José Pilar Quezada Valdès -sentado a la izquierda- y Agustín Caloca Cortés -Sentado a la derecha- alumnos en el Seminario de Guadalajaraa
... "en la Iglesia conviven asnos, mulos y machos cabríos, algunos tan salvajes que se sienten deseos de matarlos, pero no es posible porque 'el Amo quiere recibirlos todos en buen estado'."
El Cura de Torcy a su colega de Ambricourt, en: "Diario de un Cura Rural", de Bernanos.
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sábado, 18 de mayo de 2024

"ERES BIENVENIDO, PARA QUE TE HAGAS COMPAÑERO DEL DOLOR Y LA ESPERANZA". Pbro. José Jesús Mendoza Zaragoza al nuevo Arzobispo de Acapulco



Palabras de bienvenida a don Leopoldo González González.
28 de agosto de 2017 – Colonia Emiliano Zapara

    Muy querido Padre Arzobispo Leopoldo:

    En representación de mis hermanos sacerdotes de esta Iglesia de Acapulco, me es grato saludarte y decirte que eres bienvenido a esta Iglesia que peregrina en las costas del estado de Guerrero. Reconocemos el valor y el significado del ministerio que el Papa Francisco te ha confiado para que acompañes a este pueblo que ahora te acoge con mucha esperanza.

    Estás llegando a una de las ciudades más violentas del mundo y a una de sus colonias más emblemáticas por sus carencias y por sus dolencias. Llegas a un pueblo que está atravesado por sufrimientos generados por la violencia y la pobreza extrema, amenazado en su dignidad y en su futuro. No es mi interés exponer pesimismos ni ser profeta de calamidades. Solo pretendo ser honesto con nuestra realidad que duele mucho y que desencadena múltiples tragedias familiares y comunitarias. Eres bienvenido para que te hagas compañero solidario en nuestro camino de dolor y de esperanza.

    Sí, quiero decirte que todavía mantenemos el tesoro de la esperanza entre nosotros, pues aún no nos lo han podido robar. Hay que  reconocer que como ciudad estamos aturdidos por este largo tiempo que no se acaba. Desde hace una década la muerte se ha adueñado de nuestras calles, pero hay algo que nos dice que este no es nuestro destino. Quiero recordar las palabras de san Pablo que ayudan a describir el estado de ánimo de esta ciudad: ‘Por todas partes nos aprietan, pero no nos aplastan; andamos con graves preocupaciones, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no aniquilados; siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también en nuestro cuerpo se manifieste la vida de Jesús’ (2 Cor 4, 8-10).

    Los sacerdotes de esta Iglesia local, que acompañamos a este pueblo bendito que el Señor nos ha confiado, somos testigos de tanta atrocidad, pero también somos testigos de que la esperanza no está muerta. El ministerio que ejercitamos en medio de este pueblo, entre otras tareas pastorales contempla, precisamente, el fortalecimiento de la esperanza de nuestras comunidades cristianas. Y la esperanza es decisiva para que no matemos el futuro con la resignación ante el Mal expresado en la violencia que nos agobia en todos los rincones de esta ciudad y de nuestro estado de Guerrero.

    No olvido las palabras que el Papa Francisco dirigió en Morelia a sacerdotes y consagrados: ‘¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad? ¿Qué tentación podemos tener nosotros una y otra vez, nosotros llamados a la vida consagrada, al presbiterado, al episcopado, que tentación podemos tener frente a todo esto, frente a esta realidad que parece haberse convertido en un sistema inamovible?

    Creo que la podríamos resumir con una sola palabra: resignación. Y frente a esta realidad nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio, la resignación. ¿Y qué le vas a hacer?, la vida es así. Una resignación que nos paraliza y nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar. Nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar.

    Padre Leopoldo, acompáñanos en este camino de esperanza, confírmanos en la esperanza, a los sacerdotes y a todo este pueblo que vive tentado por la maldita resignación. No dejes que nos resignemos a las violencias ni que abandonemos a quienes han sido sus víctimas. Por eso te doy la bienvenida, porque el Señor te ha ungido con su Espíritu para que nos anuncies buenas noticias y nuestras esperanzas estén a la altura de las crudas circunstancias que aún nos esperan.

    Doy gracias a Dios porque estás con nosotros. Te adoptamos como nuestro pastor y te pido que nos adoptes como tu pueblo. Camina con nosotros, camina con los sufrientes y fortalece las conciencias y las voces para gritar la esperanza y para que nunca se apague. Porque la esperanza es nuestra compañera de lucha y es nuestra victoria.

    Bienvenido, Padre Leopoldo.    

Pbro. Jesús Mendoza Zaragoza

UN NUEVO ARZOBISPO PARA LA CIUDAD MAS VIOLENTA. Pbro. José Jesús Mendoza Zaragoza. Diario El Sur.




Un nuevo arzobispo para la ciudad más violenta

Jesús Mendoza Zaragoza
 Publicado en el diario El Sur
Agosto 28, 2017

    Hoy llega a Acapulco, procedente de Tapachula, Chiapas, el nuevo arzobispo de Acapulco, Leopoldo González González. Su arribo está previsto para las 5 de la tarde en el corazón de la colonia Emiliano Zapata, donde tendrá lugar su recepción oficial a esta ciudad y a la Arquidiócesis que tiene su sede en la misma. Precisamente esa colonia tan emblemática de esta ciudad será el primer escenario que don Leopoldo vea a su llegada. Una colonia con múltiples rezagos en servicios públicos, con un gran número de negocios cerrados por la delincuencia, con altos índices de violencia, donde habitan miles de familias en situación de pobreza alimentaria, será la puerta de entrada a esta ciudad turística, para que el nuevo arzobispo dé sus primeros pasos en su nueva misión pastoral.

    Es muy seguro que ya tenga en su mente una idea de lo que esta ciudad representa, en términos de riesgos y de vulnerabilidad. Ha sido enviado a ella para cumplir con tareas específicas, de acuerdo con su investidura pastoral en la Iglesia católica. Y desde ahora puede esperar, como ya lo asumimos los acapulqueños, que se convierta en víctima de cualquier delito violento y, además, esperar que le siga la impunidad, como se acostumbra en estos lares.

