEPEC, GRO.

La Liga Defensora de la Religión, anticipadamente había acordado que el 19 de marzo de 1929 se llevara a cabo un levantamiento en armas en todo el Estado de Guerrero, contra la tiranía reinante de esos años. El golpe unánime sería a las dos de la mañana. Topiltepec y pueblos aledaños acataron con puntualidad la orden girada por la Liga. Desde a las doce de la noche, sigilosamente comenzó a llegar gente armada a la casa de mi padre, donde se almacenaba buena cantidad de armas y parque. Cuando ya se encontraban reunidos los principales dirigentes del movimiento, se procedió a la elección del Jefe y la elección recayó sobre el señor Maximino Valeriano, hombre de energía y valor, que podría afrontar hechos tan delicados, como era dirigir a hombres improvisados que con valor salían en defensa de su religión vilipendiada. Después de la elección, se ordenó la marcha hacia Chilapa, pero con mucha cautela, ya que en el lugar había agraristas armados que tenían por jefe a Refugio García. Los comprometidos ascendían a doscientos hombres, y la ordenanza que tenían entre manos, era la peligrosa aprensión de Román Nava, jefe de los reservistas rurales de todo el Distrito de Álvarez, que vivía en Las Pilas, Gro., cerca de Chilapa. Eran las dos de la mañana cuando se dirigieron hacia allá, pasando por Totola y Ahuihuiyuco, donde se les agregó un buen contingente de voluntarios dispuestos a ir a la lucha por la defensa de la Iglesia.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegaron sitiando el poblado y de manera muy especial, la casa del jefe, que tan pronto como se dio cuenta del peligro en que se encontraba, emprendió la fuga, y su suerte fue muy grande, que al que le tocó aprenderlo, era su amigo, de nombre Eucario Castro, de Topiltepec. Al tenerlo en la mano, le rogó que le concediera la fuga, y éste, fingiendo que se le escapaba, lo dejó ir. Así fue como no se cumplió la orden que se había girado por la Superioridad. Pero si cayó preso su sobrino, Daniel Nava, y con este trofeo entraron en Chilapa a las 5 de la mañana. 

            CAPITULO X: LLEGA LA PRONUNCIA A CHILAPA Y ENCUENTRAN EN             SILENCIO.

¡Cuál no sería la sorpresa de estos guerrilleros improvisados, que a las cinco de la mañana, cuando creían que la pronuncia estaba en todo el Estado de Guerrero, Chilapa dormía el sueño de los justos…!

Ante el quietismo de la ciudad, no les quedó otro camino que asaltar valientemente el Cuartel, disparando muchos balazos, a fin de ahuyentar a la Guardia municipal. Dieron repiques de alarma en Catedral, abrieron la prisión y al grito solemne de: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, quedaron desde ese momento dueños de la ciudad.

¿Qué tenían que hacer cuando se vieron solos y comprometidos ante el Gobierno?

Comenzaron a investigar quiénes eran los jefes que tenían el compromiso de levantarse en armas y después de algunos sondeos, descubrieron a los encabezados y acudieron a ellos para investigar el motivo por el cual no habían cumplido con la ordenanza que todos habían recibido de la Jefatura Cristera.

Pretextaron que no había venido el Jefe que la Liga tenía que mandar de México, para encabezar el movimiento armado, mas como el levantamiento en armas estaba en pie, emprendido por ellos, se les convenció que era urgente incorporarse, úes estaban seguros que en muchísimos lugares del Estado de Guerrero estaban ya en la lucha por la libertad de la Iglesia y que era urgente que desde luego comenzara la recluta por todos los contornos y principalmente en la ciudad. Desde luego se instaló una oficina en la plaza para comenzar a tomar lista de las personas que espontáneamente se iban adhiriendo a la causa tan noble, como era nada menos que la defensa de la religión.

Al medio día, era ya un aglomeramiento formidable, al grado que ya no cabían en la plaza. Unos como adictos y otros por curiosidad. Todos investigaban la ventaja o desventaja que podrí traer ese movimiento armado que en esos instantes se iniciaba. Había una cola muy grande de personas que esperaban su turno, para inscribirse como soldados de Cristo Rey.

            CAPITULO XI: ROMAN NAVA PONE SITIO A LA CIUDAD.

