José Pilar Quezada Valdès -sentado a la izquierda- y Agustín Caloca Cortés -Sentado a la derecha- alumnos en el Seminario de Guadalajaraa
... "en la Iglesia conviven asnos, mulos y machos cabríos, algunos tan salvajes que se sienten deseos de matarlos, pero no es posible porque 'el Amo quiere recibirlos todos en buen estado'."
El Cura de Torcy a su colega de Ambricourt, en: "Diario de un Cura Rural", de Bernanos.
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jueves, 12 de marzo de 2026

BOSQUEJO HISTORICO DE LA CRISTIADA GUERRERENSE

 


BOSQUEJO HISTORICO DE LA CRISTIADA GUERRERENSE

Por Monseñor Silvino Moreno Rendón.

 

Al dar una perspectiva panorámica de la gesta cristera, debemos decir que, aunque nuestra costa guerrerense fue un espacio periférico de este movimiento, el historiador Jean Meyer, quien es el referente en los estudios sobre el tema, nos transmite algún dato sobre escaramuzas que tuvieron lugar en 1927. En el momento más álgido de la guerra.

Acompartimos compartimos un pequeño bosquejo elaborado por Monseñor Silvino Moreno Rendón, quien murió poco antes de cumplir 101 años de edad, como Párroco en Infonavit Alta Progreso; falleció el 13 de junio de 2012, y sus restos descansan en el templo parroquial de San Felipe de Jesús, en Infanivit Alta Progreso. Cabe decir que Monseñor Silvino le tocó vivir la Cristiada, tenía muy poca edad. Pero su hermano Alberto, sacerdote que llegó a ser canónigo en Chilapa, le compartió todas sus experiencias, de primera mano.

El texto que sigue es de su autoría, y fue impreso a la manera de un folleto sencillo, que el Padre Silvino gustaba repartir gratuitamente.

CARTA DE PRESENTACION DEL ARZOBISPO DE ACAPULCO AL AUTOR:

Señor Cura Don Silvino Moreno Rendón:


Recibí su folleto en preparación titulado: “Bosquejo histórico de la Cristiana Guerrerense” y lo he leído con mucho interés por los datos inéditos que reporta- Lo puede publicar como un tributo de reconocimiento a la sangre que nuestros paisanos ofrecieron por el Reinado de Cristo en México.

En este episodio que usted narra se repitió, como en otras partes de la República, la falta de jefes y estrategas con un plan bien definido que llevara las falanges cristeras a la Victoria. Se imponía también una acción coherente y más valiente de parte de los Pastores de la Grey. Todos los obispos salvaron sus vidas. En cambio numerosos sacerdotes, identificados con el pueblo, se ofrecieron en holocausto.

Ahora, pasada la tempestad, se nos ofrece este magnífico periodo de Paz Postconciliar para que a través de la Evangelización integral, encontremos el camino para que Cristo siga reinando en México.

Rafael Bello Ruiz, Arzobispo de Acapulco. 4 de Noviembre de 1985.

            CRISTEROS EN CHILAPA, GRO. PREAMBULO.

En vista de que la Cristiada en el Estado de Guerrero, después de 60 años de aquellos sucesos gloriosos, se pierde en las sombras del silencio, me he propuesto escribir algo sobre este tema tan importante para la historia de la Iglesia en México, y para que los Cristeros del Sur, no se queden sepultados en el olvido y las generaciones futuras sepan que en la persecución religiosa de 1926 a 1929, en ésta región, también hubo valor cristiano para defender la fe atacada por los modernos Nerones del siglo XX.

            CAPITULO I: LA LEY CALLES.

La Ley Calles, que fue promulgada por el Congreso de la Unión el 18 de junio de 1926, hacía saber al Episcopado Mexicano, a más de otras cosas: que desde esa fecha quedan prohibidas las Escuelas Católicas en toda la República Mexicana, que se imponía el matrimonio a obispos y sacerdotes bajo pena de prisión o destierro y, que para poder trabajar en los Templos debían registrar sus servicios ante la ley civil, y que la Iglesia en vez de ser Romana, pasaba a ser Mexicana.

El Episcopado, después de meditarlo delante de Dios, y habiendo consultado a la Santa Sede, decidió que el primero de agosto de 1926, se suspendiera el Culto Católico en todos los Templos de la República Mexicana, manifestando en esta forma su inconformidad con los artículos antirreligiosos de la Constitución Civil y las leyes que los sancionaban.

Ante esta actitud viril de la Iglesia, el pueblo católico que amaba su religión, no pudo quedarse inmóvil. México, religioso por antonomasia, que antes de ser civilizado cristianamente, amaba a sus dioses hasta darles su sangre, después de conocer al verdadero Dios, no podía negarle esa misma sangre, por defender sus Derechos Sagrados e inalienables, cuando eran vilmente conculcados por la tiranía reinante.