    La investidura episcopal de don Leopoldo implica necesariamente un liderazgo de carácter espiritual y pastoral, que puede tener también sus implicaciones sociales y políticas. De ahí la importancia de este nuevo avecindado en nuestra ciudad. Por el hecho de vivir de hoy en adelante en esta violenta ciudad, pesa sobre él una gran responsabilidad, a la que tendrá que responder con sabiduría pastoral.

    Entrar a Acapulco por la colonia Zapata, puede convertirse en un gesto simbólico que hable de su empeño por entrar al mundo de los desprotegidos y abandonados de Acapulco y de Guerreo, puesto que las estrategias de seguridad tan cacareadas por las autoridades, privilegian la zona turística y, aún así, no logran convertirla en lugar seguro. Ningún sitio de esta ciudad es seguro. Don Leopoldo está invitado a caminar con los pobres, con las víctimas de las violencias, con los perjudicados por las políticas públicas, con los “descartados” según el vocabulario del papa Francisco. Este inmenso segmento de la sociedad tendría que ser el privilegiado por la acción pastoral del nuevo arzobispo, si quiere ejercitar su liderazgo pastoral con un sentido de largo alcance.

    En este sombrío mundo de dolor, el pastor que llega de Tapachula puede hacer presente todas las energías del Evangelio para alimentar las esperanzas en amplios segmentos de la población ya desesperanzada. Y también para consolar y fortalecer a tantas familias que viven con un dolor indescriptible proveniente de las múltiples formas de violencia. Le hará bien escuchar, escuchar y escuchar las mil historias que las familias y los pueblos tienen que contarle para que tenga una idea precisa del mundo al que llega.

    Y desde ese mundo adolorido pero esperanzado, don Leopoldo estará en condiciones de escuchar también a todos los sectores de la sociedad civil, que desarrollan liderazgos importantes en la trama de esta ciudad: universitarios, profesionistas, empresarios, trabajadores, medios y demás. Nadie puede entender lo que está sucediendo en Acapulco sin escuchar a los demás. Y nadie puede hacer algo eficaz sin tomar en cuenta a los otros. Acapulco es un desafío para todos, entre los cuales, al arzobispo te toca hacer su parte. En una sociedad tan dispersa como la nuestra, el diálogo tiene una gran importancia, pero un diálogo horizontal en el que todos se escuchan unos a los otros. La Iglesia católica, como parte de la sociedad civil, debe dar su aporte específico para afrontar la violencia crónica que esta ciudad sufre. Hasta ahora ha intentado algunos caminos pero aún no atina a apostar institucionalmente por la paz y por las víctimas.

    En este contexto, el nuevo arzobispo podrá tener mejores condiciones para su necesario diálogo con las autoridades civiles. Desde la sociedad y, sobre todo, desde las víctimas, puede tener una interlocución con autoridades locales, estatales y federales, que son las que toman las decisiones que afectan o benefician a la sociedad. La voz del arzobispo no sustituiría la voz de la sociedad ni la voz de las víctimas. Tendría que ser una voz que las acompañe y les permita ser escuchadas ante autoridades que no están acostumbradas a escuchar.

    Sin ser pesimista, Acapulco tendrá violencia por muchos años más, mientras no se toquen las causas profundas que la generan. Causas estructurales y también comunitarias, causas locales y regionales, causas sociales y económicas, causas políticas y culturales. Este hecho constituye un gran desafío para todos los acapulqueños, al que este nuevo vecino puede sumarse aportando su propio liderazgo.

    Bienvenido don Leopoldo a estas tierras tan llenas de dolor y tan necesitadas de esperanzas para no dejarse vencer por la barbarie. Bienvenido a la colonia Zapata, bienvenido a Acapulco, bienvenido a Guerrero.

jueves, 31 de octubre de 2019

Grupos armados siguen controlando las comunidades, señala ex párroco del Treinta

/ JUEVES 31 DE OCTUBRE DE 2019
Grupos armados siguen controlando las comunidades, señala ex párroco del Treinta
Estas personas operan porque el gobierno lo permite, señala el sacerdote, Jesús Mendoza Zaragoza


Foto: Jesús Mendoza Zaragoza | Facebook
Pedro Elías Radilla González


El sacerdote Jesús Mendoza Zaragoza, consideró que, mientras los grupos armados tengan el control político, social y económico de algunos territorios y de su población como en el kilómetro 30, será complicado que llegue la paz y la tranquilidad a estos pueblos de la zona rural de Acapulco.

El ex párroco de esta comunidad hasta hace unos meses y fundador del Pastoral Social de la Arquidiócesis de Acapulco, reveló que estos grupos armados operan además de El Treinta en Xaltianguis y Tierra Colorada, pero lo hacen con consenso político y cobijados por el estado y las propias comunidades.

A pregunta expresa sobre el bloqueo realizado por habitantes del kilómetro 30 el pasado miércoles por la noche, dijo que cuando suceden actos como ese, los miembros de los grupos armados toman las campanas de la iglesia y así avisan a todos.

Detalló que en este caso sonaron las campanas para llamar a la población y así ha ocurrido por años, mientras recordó cuando el ejército llegó a esa comunidad en el año de 2017, pero en esa ocasión negociaron con los elementos castrenses para evitar enfrentamientos.

Insistió que la gente del 30 acude porque apoyan al grupo armado local, porque conocen a sus integrantes y no los afectan, e insistió que estas personas armadas se mantienen operando porque el gobierno lo permite.

lunes, 15 de octubre de 2018

SAN ROMERO DE AMERICA. José Jesús Mendoza Zaragoza

San Romero de América

15 octubre, 2018

Jesús Mendoza Zaragoza

Diario El Sur Guerrero

A finales de enero del año 1979, tuve la oportunidad de escuchar a don Oscar Arnulfo Romero, justo un poco más de un año antes de que fuera asesinado en San Salvador, de donde era arzobispo. En el contexto de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que tuvo lugar en Puebla, en un evento organizado por las Comunidades Eclesiales de Base de México, en el que escuchamos a algunos de los teólogos de la liberación de esos tiempos, como Gustavo Gutiérrez, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff, Segundo Galilea, Jon Sobrino y otros más. También participaron varios obispos latinoamericanos que estuvieron en dicha reunión eclesial, entre ellos, Monseñor Romero.