A las cuatro de la tarde, se vio que comenzó a llegar a los alrededores de la ciudad un gran contingente de agraristas, que se situaron en las alturas de los cerros para asediar la ciudad. Allá por el lado del Calvario, se veía a un hombre montado en un caballo blanco, que corría de un lado al otro como dando órdenes. Se dijo que era Román Nava. A esa hora ya había agraristas hasta Las Joyas, Gro., que con urgencia fueron citados para dar el auxilio, que se necesitaba en esos momentos. Más tarde comenzó el tiroteo. Se disparaban tanto de los cerros como del cuartel, estos disparos se escucharon hasta que entró la noche, en que reinó un silencio sepulcral.

A las diez de la noche, los principales jefes del movimiento llevaron a a una junta, para acordar qué tenían qué hacer en lo sucesivo, ya que prácticamente se encontraban sitiados por el enemigo y que, de un momento a otro, podían atacarlos por sorpresa. Se acordó, que los venidos de fuera, se quedarían a resguardar la ciudad, y al preso Daniel; y los de Chilapa, se encargarían de rondar por las calles y sobre todo en las orillas, para evitar el asalto imprevisto del enemigo, que acechaba la ciudad. Como a las dos de la mañana del siguiente día, alguien se presentó al cuartel y dijo a los que ahí se encontraban en constante vigilancia, que vieran lo que hacían, pues los de Chilapa se habían ido a sus casas y que no contaran con ellos. Ante esa sorprendente noticia, se dio orden de que una fuerte escolta recorriera los cuatro puntos cardinales para darse cuenta si era cierta la fatal noticia. Pasado buen tiempo, regresaron muy decepcionados, diciendo que las calles estaban desiertas, y que no habían visto a nadie de los que tenían la encomienda de vigilar las entradas de la ciudad.

            CAPITULO XII: LIBERAN AL PORESO Y ABANDONAN EL CUARTEL.

Ante la situación desesperada que se presentaba ante sus ojos, de inmediato se procedió a deliberar sobre lo que se tenía que hacer de pronto, para evitar una muerte segura que se tenía sobre su existencia. Se acordó que las armas se guardasen en determinado lugar y que con prontitud se dispersara la pronuncia, pues era seguro que al amanecer sería el asalto de parte de los agraristas, que ascendían a más de mil hombres bien armados. Antes de todo, se procedió a dar libertad al preso Daniel, exigiéndole que ante la Virgen de Guadalupe hiciera un juramento de no delatar a nadie, y que de inmediato tendría que marcharse a su casa sin ver a sus compañeros, ya que ellos le perdonaban la vida. De lo contrario, tendría que atenerse a muy serias consecuencias. Hizo su juramento y se fue muy contento, y los pronunciados con prontitud se dispersaron para buscar a los amigos y refugiarse en sus casas.

            CAPITULO XIII: LOS AGRARISTAS ASALTAN LA CIUDAD.

El asalto al cuartel, del gran contingente de agraristas, fue a las seis de la mañana, entrando por los cuatro puntos cardinales, seguros que encontrarían una tremenda resistencia de parte del enemigo, pero se encontraron con la sorprendente realidad de que todo era silencio, y que por ningún lugar aparecía un cristero. Con mucha cautela ase fueron instalando en el cuartel, pues temían alguna celada de parte del enemigo.

Ese día fue domingo, como de costumbre comenzaron a llegar gente de las rancherías que iban a placear. Cuando fueron las once de la mañana, el comercio era grande, como si nada hubiera sucedido. Por las banquetas del zócalo, vi a varios paisanos que estaban sentados sin ningún pendiente. Más tarde se juntaron con sus familias que habían venido al mercado y se regresaron a sus casas, terminando así, aquel brote cristero.

    


        CAPITULO XIV: LLEGA MAS GOBIERNO A CHILAPA.

Los sucesos anteriores, esperaban tremendas consecuencias. A los pocos días llegó una fuerza federal a Chilapa, acuartelándose junto con los agraristas, y desde luego, como de costumbre, tuvieron que acudir a las autoridades para obtener los datos necesarios de aquel levantamiento en armas.