Ante esta situación tenebrosa y deprimente, dio principio la lucha armada en México, encabezada por la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos y luego en casi todos los Estados del centro, sobresaliendo en Jalisco. 

  


         CAPITULO II: LEVANTAMIENTO ARMADO EN CHILAPA.

Chilapa, Gro., la Ciudad Levítica, no podía quedarse a la retaguardia en esta lucha de reconquista espiritual. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, que había llegado con su proselitismo hasta aquí, preparó por medio de conferencias que daba el Minorista Moisés Moreno Sevilla un movimiento armado en casa de Don Margarito Nava. El Rector del Seminario, Presbítero Don Nicolás Arzate, al darse cuenta le prohibió hacerlo, para que no comprometiera al Seminario, pero el seminarista se le hizo fácil desobedecer ya que estaba comprometido en una causa noble y digna de incrementarla para que llegara a su fin. Un compañero indiscreto Pánfilo Parra lo delató y fue expulsado del seminario, pero su capacidad y honradez hicieron que pronto encontrara un buen patrón que lo puso al frente de su comercio en México, de donde pasado buen tiempo fue llamado por el Excelentísimo Señor Arzobispo de Monterrey, Nuevo León, Don Guadalupe Ortiz, que siendo Obispo de Chilapa conocía su honradez y preparación, por eso lo ordenó sacerdote el 25 de agosto de 1929. Después de trabajar en varias parroquias, murió el 26 de diciembre de 1969, siendo Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Monterrey, Nuevo León.

El principio del movimiento armado tuvo lugar el 21 de septiembre de 1926, a las cuatro de la mañana, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, tomaron la plaza tirando muchos balazos, abrieron la prisión y sonaron las campanas de Catedral con toques de alarma, logrando agrupar a más de 300 hombres dispuestos a luchar por la libertad de la Iglesia.

Por muchos días estuvieron haciendo mucha propaganda para aumentar el número de prosélitos y emprender la lucha cristera, que día a día iba surgiendo con mucho vigor por toda la Patria Mexicana.

            CAPITULO III: LLEGA EL GOBIERNO A CHILAPA Y CAPTURA A LOS                     SACERDOTES.


El gobierno federal, al darse cuenta de este movimiento armado, tomó las medidas conducentes para sofocar la rebelión y así fue como a los ocho días de estos hechos, llegó a Chilapa un contingente de federales de caballería que ascendía a 200.

La población que vivía a la expectativa, tan pronto como se dio cuenta que se aproximaban fuerzas federales, huyó a las montañas, buscando lugares estratégicos para la defensa. Este hecho acaeció el 28 de septiembre de 1926, a las once de la mañana. Yo era estudiante y recuerdo que los maestros del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, al darse cuenta que venía el gobierno, nos mandaron a casa, con la consigna de no correr, y así vi (Silvino) que llegaba la tropa a la ciudad, y entraba por los cuatro puntos cardinales, apuntando con las armas, dispuestos a disparar si encontraban resistencia de parte de los sublevados.

Al darse cuenta que la ciudad no amenazaba peligro, se instalaron en el cuartel municipal y desde luego dieron principio las investigaciones con las autoridades para conocer a fondo los hechos que acababan de suceder. Como el movimiento armado fue para defender a la Iglesia, fácil fue suponer, que quienes tenían que sufrir las consecuencias eran sacerdotes que residían en la ciudad, que aunque no ejercían en los templos, clandestinamente seguían oficiando para atender a la feligresía. Meses antes Salustio Deloya, presidente municipal, quiso cerrar los templos, comenzando por la Catedral y el pueblo se amotinó y lo asesinó en la plaza.

Entonces, toda la culpa recayó en el clero, haciéndolo cómplice de este levantamiento en armas y así fue como el 29 de septiembre de 1926, amanecieron sitiadas las casas de los sacerdotes residentes en la ciudad, lo mismo el seminario y el Obispado.

Al primero que aprehendieron fue a un Minorista que cuidaba el Obispado, de nombre Felipe Holguín, originario de Tabasco, para que enseñara las casas donde vivían los sacerdotes. Como a las siete de la mañana iba al mercado y entonces vi (Silvino) cómo unos federales conducían presos a los dos hermanos: Leopoldo y Ángel Díaz Escudero. Más tarde fueron aprehendidos, el señor Arcediano Rodrigo Herrera, Benjamín Salmerón, Gabino Acevedo, Francisco Miranda y Abraham Flores, Canónigos de la Santa Iglesia Catedral. También fueron aprendidos los presbíteros: Jesús Jaimes, Isidoro Ramírez y Toribio Pérez Zagal.

Monseñor Leopoldo Díaz Escudero VIII Obispo de Chilapa, quien gobernó la Diócesis hasta su muerte, que fue muy edificante, por eso hace más de diez años se abrió proceso de su beatificación, pero los documentos se extraviaron, en vista de eso, el 29 de mayo de 1985, se abrió otro según el nuevo Derecho Canónico.