Eran tiempos de gran ebullición social en América Latina, cuando las dictaduras militares campeaban por donde quiera y los movimientos populares y los grupos guerrilleros buscaban caminos de cambio social. Ideologías tales como el marxismo y la seguridad nacional se confrontaban en los ámbitos político y social. Todo el Cono Sur, incluyendo a Centroamérica, estaba atravesado por grandes conflictos en los que militares, las oligarquías nacionales, las trasnacionales, partidos políticos de derecha y algunos sectores conservadores de la Iglesia católica hacían causa común y se confrontaban con organizaciones campesinas, obreras, estudiantiles, entre otras. Entonces se hablaba más de organizaciones populares. En este contexto, actuaban en muchos países movimientos guerrilleros de alta relevancia militar y política. Uno de ellos, estaba, precisamente en El Salvador.

En este conflictivo momento, se alzó la voz de Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, quien tomó una firme determinación de acompañar a su pueblo, que estaba en medio del fuego cruzado entre el ejército salvadoreño con sus escuadrones de la muerte y la guerrilla protagonizada por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. Las homilías dominicales que pronunciaba en la catedral de San Salvador se convirtieron en un espacio de consuelo, de denuncia y de aliento a la esperanza en medio de tanto sufrimiento. La voz de Romero se convirtió en un referente nacional, al grado de que se le llegó a llamar “la voz de los sin voz”, porque en la misa dominical denunciaba todos los casos de violación de los derechos humanos cometidos por los militares y por los personeros del gobierno salvadoreño.

Para esto, Monseñor Romero había creado la Oficina de Socorro Jurídico del Arzobispado, que tenía la tarea de recoger, sistematizar y publicar las violaciones a los derechos humanos que consistían en matanzas, secuestros, torturas y detenciones arbitrarias cometidas por las fuerzas públicas, policiacas y militares. A diario había filas de personas y de grupos que se presentaban a hacer sus denuncias. No había otra opción dadas las condiciones políticas y sociales presentes en El Salvador. El trabajo de esta oficina pasaba a manos del arzobispo, que en su homilía hacía públicos todos estos hechos violentos, incluyendo los cometidos por la guerrilla.

Fue así como la voz del arzobispo Romero se fue agigantando y las clases pudientes decidieron callarla. Eso sucedió el 24 de marzo de 1980, un día después de que pronunció una homilía de fuego: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Este mensaje no fue tolerado por la oligarquía ni por el gobierno. Un escuadrón de la muerte al servicio de los militares, lo ejecutó para acallar su voz. Pedro Casaldáliga, obispo y poeta, amigo de Romero, haría inmortal esta expresión: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!”.

Con su muerte, el impacto de la persona y de la voz de Romero sobrepasó las fronteras de El Salvador hasta llegar a toda América Latina, convirtiéndose en un símbolo de movimientos libertarios de inspiración cristiana y aun de otras diferentes, que buscaban un cambio social. Esa voz ha ido alentando a tanta gente, no sólo de América Latina, que ha encontrado en ella la necesaria valentía evangélica y la visión del verdadero lugar de un pastor que asume la suerte de su pueblo. Ayer, domingo, el papa Francisco lo ha declarado santo, como una forma de reconocer su figura y su perfil universal de pastor y del modelo de Iglesia que se vincula con el sufrimiento de los pueblos y se desvincula de los poderosos para cumplir cabalmente su misión.

Si ya, desde su ejecución violenta, el pueblo salvadoreño y muchos otros pueblos latinoamericanos habían reconocido a Romero como santo, es decir, como modelo inspirador de valores de alto significado humano y cristiano, ahora el reconocimiento oficial del Papa Francisco en nombre de la Iglesia católica, le da un alcance universal. Romero puede inspirar la práctica pastoral de la Iglesia católica en cualquier latitud de la tierra y puede inspirar el rol de sus pastores en lo que tiene que ver con un compromiso de transformación social y política. Romero nos enseña que el ministerio de un pastor puede tener implicaciones sociales y políticas para la lucha por la justicia y la construcción de la paz, en suma, para la transformación social. Pero desde una parcialidad evangélica: hay que estar del lado de los pobres al afrontar la conflictividad de los contextos sociales y políticos. Romero fue constantemente señalado como comunista o como guerrillero, sólo por cumplir con su labor pastoral. Estos señalamientos los hacían tanto los oligarcas como sus colegas obispos. Y los afrontó con la valentía de su fe y de su amor al pueblo oprimido.

La canonización de Romero realizada ayer por Francisco en Roma, señala una ruta a la Iglesia y, sobre todo, a los pastores. Hay que desmantelar los vínculos ilegítimos con los poderosos de la política y de la economía; hay que denunciar con valentía la violencia, venga de donde venga, sobre todo aquélla estructural e institucionalizada que sacrifica a los pobres y descarta a los débiles. Hay que asumir las causas de los pueblos, caminando con ellos en sus luchas y esperanzas. Hay que asumir los riesgos que sean necesarios para defender los derechos humanos, así sea arriesgando la vida misma. Hay que optar por los pobres sin ambigüedades y con determinación. Hay que abandonar la comodina ambigüedad de la imparcialidad cuando se trata de los abusos contra los pobres y las víctimas. Y no por protagonismo ni por presunción, sino por fidelidad al mismo Evangelio que se pregona.