Topiltepec fue un poblado que se culpó como responsable de esta revuelta. Por eso una mañana, fue totalmente sitiado y se hicieron varias aprehensiones. Algunos comprometidos, oportunamente, habían huido para esconderse en El Texcal de Pochotla. Es un cerro estratégico que está cerca del poblado de Totola. Hasta allá llegó el gobierno conducido por algunos agraristas, entre ellos Tiburcio García vecino de ese lugar. Tuvo la debilidad de hacer la denuncia, diciendo que: en la cueva, se encontraban escondidos algunos cristeros. Hicieron más prisioneros que ascendió a 17, y que desde luego fueron conducidos con mucha crueldad a la prisión de Chilapa.

Al día siguiente, muy de mañana, salieron los principales de Topiltepec, encabezados por mi padre (Silvino), con el fin de rescatar a los presos. Todo el día lucharon por obtener audiencia con el jefe del ejército, pero el asunto se presentaba muy difícil, porque se negaba a tener arreglos con los que buscaban su libertad. Se buscaron personas influyentes en la ciudad, para que intervinieran en el asunto, pero todo parecía como un imposible, pues el jefe se mostraba muy enojado, alguna vez hasta amenazó también apresar a quienes buscaban la libertad de los sublevados. No obstante lo difícil del caso, se siguió luchando. Mi padre era hombre que tenía mucha confianza en Dios, y aunque era el alma de aquel movimiento cristero, se arrojó a buscar la libertad de quienes se habían comprometido a luchar por la libertad de la Iglesia. Después de tanta insistencia, Dios quiso que se aceptaran arreglos sobre la libertad de los presos, la condición fue, que se diera un rifle y cien pesos por cada uno. Como los que abogaban sabían dónde se encontraban las armas, de inmediato mandaron por ellas, y se hicieron los arreglos, terminando como a las once de la noche. A esa hora abandonaron el cuartel, muy contentos, pensando que el asunto había terminado con un feliz éxito. Pero desafortunadamente no era así, pues al llegar a determinado lugar, se hizo un recuento de prisioneros y la sorpresa fue muy grande, porque en vez de 17, sólo estaban 15. De inmediato se pasó lista y entonces se dieron cuenta que faltaban Eucario Barrios e Ignacio Guevara. Los que habían concertado los arreglos, con prontitud regresaron al cuartel, que encontraron desierto y en profundo silencio, pues el gobierno ocupante lo había evacuado.

            CAPITULO XV: SACRIFICIO HEROICO DE DOS CRISTEROS.

El 24 de marzo de 1929, a las doce de la noche, llegó un mensaje de Tlapa. Gro. solicitando auxilio a la federación de Chilapa, pues había surgido un nuevo levantamiento de Cristeros en aquel lugar. El jefe, al oír esta infausta noticia, montó en cólera e inmediatamente ordenó la salida para auxiliar a Tlapa. Pero antes, mandó a traer a los presos que habían quedado en la cárcel, para hacerles un minucioso interrogatorio, a fin de descubrir a los que los habían comprometido a tomar las armas contra el gobierno. Al tenerlos en su presencia y después de un largo interrogatorio, ninguno delató a nadie, pues se concretaron a guardar profundo silencio que admiró a la guarnición. Se les dio un espantoso tormento para hacer que descubrieran lo que intentaba saber. Todo fue inútil, nada se logró. Sólo se descubrió la fuerza moral que asitía a estos sencillos campesinos. Viendo su firmeza, se ordenó la marcha, pero antes, descalzaron y tincaron a los prisioneros. Poniéndolos a la vanguardia para irlos golpeando y arojándoles encima los caballos. Muchas veces cayeron al suelo y hasta pasaron sobre ellos las bestias. Con estos tormentos les pedían que delataran a los culpables del levantamiento en armas, pero nada lograron. Así llegaron a un poblado que se llama Lamatzintla, era como las dos de la mañana. Allí amenazaron a Eu cario, le dijeron que, si no contestaba a lo que se le preguntaba, sería de inmediato pasado por las armas. El permaneció en silencio y como nada dijo que delatara a alguno, fue sentenciado a muerte. En el momento en que iba a ser fusilado se supo que dijo: “Soy pecador, y pido perdón a Dios, con gusto entrego mi sangre por Cristo, para ser perdonado”. Delante de su compañero Ignacio fue sacrificado, para atemorizarlo, pero este sacrificio no hizo impacto, a quien estaba también resuelto a ofrendar su sangre por Cristo.