            CAPITULO IV: SALIDA DE PRISIONEROS A CHILPANCINGO.

Al medio día, al sonar las doce horas con la campana mayor de Catedral, en el cuartel se tocó el clarín, dando la orden de preparar la salida y minutos después, desfiló la escolta y los prisioneros rumbo a Chilpancingo. Este desfile era un cuadro fúnebre para toda la ciudad. El pueblo, a cierta distancia, con lágrimas en los ojos, veía partir entre soldados a los ministros de la Iglesia, que tanto amaban. Hasta una camilla, llevaban dispuesta para el señor Acevedo que iba enfermo.

De los 200 federales, quedó una guarnición de 30 para resguardar la plaza. Desde ese momento reinó un profundo silencio por toda la ciudad.

Eran las dos de la tarde cuando salí a la calle (Silvino), y apenas había caminado una cuadra, iba en la esquina de la casa de don Rutilio Pineda, cuando oí los primeros disparos de fusilería, de inmediato me regresé a la casa y sólo me esperaban mis tías Vicenta y Senorina para atrancar la puerta y hacer oración por el triunfo de la causa. Pues a esa hora llegaban los Cristeros, atacando a la guarnición federal al grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

            CAPITULO V: COMBATE EN CHILAPA.


La guarnición oportunamente se dio cuenta del peligro en que se encontraba y se dispuso a parapetarse en las torres de Catedral y en las fuentes públicas del zócalo. Así fue como a los primeros disparos de los asaltantes contestaron oportunamente haciendo blanco a los que iban a la vanguardia que llenos de fe, esperaban obtener el triunfo sobre el enemigo que ocupaba la ciudad.

Entre los señores mencionados, andaba un antiguo militar retirado, que era de Chilapa y por cierto que, por su valor, gozaba de mucha fama militar, tanto que cuando escuchó la federación que el que comandaba a los cristeros era Canfur, se llenaron de temor, pues en el ejército fue conocido como “la Pantera del Sur”, por su gran arrojo militar.

Este valiente cristero, al entrar a Chilapa, penetró a una cantina y se puso a ingerir mezcal sin ninguna preocupación. Al verlo algunos compañeros le dijeron: “General, sería mejor que no tomara, pues nos encontramos en un combate de mucha trascendencia, donde hay que poner toda la atención y valor que se necesita para el triunfo”. El contestó: “No tengan miedo. Esta acción no es más que una pequeña escaramuza, que con mucha facilidad nos dará el triunfo”. Desafortunadamente, esta temeridad lo llevó al fracaso. Pues a los primeros disparos del enemigo, una bala le destrozó el estómago, y de inmediato lo único que hizo fue ceñirse con un gabán y seguir disparando su máuser con mucha maestría hasta sucumbir en la lucha como un ejemplar valiente, que tiene por delante un ideal.

No obstante este tremendo fracaso, sus soldados no se desmoralizaron, sino que se lanzaron con valentía a la lucha, toda la tarde, no se oyó otra cosa que nutridos disparos de fusilería por toda la ciudad. Constantemente, se oía el clarín, que Anastasio Herrera, de Azoyú, tocaba alentando a los combatientes a luchar con valor.

Cuando el reloj público sonó las ocho horas de la noche, sólo se oían disparos muy lejanos, se dijo que los federales supervivientes, para romper el sitio, se quitaron los informes y al igual que los cristeros gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Y así escaparon. De lo contrario, hubieran perecido sin escapar uno solo.

 

            CAPITULO VI: CUADRO DESASTROSO EN LA CIUDAD.

Al día siguiente, todo era un profundo silencio, como muchacho curioso (Silvino), busqué la forma de salir a la calle cuando apenas amanecía, para escrutar el aspecto que presentaba la ciudad. Como vivía cerca del zócalo, me dirigí allá y no encontré más que federales tirados por montones y llenos de sangre al pie de las torres de Catedral y en las fuentes del zócalo, lo mismo que en las calles. Donde quiera se presentaban cuadros desastrosos, se veían cadáveres que causaban horror por estar encharcados en su propia sangre.

Casi toda la guarnición pereció en este combate del 29 de septiembre de 1926, día de San Miguel Arcángel, Patrón de la ciudad.