Ojalá que la Iglesia católica en México esté a la altura para hacer su parte en las necesarias transformaciones que requiere el país y el testimonio de Romero cale en las comunidades católicas y en sus pastores. Yo escuché a Monseñor Romero –en aquel evento del año 1979– hablar de su conversión a los pobres. Cuando bajó a los infiernos de la guerra en El Salvador, vio la realidad con la mirada de las víctimas y se dedicó a consolar, a denunciar y a fortalecer la esperanza de la gente. Eso es lo que el pueblo necesita de sus pastores: recibir la fuerza espiritual que necesita para no postrarse en la resignación, para luchar por la justicia y para cambiar la sociedad. Las grandes transformaciones vienen de abajo, de los pueblos, de los pobres de las víctimas. Y ahí está el lugar propio de la Iglesia. Eso hizo Romero. Eso hizo Jesús de Nazareth. Ese es el reconocimiento público que se ha hecho a Romero con su reciente canonización.

jueves, 5 de abril de 2018

UN OBISPO INCOMODO


5 de abril 2018
UN OBISPO INCOMODO
Jesús Mendoza Zaragoza
Sí, incómoda ha resultado la actividad pastoral de don Salvador Rangel Mendoza, obispo de la diócesis de Chilpancingo - Chilapa, sobre todo la relacionada con la violencia y la inseguridad que han asentado sus reales en amplios territorios correspondientes a su diócesis. Incómoda para diversos actores políticos ubicados en el gobierno estatal y federal, y también en los partidos políticos. Pareciera poco ortodoxa la práctica pastoral de Rangel, tanto en su discurso como en sus iniciativas relacionadas con la violencia en Guerrero.
La pregunta que salta a la vista es ¿por qué les causa escozor a los políticos lo que hace y dice don Salvador? ¿Por qué muestran tanto disgusto, tanto que hasta lo señalan de estar fuera de la ley? Creo que se pueden destacar algunas razones.
En primer lugar, don Salvador ha puesto en evidencia lo que tantísima gente sabe y dice: que el Estado ha fallado, que el sistema político es cómplice de la delincuencia, que la así llamada estrategia de seguridad no ha servido ni para contener la violencia, que la política no funciona bien para este tema, que lo que en realidad se ve es una estrategia de simulación, que la presencia de tantos militares y policías en los territorios controlados por el narcotráfico es inútil. En fin, que no hay Estado de derecho, ese tan invocado por algunos políticos para descalificarlo. Y ha evidenciado que, de facto, en muchos lugares son las bandas criminales las que tienen el control del poder.
En segundo lugar, ha puesto en evidencia que los gobiernos han puesto su atención en los efectos y no en las causas de la violencia, lo que constituye una verdadera simulación. La idea de que nos van a devolver la paz con policías y militares es una falacia, un engaño que ha sido demostrado a lo largo de casi dos decenios de fracasos. La violencia se ha extendido a casi todos los estados del país y, prácticamente, a todas las regiones del estado de Guerrero. La violencia y la inseguridad se han manejado como un problema policiaco que se resuelve con la represión. Lo es, pero no solo es un problema policiaco. Es, además, un problema político, económico y social. Con un diagnóstico tan parcial e insuficiente no se pueden lograr las soluciones que necesitamos. Si detrás de la violencia están la corrupción y la impunidad, la desigualdad y el desempleo, el rezago educativo y cultural, y el abandono del campo, no han sido atendidos estos factores tan decisivos.
En tercer lugar, persisten prejuicios relacionados con la misión pastoral de la Iglesia católica y de sus ministros en cuanto que no les toca ocuparse de asuntos que impactan en la política. Algunos detractores hasta pregonan las palabra de Jesucristo: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. ¿Qué no saben que a Jesús lo mataron por incómodo, mediante un amañado juicio político? Su predicación espiritual tenía un alto impacto político y por eso lo descalificaron y tramaron su muerte. Eso es lo que pasa con la actividad pastoral en general. No existe neutralidad política en la acción pastoral. O favorece o pone en cuestión al poder. Cuando un ministro religioso calla y les da los políticos por su lado, ellos están encantados porque “no hace política”. Esa es su lógica. Lo que quiero decir es que lo que el obispo ha estado haciendo es estrictamente pastoral. Sus iniciativas son las de un pastor preocupado por la suerte de los pueblos que le toca pastorear. Ha decidido acompañar a los pueblos desprotegidos aunque esto le cause incomprensiones y ataques de parte del poder público. Y, debido a su investidura que lo hace más visible, lo que dice y hace tiene efectos políticos.
Los encuentros y los diálogos con los capos de la delincuencia los entiende don Salvador como una medida de emergencia encaminada a evitar más muertes y más sufrimiento. Son medidas de excepción que buscan disminuir el impacto de la violencia. Y ha llegado a tomar estas medidas, precisamente, por la ausencia del Estado en esos lugares. El Estado que debería proteger a la gente no lo está haciendo y por eso, desde una perspectiva pastoral, busca formas de hacer menos difícil la suerte de los pueblos que están bajo el poder del narcotráfico.
Rangel Mendoza honra su talante de fraile franciscano, que emulando a Francisco de Asís, se ha dado a la tarea de buscar al lobo, como aquél que asolaba a los pueblos circunvecinos de Gubbio para que no hiciera más daño a la gente ni a sus ganados. Rubén Darío, en su “Los motivos del lobo” describe el empeño del fraile de Asís por aplacar la ferocidad del lobo de Gubbio. Buscar a los capos, es una forma de apelar a la conciencia de los criminales para que disminuyan el daño que hacen o, incluso, para que abandonen su práctica criminal. Puede calificarse esto de ingenuidad o de candidez, pero es un camino que, con todos sus riesgos, el obispo ha decidido recorrer para construir la paz.

Apelando al Estado de derecho, las autoridades han insistido que no pueden tener interlocución alguna con las bandas criminales. Hay que reconocer que dicho argumento es justo debido a que la ley se los impide. Pero el caso es que en lo público se invoca al Estado de derecho mientras que se han dado múltiples negociaciones ocultas de actores políticos con actores criminales. Mientras que el obispo ventila públicamente sus encuentros pastorales con los capos del narcotráfico, los políticos que negocian -ya sea por colusión o por sometimiento- con narcotraficantes lo mantienen en secreto. ¿Dónde queda, pues, el Estado de derecho?
Hay que pensar en la manera de recuperar a tanta gente que está cooptada por la delincuencia organizada. La justicia es indispensable en este sentido. Pero hay que ir más allá de la justicia. Hay que restaurar a los pueblos que han sido golpeados, hay que recuperar a mucha gente que está contra su voluntad trabajando para las mafias y hay que recuperar a los mismos narcotraficantes. Para eso, hay que abrir espacio a iniciativas enfocadas a la restauración de ese amplio segmento de población que está vinculada a la delincuencia. Creo que esta es la intuición que mueve a don Salvador.

miércoles, 14 de marzo de 2018

CRISIS HUMANITARIA POR LA VIOLENCIA; ESTADO Y SOCIEDAD, CORRESPONSABLES: JESUS MENDOZA

lunes, 14 de marzo de 2016

Crisis humanitaria por la violencia; Estado y sociedad, corresponsables: Jesús Mendoza