Ignacio, que era más joven, siguió su camino de calvario con mucha serenidad, confiando en la misericordia de Dios, que le daría el valor suficiente para poder morir como su compañero. Ya puede uno imaginarse cuanto tuvo que sufrir por el camino hasta llegar a Atlixtac. Ahí lo reconoció don Aureliano Flores, empleado postal de Chilapa, que desde niño lo había visto crecer en casa de mi tío Bonifacio Moreno (tío de Silvino). Trabajaba como pastor de ganado. Al verlo trincado en una banca de la plaza le preguntó: “Oye Nacho ¿Qué te pasó? Y ¡qué es lo que hiciste? Te veo muy ensangrentado”. Como buen campesino contestó secamente: ¡Nada!, entonces: ¿Porqué te encuentras aquí trincado?. ¡Porque tomé las armas contra el gobierno para defender a la Iglesia católica!. ¿Tienes miedo?. ¡No, porque sé que voy a morir por Cristo!.

Como a las cinco de la tarde se escuchó una descarga de fusilería, en un cerro que está al oriente de Atlixtac. Ignacio, como cristero y buen soldado de causa tan noble como es la religión católica, caía sin vida en aquella lejana soledad, pero muy cerca de Dios. Esto sucedió el 26 de marzo de 1929. El ejército, después de tan injusta ejecución, continuó su camino, dando órdenes a los vecinos del lugar, que allí mismo fuera sepultado Maximino Valeriano, que encabezó el movimiento y otros más huyeron para evitar represalias con el gobierno, unos se radicaron en Iguala, otros en México y Maximino, para sentirse más seguro, se dio de alta en el ejército del gobierno. Diez años después, supe que estaba en Guadalajara, Jalisco, le escribí (Silvino) y me contestó del Cuartel Colorado, ocupando el grado de sargento, no he vuelto a saber más de su paradero.

         Siendo (Silvino) párroco de Atlamajalcingo del Monte, Gro., en 1948, cuando pasaba a caballo, junto al sepulcro de Ignacio, hacía una breve oración por el eterno descanso de su alma. No había más que una cruz de madera, con el nombre de Ignacio Guevara, con la fecha de su martirio, 26 de marzo de 1929. La tierra estaba hundida unos veinte centímetros, donde reposaban los restos mortales del paisano y amigo pues, aunque mayor que yo, muchas veces cuidamos ganados en los campos y jugamos con otros compañeros. Más tarde contrajo matrimonio y formó parte de la música de viento del pueblo, lo perdí de vista pues me trasladé a Chilapa para estudiar.

            CAPITULO XVI: CRISTEROS EN VARIOS LUGARES DE GUERRERO.

Estando el movimiento cristero en la mayor parte de los estados de la república, fácil era comprender que en Guerrero hubo muchos levantamientos en favor de la Iglesia perseguida, como en Buenavista de Cuéllar, Noxtepec y otros lugares, como Tlapa y costa grande. Recuerdo (Silvino) que mi profesor, el señor canónigo don Constantino Arizmendi, nos platicaba que, siendo párroco de Noxtepec, Gro., al ser perseguido por el gobierno no le quedó otro camino que incorporarse a los cristeros, donde actuaba en calidad de Capellán Castrense. Dijo que en cierta ocasión hubo un encuentro con el gobierno, y que para defenderse, se tiró pecho tierra para que no le tocara una bala, y entonces vio cómo el cristero lazó al general Adrián Castrejón, pero su asistente fue tan hábil, que cortó oportunamente la reata de lazar, y así fue como se escapó de morir arrastrado por un caballo. En esa ocasión fue cuando dijo que perdió sus ornamentos, y el cáliz que ocupaba para celebrar la Santa Misa.

Es muy probable que entre esos cristeros militaba Fidel Jaimes, hermano de los padres Jesús y Pedro Jaimes, de ciudad Altamirano, Gro. Se dice que en esos años de la persecución religiosa, Fidel salió de México con parque para los cristeros del sur, y que el gobierno federal lo sorprendió. Y como acostumbraba hacerlo, inmediatamente lo fusiló, ofreciendo así su sangre por Cristo.


            CAPITULO XVII: SACERDOTES GUERRENSES SACRIFICADOS EN LA       
 
        PERSECUCION RELIGIOSA.