Crisis humanitaria por la violencia; Estado y
sociedad, corresponsables: Jesús Mendoza
·         Entrevista al párroco de la iglesia del Kilómetro 30, reconocido por el auxilio espiritual y material que ha brindado a familias de desaparecidos en Acapulco
Francisco Javier Flores V.
Padre Jesús Mendoza Zaragoza.
En un contexto donde a nivel nacional se tienen registros de más de 26 mil desaparecidos –más los miles que no están documentados-, con una cantidad inmensa de asesinatos que suceden a diario, extorsiones, secuestros, robos, y el drama que envuelve a todas las familias víctimas de estos diferentes tipos de violencia que han generado una fuerte oleada de desplazados –unos visibles, otros no-, es evidente que estamos viviendo una crisis humanitaria que el Estado se niega a reconocer, alerta el sacerdote Jesús Mendoza Zaragoza, párroco de la iglesia del Kilómetro 30.
En la sociedad, “hay un mundo tan inmenso de dolor, de impotencia, de enojo, de inconformidad; mucha gente está inconforme y está enojada y eso lo lleva aquí”, expresa mientras oprime su pecho con el puño, al señalar que toda esa diversidad de modos de violencia que estamos padeciendo, está generando fenómenos nunca antes vistos.
“Lo más visible son los asesinatos y los desaparecidos, pero el mundo de los desplazados es inmenso; hay aquí en Acapulco un desplazamiento que no se percibe, hay una familia amenazada aquí a una cuadra que se tiene que ir, negocios que tienen que cerrar, son desplazamientos que no están registrados ni reconocidos, pero que son reales. Por eso creo que hay una crisis humanitaria en el país que a las autoridades les da mucho trabajo reconocer, y que tenemos que buscar formas de respuesta a ella, hacer que se detone todo un esfuerzo del Estado y de la sociedad”.
El clérigo, que se ha caracterizado por brindar apoyo espiritual y material a familias que han sido víctimas de la violencia, considera que “es tiempo de reconocer la responsabilidad que tenemos como país porque si no se responde a esta situación de sufrimiento, de esos muchos miles de víctimas, esa herida va a pesar mucho, y México va a tener todo un rezago, digamos, humanitario que le va a hacer mucho daño, cargar con una inconformidad colectiva social, con un enojo social por mucho tiempo nos va a seguir enfermando a todos”.
Y es que en su opinión, una es la responsabilidad que tiene el Estado, que está señalada por la ley, “pero también la sociedad tiene una responsabilidad; hay una buena parte de la sociedad que está en ese mundo de la violencia, o sea que en la sociedad también estamos víctimas y victimarios, entonces ahí también necesitamos poner la atención, y como sociedad tendremos que ver qué hacemos. Hasta el momento ha habido una actitud muy pasiva, dejamos a las víctimas solas, y eso les duele mucho, el abandono social, incluso la estigmatización, la criminalización, el señalarlos, cuando les dicen: a la mejor tu hijo andaba en eso, por eso lo desaparecieron, eso es hacerles más daño”.
Nace una AC en Acapulco
En Acapulco hay un drama que viven decenas, cientos, tal vez miles de familias. No hay registros reales al respecto. El drama de no saber el paradero de sus seres queridos, porque se perdieron en el trayecto a la escuela, al trabajo, a la tienda de la esquina; porque sufrieron el clásico “levantón”, pues, como se le conoce hoy en día… y ya nunca se volvió a saber de ellos. 
Aquí, mientras oficiaba en la iglesia de La Laja –de la que fue cambiado recientemente-, el padre Jesús Mendoza Zaragoza conoció de primera mano ese drama de muchas de esas familias que se acercaron a la iglesia católica en busca de consuelo, de ayuda, de acompañamiento.
Con el apoyo de la Arquidiócesis, el presbítero conjuntó a un grupo de familias entrelazadas por el mismo dolor y una misma causa: encontrar a sus familiares. Ahí se sentaron las bases para la creación de una asociación civil denominada Familias de Acapulco en Busca de sus Desaparecidos, integrada por los mismos familiares, independiente de la iglesia, pero que sigue teniendo el acompañamiento de la Arquidiócesis y ahora también el apoyo y la asesoría jurídica de la Barra de Abogados, Colegio de Acapulco.
“La idea es que ellos mismos, como organización legalmente constituida, hagan sus trámites y puedan tomar sus propias decisiones; nosotros simplemente estamos acompañando con lo que nos toca, la parte espiritual, apoyo sicosocial; acabamos de tener un taller, le llamamos de sanación, que es todo el manejo de las emociones, porque estas familias quedan muy deterioradas, muy afectadas, y hay que ayudarles a recuperarse como tal, de tal forma que puedan tener las mejores condiciones de salud para que puedan seguir su lucha”, explica.
Ahí, las historias son desgarradoras: las hay desde el taxista que salió a trabajar y ya nunca volvió  a casa, dejando en la incertidumbre a sus padres, a su pareja; la jovencita que salió de su casa a la tienda de conveniencia de la esquina a hacer una recarga de saldo para su teléfono celular y no se volvió a saber de ella; o el jovencito –de 14 años de edad- que hace casi cinco años se perdió en el trayecto de la escuela a la casa.
Hasta mediados de febrero –cuando se dio a conocer a la luz pública- la asociación civil estaba integrada por 21 familias, aunque la idea es que muchas más se vayan sumando en el camino.
“Yo conozco a muchas familias que han preferido guardar silencio; el miedo, la desconfianza, sobre todo hacia las instituciones públicas, no les permite, prefieren por lo pronto vivir su dolor, incluso a algunas de ellas las acompañamos en los otros aspectos, pero ya meterse a la exigencia de justicia, no lo hacen. Yo creo que lo irán haciendo en la medida en que vayan viendo que esta organización se vaya haciendo más visible y vaya dando algunos resultados”, expresa el padre Jesús.
No son sólo 43
El presbítero Jesús Mendoza ha sido un importante promotor de la búsqueda de desaparecidos. Ha participado en encuentros a nivel nacional e internacional sobre el tema. Sabe que en México existen al menos 35 colectivos integrados por familiares de desaparecidos del norte, del sur, del centro del país.
“Todas esas organizaciones se han desarrollado con una dinámica de buscar condiciones para la búsqueda de justicia. Bueno, lo primero para todos ellos es encontrar a sus familiares, es la primera demanda y ya a partir de ello lo que quieren es la verdad sobre cada una de ellas y también la justicia. Claro, es difícil, con este modelo de justicia que tenemos aquí, donde nada más se pone atención al victimario, al criminal, pero no a la víctima”, manifiesta.
Añade es apenas, con la Ley General de Víctimas, que se empieza a hablar de los derechos de los familiares, a quienes se les debe dar atención, y que ahora “las organizaciones de desaparecidos en México están en un esfuerzo de participar en la Iniciativa de Ley Sobre Desaparición Forzada y Desaparición por Particulares, y están aportando ahorita al Senado, para que a partir de sus necesidades sean reconocidas en esa ley, que va a ser una ley general, y que puedan ser atendidos realmente en sus necesidades y estén especificados como derechos”.
Recuerda que cuando sucedieron los hechos de Iguala con los estudiantes de Ayotzinapa “hubo una movilización nacional extraordinaria; yo lo que capté es que ahí toda la gente afectada salió a gritar, porque se vio reflejada en esos 43, por eso no son esos 43 solamente, sino son muchos miles afectados”, expresó.
-          Padre ¿está rebasada la autoridad, se ha perdido la confianza? Muchas familias han preferido buscar a sus desaparecidos por su cuenta…
-          Bueno, en este tema lo vimos con el caso de los jóvenes de Ayotzinapa, no han tenido las capacidades institucionales ni profesionales, ni siquiera las legislativas para hacer ese trabajo como debe hacerse, y por otra parte entendemos que no han querido reconocer la verdad, porque en esa verdad el estado sale mal parado, porque en muchos casos la delincuencia junto con los policías, las procuradurías, han estado de la mano. Entonces ante esto muchas familias se van a buscar por su cuenta, digamos es lo que ha pasado en Iguala, y creo que en algunas otras partes. Aquí yo los he escuchado que ellos tienen también esa intención si tienen información de lugares, ellos pueden aprender también lo mismo, pero ya es la iniciativa de ellos, lo que tendrán que ir desarrollando.
-          ¿Qué pasa con la sociedad, padre, hay mucha insensibilidad, se ha perdido la capacidad de asombro?
-          Lo que tenemos es una sociedad que desde décadas tiene una cultura, más bien el sistema político autoritario desarrolló una sociedad infantilizada, que espera que el gobierno resuelva todo, y que no se atreve a levantarse y a asumir su responsabilidad. Ya ahora después con toda la dinámica de los grupos criminales, si a eso le añadimos el miedo, la impotencia, toda la cuestión del enojo, pues buena parte de la sociedad opta más bien por replegarse, y hasta que no les afectan, luego empiezan a responder, y a veces ni así.
“Entonces tenemos una sociedad enferma de insolidaridad, enferma de miedo, enferma de individualismo que no está en condiciones, pues, de hacer su parte para que las cosas cambien, para que demos pasos hacia la construcción de la paz, ni para que se atiendan a las víctimas. Entonces yo creo que ese es un mal de muchos años pero se ha agravado con la situación de violencia que tenemos desde hace una década”.
-          ¿Habría que echarle toda la responsabilidad a la delincuencia organizada? Para la autoridad es muy cómodo decir que si hay muertos o desaparecidos es porque andaban en eso, aunque sabemos que muchos casos no tienen nada que ver con ello.
-          Si, la ley establece las obligaciones de las autoridades. Para comenzar, la autoridad tiene que garantizar que nadie sea desaparecido; desde ahí ya fallaron las autoridades, hay desaparecidos, quiere decir que la autoridad no es garantizó que no los desaparecieran. Ahora, una vez desaparecidos la autoridad tiene la obligación de buscarlos y encontrarlos. Creo yo que por mucho tiempo a la autoridad no le interesaron los desaparecidos, simplemente había una simulación y la prueba es que apenas se está haciendo una ley sobre el tema. Entonces hay responsabilidad de las autoridades, no puede quitársela de encima porque la ley misma le señala cuáles son sus obligaciones y para eso es autoridad.

“Claro, muchos desaparecidos han estado dentro de la delincuencia, pero muchos otros no. Yo creo que en ese sentido lo que cuenta es que en este caso la autoridad tiene una responsabilidad y tiene que responder de ella, y en ese sentido no puede sacudirse esa responsabilidad”, concluye.

viernes, 16 de enero de 2009

DIOCESIS DE ACAPULCO 50 AÑOS (1959-2009) 2

QUE HAGAMOS MAS REAL EL HECHO DE DESCUBRIR QUE EL MISMO JESUS QUE ESTA EN LA EUCARISTIA, ESTA EN LOS POBRES:
Entrevista al Padre José Jesús Mendoza Zaragoza.

Por Lizeth Basilio

En las vísperas de la celebración de las Bodas de Oro de la Diócesis de Acapulco, les presentamos la quinta y última entrega de una serie de entrevistas con agentes de pastoral que nos ayudan a conocer más de esta Iglesia Particular. La siguiente es una entrevista con el Padre Jesús Mendoza –párroco del Templo de San Nicolás de Bari, y director de la Pastoral Social en la diócesis-, quien nos ayuda a conocer el papel que desempeña la Pastoral Social en la Iglesia y en la sociedad, además de los proyectos que se están emprendiendo para beneficio de la población que habita en las tres regiones del Estado de Guerrero que comprende la diócesis: Acapulco, Costa Grande y Costa Chica.

1. Padre, en la Iglesia hay tres pastorales fundamentales: la Pastoral Profética, la Pastoral Litúrgica, y la Pastoral Social, generalmente conocemos un poco más de lo que pasa en las pastorales profética y litúrgica, pero la social es también parte importante ¿Qué significa la Pastoral Social para la Iglesia?
P. Jesús: Poco a poco hemos ido comprendiendo cómo la caridad es una vía fundamental para la evangelización, que así como evangelizamos con la palabra, con los signos litúrgicos, también con la caridad. Así que entendemos que la Pastoral Social es una dimensión fundamental de la evangelización: anunciamos el Evangelio con signos solidarios, con gestos de misericordia, con acciones de justicia, todo eso también es evangelizador, por eso estamos en un proceso en el cual la Iglesia diocesana está integrando este aspecto en el gran proyecto de evangelización, de evangelizar a través de las acciones de misericordia y de el trabajo por la justicia, creo que este es un avance importante que estamos realizando.