Entre los guerrerenses que ofrendaron su vida en tiempo de la persecución religiosa, podemos contar al señor cura de Iguala, Gro., don David Uribe Velazco. Originario de Buenavista de Cuéllar, Gro. por el General Adrián Castrejón, el 12 de abril de 1927, en el kilómetro 168, entre Iguala y Cuernavaca, por negarse a pedir autorización al gobierno, para ejercer su ministerio sacerdotal.

Al señor Presbítero don Margarito Flores García, de Taxco de Alarcón, Gro., Vicario Cooperador de Chilpancingo, Gro., fusilado en Tulimán, Gro., el 12 de noviembre de 1927, junto con el presidente municipal de ese lugar, al que acusaron de haberle proporcionado un guía.

Sin adelantarme al juicio de la Santa Iglesia, puedo afirmar que todos los que de buena fe, lucharon por defender a la Iglesia perseguida, y ofrendaron su sangre con heroísmo, en cierta forma podemos llamarlos MARTIRES, pues vemos que con arrojo y valentía se enfrentaron al enemigo, prefirieron morir por Cristo y no cruzarse de brazos, viendo pasivamente la saña con que el enemigo pretendía acabar con la Iglesia en México.


            CAPITULO XVIII: ANTECEDENTES A LOS ARREGLOS.

El gobierno, por tres años había perseguido a la Iglesia en México con mucha saña, instigado por las sectas masónicas. Pero los católicos, guiados por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, no permitieron este atraco bochornoso a la libertad de creencia.

Cuando la tiranía imperante de 1926 a 1929, se percató que había encontrado tope a su acción impía, pensó retroceder, pero antes recurrió al último medio que le quedaba para conseguir su fin.

En San Luis Potosí, tenía a Saturnino Cedillo como jefe de las operaciones militares, que gozaba de gran prestigio militar, por su arrojo y valentía. El Presidente de la República Emilio Portes Gil lo llamó, de acuerdo con la Defensa Nacional, y le preguntó que, si se comprometía a pacificar el Estado de Jalisco, ya que las milicias federales casi habían sido extinguidas por los cristeros. Con todo aplomo contestó afirmativamente, y que sólo pedía ocho días para preparar su plan de guerra. Efectivamente, después de este plazo, se presentó a la Defensa Nacional solicitando ejército y material bélico para la campaña. A su salida, ofreció al gobierno que, en quince días pondría la paz a Jalisco.

Con todo sigilo, marchó en un tren militar, bien equipado, y al llegar a los límites de Jalisco se estacionó, para obtener informes de los lugares en que operaban los cristeros, que tantos estragos habían causado al gobierno federal, pero no obtuvo más respuesta de que allí no se conocían cristeros. Y no vio más que humildes campesinos, que son sus yuntas llenaban todos los campos, surcando sus parcelas, y le dijeron que posiblemente esa gente estaría en el centro del Estado.

Fiado en ese informe, esa misma noche prosiguió su marcha. Y cuál sería su sorpresa, que después de media hora de haber entrado a Jalisco, se vio asediado por grandes contingentes de hombres de campo, que sin que le dieran tiempo de poner en fuego su material bélico, fue destrozado en pocos instantes, ya que los cristeros tenían sembrada de dinamita una gran parte de la vía férrea. De tal manera que al llegar el tren, en un momento hicieron estallar las cargas mortíferas, que sin disparar un solo cartucho volaron el tren, donde pereció el mayor contingente que intentaba poner paz al Estado. Después de unos días, el general más valiente llegaba a la Capital, para informar que el caso era perdido, y narró la trágica derrota que acababan de sufrir toda la fuerza militar.

La situación cristera era tan efectiva, que los grandes jefes aseguraban que en dos meses más, el gobierno caía definitivamente, pues el triunfo se perfilaba ya muy próximo, dado que en la mayor parte de la República existían fuertes núcleos de hombres valientes, que con armas o sin ellas, se lanzaban a la lucha, avanzando al enemigo el material bélico, con que lo destrozaban.

            CAPITULO XIX: ARREGLOS BOCHORNOSOS.