2. ¿Cuáles han sido las tendencias en la evolución de la Pastoral Social?
P. Jesús: Desde que comenzó la diócesis hemos tenido una Pastoral Social, y su rostro ha ido evolucionando, siempre hemos tenido en las parroquias acciones que tienen que ver con la misericordia, por ejemplo, con los enfermos, con los más pobres. Siempre ha habido acciones que tienen que ver con la asistencia, es decir, estar cercanos apoyando espiritual y materialmente a las personas que tienen situaciones de emergencia, creo que en gran parte de la vida de la diócesis se ha manejado una Pastoral Social en este ámbito de la asistencia social. Quizá se han dado algunos casos de asistencialismo, que más que ayudar perjudican, afortunadamente el Magisterio de la Iglesia nos ha ido ubicando, sobre todo el Concilio Vaticano II nos abrió el horizonte de cómo la Iglesia tiene que colaborar para el desarrollo de los pueblos. Se concretó con la Conferencia de Medellín en 1968, donde se estableció que la Iglesia tiene que involucrarse en el desarrollo de los pueblos de América Latina, sobre todo acompañando los procesos populares desde los pobres. Y así ha ido evolucionando la Iglesia, de tal forma que con los años hemos ido comprendiendo, en el conjunto de la Iglesia en México, que la Pastoral Social tiene que desplegarse con una amplitud de posibilidades: una es la de la asistencia porque siempre hay situaciones de emergencia que se tienen que atender, pero donde más se ha desarrollado la fuerza de la Pastoral Social es en el campo de la promoción humana, esto significa que la Pastoral Social tiene que promover que la gente, sobre todo los pobres, sean los sujetos de su propio desarrollo, y que con su esfuerzo, con su lucha, pasen de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. Entonces, la acción pastoral se va desplegando más en esta perspectiva de promover la dignidad de las personas a través de acciones solidarias, y creo que en eso estamos ahorita.

Hay otras posibilidades, por ejemplo, otro de los horizontes de la Pastoral Social es lo que se refiere al cambio de estructuras. La Iglesia tiene que inducir también cambio de las estructuras, si hay estructuras de pecado, estructuras sociales, económicas y políticas injustas, tienen que ser transformadas, y la acción pastoral tiene que orientarse también a ello.

Y después de todo, el gran horizonte de la Pastoral Social es precisamente la experiencia fraterna, es decir, la solidaridad en la cual comprendamos todos que somos hermanos y que es necesario desplegar sentimientos y actitudes solidarias para crear condiciones más humanas de vida.

Creo que estas son las posibilidades que se han ido desplegando en la evolución de la Pastoral Social en México y también en Acapulco.

3. Hablando de estructuras de pecado, para llegar a su transformación se necesitaría desarrollar la conciencia de bautizados, ¿no? Porque sabemos que hay bautizados en los ámbitos de la política, en la economía, en los medios de comunicación, en los juzgados, en las empresas, y en todas partes, pero no actuamos como tal, entonces hace falta el acercamiento a la Palabra de Dios…
P. Jesús: Ciertamente la Pastoral Social tiene que nacer del Evangelio, no puede nacer de otra parte. El Evangelio que es acogido como una propuesta de vida, que nos lleve a involucrarnos también a favor de la fraternidad, de la paz y de la justicia, de tal forma que cada bautizado llegue a caer en la cuenta de que está llamado a vivir como hijo de Dios y, como consecuencia, como hermano de todos, y por lo mismo a pugnar por relaciones fraternas con todas las personas, y a trabajar por condiciones de vida dignas para todos los seres humanos. Desde el bautismo surge la misión de trabajar por el Reino de Dios, de manera que se manifieste en las relaciones sociales, económicas y políticas. Cada bautizado debe comprender que tiene una misión en medio del mundo: transformarlo con la gracia del Evangelio.

4. Padre, en los últimos cuatro años, en los que le ha tocado conducir los trabajos de la Pastoral Social en la diócesis ¿Cuáles han sido algunas de las acciones que han desarrollado?
P. Jesús: Ahorita la estrategia fundamental que tenemos es la formación de los equipos parroquiales, la intención es que cada parroquia pueda desarrollar su Pastoral Social a partir de sus propias condiciones reales, y entonces capacitar a los equipos, por ejemplo, este año tenemos organizado un curso de Doctrina Social de la Iglesia para todos los equipos de las parroquias de la diócesis, de manera que cada parroquia pueda discernir cuál va a ser su contribución a transformar lo social, a evangelizar lo social desde su vida pastoral.

Hemos desarrollado algunas líneas de trabajo, una de ellas ha sido la vivienda, aquí en Acapulco realizamos un proyecto para veinticinco familias. Ahorita estamos con un proyecto de cincuenta viviendas para una comunidad mixteca llamada Arroyo Cumiapa, de la Parroquia de Cuanacaxtitlán.

Otra de las líneas de acción es la atención a emergencias. Estamos preparados para atender emergencias en caso de desastres naturales producidos por terremotos o por huracanes. Se trata de una red a nivel eclesial que tendría en sus manos toda una estrategia de atención en caso de desastres, que también tiene que incluir la prevención.

Otra área que desarrollamos es la de Justicia y Paz, en concreto hemos estado acompañando el proceso de los pueblos que están afectados por el conflicto de la presa de La Parota. Hemos estado acompañándolos en procesos de reconciliación entre los pueblos y entre las familias. No sabemos en qué termine esto, pero ahí estamos porque creemos que tenemos que ser factor de reconciliación, de justicia y de paz.

También tenemos la tarea de apoyar al Centro de Rehabilitación para Enfermos Mentales “Cristo de la Misericordia”. La diócesis lo ha asumido como algo propio y quiere que este centro sea una expresión de una Iglesia que se ocupa de los últimos, y que lo hace sencillamente porque es su responsabilidad, su misión: manifestar la misericordia de Cristo hacia los más desprotegidos, como son los enfermos mentales.

Trabajamos aspectos de ecología como el asunto del cuidado de la creación. Hay proyectos en las parroquias que van en la línea de educar para cuidar los recursos naturales, para evitar que el medio ambiente se contamine, son proyectos de reciclaje de plásticos, etcétera.

Y otra línea de trabajo es el de la participación ciudadana, es decir, que cada bautizado comprenda que es un ciudadano que tiene que participar con la riqueza de su fe en los ámbitos públicos, y que tiene que involucrarse en proyectos concretos en los municipios, en las localidades, para mejorar las condiciones de vida de los pueblos.

Algunos proyectos son a mediano y otros a largo plazo. Lo que se busca es que las comunidades parroquiales reconozcan su responsabilidad social de ayudar a dignificar a las personas y a que los pueblos tengan un desarrollo integral.

5. En el caso del Centro de Rehabilitación “Cristo de la Misericordia”, según tengo conocimiento, es el único que hay en todo el Estado de Guerrero, entonces la necesidad de este centro es grande porque son muchos los enfermos mentales y todos irían allí porque no hay otro más…
P. Jesús: Sí, ahorita estamos con la tarea de conformar un equipo responsable. Ha estado una familia al frente, desde hace dieciocho años que se formó, y lo ha hecho muy bien, ha puesto todo lo que ha podido. Creemos que en esta etapa tenemos que ampliar el horizonte de la responsabilidad, es decir, que haya un equipo grande que asuma la responsabilidad del conjunto del Centro “Cristo de la Misericordia”. Estamos por elaborar un plan estratégico para posicionarlo como un centro que tenga un servicio profesional, de calidad y desde luego al alcance de todos, sobre todo de los más desprotegidos. Y que por otra parte, podamos contar con recursos para sostenerlo en buenas condiciones. Lo más valioso es que los agentes de pastoral, de todas las comunidades parroquiales de esta Iglesia diocesana, lo miremos como un lugar privilegiado para desarrollar la práctica de la misericordia, aprender a ser misericordiosos con los más abandonados, y creo que esto se va logrando porque ya muchas de nuestras parroquias lo visitan, lo van reconociendo como algo suyo, y van colaborando.

6. Mencionó entre las líneas de acción la promoción de la participación ciudadana, creo que eso será de gran interés para los laicos porque hace mucha falta la formación en este sentido, es necesario que se despierte más la conciencia para hacer frente a los diversos problemas que padecemos en nuestra sociedad, de los cuales constantemente nos quejamos pero ante los cuales casi no actuamos porque no estamos formados para participar activamente en los ámbitos desde donde se determinan las soluciones ¿qué es lo que se tiene planeado para esta promoción?
P. Jesús: Creo que ha llegado el tiempo de los ciudadanos, es decir, que los ciudadanos comprendan que la solución a los graves problemas sociales está también en sus manos, que en la medida en que pongan sus manos a trabajar, es posible abatir muchos rezagos y mejorar las condiciones de vida de las comunidades, pero tienen que ser ciudadanos organizados, ciudadanos responsables como sujetos sociales, que tengan la capacidad para analizar los problemas y para organizar proyectos que solucionen esos problemas. Para esto vamos a realizar talleres. De hecho, hay parroquias que desde hace tiempo han tenido impacto social, las hay en Acapulco y en la Costa Chica que han tenido acciones significativas, que tocan el aspecto social y que implican la participación ciudadana. Creo que se van a ir despuntando en las parroquias procesos, a través de los cuales, los laicos organizados vayan tocando los problemas sociales y poniendo su parte para buscar soluciones.

7. La celebración del Jubileo Diocesano nos mueve a reflexionar sobre el caminar y lo que se vislumbra para el futuro ¿Qué se espera de la Pastoral Social?
P. Jesús: Creo que se va integrando la Pastoral Social, ya hay un sentir más general en agentes de pastoral, en sacerdotes, en laicos, en religiosas, de esta necesaria integración de la caridad que tiene que proyectarse en la transformación de la sociedad, en el trabajo por la justicia, por la paz, por la reconciliación, que tiene que vincularse estrechamente con la fe, con la liturgia, con la catequesis, y creo que estamos en ese proceso. Un signo que me parece muy valioso es que en la nueva Catedral de Cristo Rey está proyectado un espacio para la Pastoral Social, de forma que la Pastoral Social está bajo el amparo del obispo, en su catedral, y en ese sentido, que la caridad tenga su fuente allí en el origen mismo de la Iglesia, en la vida litúrgica y en la palabra de Dios.
Yo veo una buena perspectiva hacia el futuro, que con los cincuenta años de la diócesis estemos celebrando que le estamos dando su lugar a la caridad organizada para atender a los grandes sufrimientos que vive la gente, sobre todo los más pobres; y que hagamos más real el hecho de descubrir que el mismo Jesús que está en la Eucaristía, está en los pobres. Darles a los pobres el lugar que les corresponde en la Iglesia, como sujetos de evangelización y también como sujetos de su propio desarrollo.

8. Una pregunta muy personal, para usted como sacerdote ¿Qué significa llegar a los 50 años de la Diócesis de Acapulco?
P. Jesús: Me ha tocado una buena parte de esta historia porque unos cuarenta años he estado involucrado, treinta años como sacerdote y los otros como seminarista, entonces me tocó ver a la diócesis no desde su nacimiento pero sí los años que siguieron, y me agrada mucho tener la oportunidad de ver esto, que hace cuarenta años no lo imaginaba, el hecho de mirar a esta Iglesia que, con todas sus debilidades y sus sombras, que provienen de su condición humana, tiene la gracia de Dios, y el Señor ha ido edificando esta Iglesia con el poder del Espíritu Santo.
Y en esta Iglesia aprecio mucho el vigor del laicado, creo sinceramente que el laicado le ha dado a esta Iglesia un rostro joven, un rostro dinámico y los pastores nos sentimos acicateados por este laicado para desarrollar nuestra misión, y qué bueno que tengamos laicos con iniciativa, con sentido crítico, laicos que impulsen, que nos animen, que nos empujen, incluso, para anunciar el Evangelio de todas las formas posibles.

Es una buena oportunidad para agradecer al Señor la riqueza que significa tener esta Iglesia a sus cincuenta años.