Ante esta situación y desastre sufridos en Jalisco, Emilio Portes Gil, presidente de la República Mexicana propuso los ARREGLOS, al Episcopado Mexicano; éste estaba representado por los señores arzobispos Leopoldo Ruiz y Flores, y Pascual Díaz Barreto. Fueron citados al castillo de Chapultepec, el 21 de junio de 1929, donde se les dijo que para evitar que se siguiera derramando sangre mexicana, que el gobierno de la República había determinado poner fin a la situación que prevalecía, mediante algunas cláusulas: Que los cristeros depusieran las armas, amnistiándose ante el gobierno. Que desde esa fecha los sacerdotes podrían ejercer su ministerio en los templos, pero que ya no estarían al frente de ninguna escuela. Que los artículos persecutorios de la Constitución no se reformarían, y que sólo se aplicarían con espíritu de tolerancia y no de sectarismo. En síntesis, estos fueron más o menos los ARREGLOS, que iban impregnados de un reconcentrado sectarismo; pues se llegaba a ese acuerdo al no poderse menos, y para darles más importancia, hicieron que intervinieran los Estados Unidos mediante su embajador en México Míster Morrow.

            CAPITULO XX: FATALES CONSECUENCIAS DE LOS “ARREGLOS”.

Como en los arreglos no intervino la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, ni se tuvo en cuenta a los grandes jefes de la resistencia armada, las consecuencias que siguieron fueron de una tremenda desorientación e inconformidad. De inmediato se previó lo que tenía que suceder, el distanciamiento entre el Episcopado y los dirigentes de la cristiada. Muchos de éstos tuvieron que huir al extranjero, como Capistrán Garza y otros u ocultarse para no caer bajo la picota del gobierno, y más tarde, de las hordas que el cardenismo formó con las reservas de agraristas que asesinaron a tantos valientes cristeros que incautamente se sometieron a la amnistía que el tirano les ofreció. Para muestra basta un botón: el presbítero Aristeo Pedroza, párroco de Arandas, Jalisco, que por tres años luchó al frente de 5,000 valientes cristeros, y cuando supo que se habían concentrado los arreglos, se presentó ante la jefatura de las operaciones militares revolucionarias de Jalisco, amnistiándose y marchó a hacerse cargo de su parroquia de Arandas, Jalisco, en la que fue capturado un mes después y fusilado tras una farsa de consejo de guerra. Así fue como quiso terminarse el valor cristero de México, que por tres años luchó por alcanzar la libertad religiosa. (El clamor de la sangre, por Joaquín Blanco Gil me sirvió para conocer algunos hechos).

        CAPITULO XXI: TRASLADO DE LOS RESTOS DE IGNACIO GUEVARA.

Hacia buen tiempo que pensaba exhumar los restos de Ignacio Guevara, sepultados en el lugar de su sacrificio, el 26 de marzo de 1929. Este deseo se me concedió hasta el 10 de noviembre de 1981, en que yendo de paso por Atlixtac, Gro., entrevisté al señor Cura don Luis Acevedo, invitándolo a que me acompañara. Fuimos y buscamos el lugar, pero de momento no dimos con él, pero afortunadamente se acercó un pastor, y nos preguntó qué era lo que buscábamos. Al decirle, me dijo: Venga, yo sé dónde está ese difunto, y nos enseñó. LE pregunté que si él podía sacar esos restos, y nos dijo que con gusto lo haría su yerno. Seguí mi camino a la fiesta de Xochihuehuetlán, mi antigua parroquia, y al regresar, ya tenía mi encargo en un cartón, y dentro, los restos en una bolsa de nylon, le di una buena gratificación y seguí a Chilapa, donde se los encargue a mi hermano el señor Canónigo Alberto Moreno, para que mandara hacer la urna y en fecha próxima hiciéramos la inhumación en Topiltepec.

        CAPITULO XXII: REZAGOS DE AGRARISMO Y PROTESTANTISMO, SE                 OPONEN A LA INHUMACIÓN.

El 11 de febrero de 1982, mi hermano el Canónigo Alberto Moreno y yo (Silvino), de Chilapa nos trasladamos a Topiltepec, Gro., donde los paisanos nos esperaban con una solemne recepción, ya que sabían que íbamos para concelebrar el Santo Oficio de la Misa, y a hacer la inhumación de los restos de las personas sacrificadas en 1929. Llegamos a las 11 de la mañana, ya todo estaba preparado para esta ceremonia luctuosa. Había gente venida de los pueblos circunvecinos, especialmente de Ahuihuiyuco, Gro., ya que allí vive el hijo de Eucario Barrios, que siguiendo mi indicación, oportunamente había recogido los restos de su padre que estaban en Lamatzintla, Gro., donde había sido sacrificado el 25 de marzo de 1929. A nuestra llegada ya estaban sendas urnas, conteniendo los restos mortales de quienes tuvieron el valor de ser sacrificados por la fe que profesaban. La recepción de estos paisanos fue apoteótica, hasta llegar al templo de la Santísima Virgen del Rosario, donde inmediatamente se dispuso todo para la concelebración de la Misa de exequias.

La Comisaría que está frente al templo también tenía gente. El lidercillo de Vidal Buenaventura, instigó al comisario para que opusiera a que los restos se inhumaron en la torre del templo. Cuando iba a comenzar la ceremonia, llegó al comandante preguntando quién era el encargado de los “cadáveres”. Salí al frente y de inmediato contesté que yo, y nadie más. Entonces me dijo que el comisario ordenaba que pasara a la comisaría y le dije, que como estábamos en un acto que no podíamos suspender, que me hiciera favor de esperarme. Se fue, y a poco llegó más exigente con el mismo recado, al que le dí la misma contestación. Al terminar pensé que atender a este llamado era engrandecerlos, por lo que convenía era cortar por lo sano, subimos al coche y desfilamos, pero el paso era precisamente por la Comisaría. Al pasar por ese lugar ya estaba el comandante esperando para hacerme la parada; pero la interpreté como saludo y aceleré, a fin de evitar problemas. Después de que llegamos al lugar donde nos habían preparado los alimentos, nos llegó la noticia de que de que en represalias, ya tenían detenidas varias personas que habían asistido a la ceremonia, pero el pueblo se atumultó y exigió que los dieran libres.

Pensando que esto no terminaría así, después de la comida, acompañado de algunos principales del lugar me dirigí a Zitlala, Gro., invité al señor Cura Antonio Silva y fuimos a ponerle en conocimiento al Presidente Municipal, lo que había sucedido. Nos recibió con mucha atención y después de charlar un poco, le expusimos el asunto. Nos atendió, y reprobó la actitud de los paisanos, y nos dijo que, si llegaban con alguna queja, que los castigados serían ellos, por no haberse unido al homenaje que se había tributado a los héroes de la fe.

Queda mucho que escribir sobre este tema en el Estado de Guerrero, y pasando a Michoacán se está olvidando al General Simón Cortés, papá del Excelentísimo señor Obispo Fidel Cortés, que fuera el X obispo de Chilapa.

Siendo Párroco de Ajuchitlán y Coyuca de Catalán, Gro., subía con frecuencia al Filo Mayor del Sur, para atender a grupos de Vierneros, personas muy cristianas venidas de Michoacán, después de los “arreglos”. Don Antonio Cortés, soldado de don Simón, que vivía en La Trinidad, me platicaba que don Simón le dio muy buenos pegues al General Lázaro Cárdenas en tiempos de la persecución religiosa en México y que a su gente por chiste les decía: “Muchachos, si ya se cansaron de andar conmigo, van escogiendo su palo donde quieran quedarse”. Y nadie lo abandonó, pues tenia muy buena táctica para tratar a sus soldados que lo siguieron hasta el fin de la cristiada.

Al terminar este bosquejo, lo deposito humildemente a las plantas de Cristo Rey y de Santa María de Guadalupe, esperando que plumas mejor cortas investiguen más a fondo este tema y lo den a conocer a las generaciones venideras.



            SE HIZO EL TRASLADO E INHUMACION DE LOS RESTOS, CON                             PERMISO DIOCESANO.

“Como lo solicitan los PP. Silvino y Alberto Moreno y otros principales de Topiltepec, jurisdicción de la Parroquia de Zitlala, Gro., se concede la licencia para ahumar, trasladar y reinhumar en la Capilla del Rosario, los restos áridos de los que en vida llevaron el nombre de Eucario Barrios e Ignacio Guevara, cristeros sacrificados en defensa de la fe en la persecución religiosa (1926-1929).

Dado en Chilapa, Gro., a los veintidós días del mes de noviembre de mil novecientos ochenta y uno, fiesta de Cristo Rey.

Doy fe: Arcediano y Pro Vicario General Andrés Ocampo R. (Rubricado).

Señores presbíteros Silvino y Alberto Moreno y demás solicitantes. Al señor Comisario Municipal y al señor Cura de la Parroquia de Zitlala, Gro.


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