Cuando comenzó el combate, tenía dos horas que los 170 federales habían marchado hacia Chilpancingo, conduciendo a los prisioneros. A esta hora habían llegado a la cañada de “El Pajarito” y lograron oír detonaciones que los hizo pensar que la guarnición de Chilapa era atacada por los cristeros. En esos instantes, el general en mando, montó en cólera y pensó fusilar a los sacerdotes y devolverse a Chilapa para auxiliar a la guarnición atacada. Pero afortunadamente, su segundo, era un buen cristiano. Puso todo de su parte todo lo que pudo para disuadirlo que todo lo que se oía no eran más que cohete y cámaras con que se estaban festejando a San Miguel Arcángel. Convencido, continuaron su marcha hasta llegar a Tixtla, donde pernoctaron y al día siguiente continuaron su itinerario a Chilpancingo, Gro., donde tenían la consigna de entregar a los presos a un general de apellido Palafox, jefe de las operaciones militares en el Estado de Guerrero, para que los fusilara, pero afortunadamente pasaron varios días y nunca llegó. Pero se dijo que por la Costa Grande, otro grupo de cristeros acaudillados por Amadeo y Valdomero Vidales de Acapulco, le interrumpieron el camino. Así fue como providencialmente, Palafox no pudo ejecutar la orden que tenía de la Defensa Nacional.

Después que pasaron varios días y Palafox no llegaba, se ordenó que los presos fueran conducidos hasta la ciudad de México, donde fueron por algún tiempo internados en los calabozos y después por algún tiempo tuvieron por cárcel la ciudad, hasta que mediante algunas gestiones, obtuvieron su libertad.

            CAPITULO VII: NUEVA TROPA, PERSIGUE Y FUSILA ALGUNOS                             CRISTEROS.

En Chilapa, con el combate todo acabó, los cristeros, decepcionados por la muerte trágica de Carfur, se dispersaron por muchos lugares, pues les hacía falta el jefe en quien tanto confiaban que los conduciría al triunfo. Estaban seguros que después de estos sucesos sangrientos no esperaban sino tremendas represalias.

Pasados algunos días, llegó nuevo contingente de federales y comenzaron a seguir la pista a los cristeros dispersos por los poblados circunvecinos. En su persecución llegaron hasta un lugar que se llama “El Aguacate”, que está arriba de Colotlipa, Gro., allí lograron varias aprensiones, entre ellos se contaba Anastasio Herrera, que fue el que la hizo de clarín. Era estudiante del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús de Chilapa, Gro. En 1925 terminó la Instrucción Primaria, y en 1926 estudiaba Comercio. Como había sido de la Escolta, aprendió los toques militares.

Amante de su religión, se afilio a la cuestión cristera, para luchar como buen soldado. Al ser aprendido fue conducido con don Jesús Nava y otros más a Chilpancingo, Gro., capital del Estado, donde se les formó causa y en breve fueron fusilados sin miramiento alguno, ya que habían sido sorprendidos con las armas, contra la tiranía imperante. Se dice que a Anastasio, con la descarga de fusilería, le brotó el corazón intacto, quedando al descubierto. Este hecho causó mucha admiración a los que habían presenciado esta injusta ejecución con quienes luchaban por una causa santa, como es la religión católica.

Esa tarde, del día del combate, mi padre Nicasio Moreno Castro, miembro activo de la Liga Nacional Defensora de la Religión, como a las 8 apareció por el rumbo del Zoyatal, conduciendo a más de cien hombres que venían de Topiltepec y pueblos circunvecinos, con el fin de auxiliar a los Cristeros, pero no faltó quien los disuadiera a regresarse, pues el combate ya había terminado y que el enemigo había sido exterminado.

Es así como dio fin esta pequeña acción cristera en Chilapa, Gro., su recuerdo debe vivir en el corazón de todo buen mexicano, que es un estímulo de fe que nuestros mayore nos dejaron, a fin de que las generaciones venideras, siguiendo su ejemplo, sepan defender su religión, cuando el enemigo intente atacar sus derechos sagrados.

            CAPITULO VIII: SEGUNDO MOVIMIENTO ARMADO DE CRISTEROS EN   


  CHILAPA.

Chilapa, pueblo escogido entre montañas, siendo muy católico, no pudo permanecer indiferente ante la persecución religiosa, que la Iglesia estaba sufriendo en toda la República Mexicana. Varias veces intentó unirse al movimiento cristero de toda la patria, pero dado el aislamiento en que vivía, no logró alcanzar sus justas aspiraciones.

Sufría al ver cómo los sacerdotes tenían que ejercer su ministerio a escondidas, y muchas veces a altas horas de la noche, esto se estilaba en todas partes. Recuerdo que en Topiltepec, Gro., llegaba el señor cura Eleuterio Salgado, párroco de Zitlala, Gro., a la casa de mi padre y a eso de las diez de la noche celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, al que acudían muchísima gente, tanto del lugar, como de los alrededores, que llenos de fe oían su Misa y toda la noche adoraban al Santísimo Sacramento. Mientras duraban estos actos, se ponían vigías para no ser sorprendidos por el enemigo. En esta forma se aquilataba más el fervor de aquellos cristianos, que hizo que un día se decidieran a salir en defensa de su religión oprimida por el enemigo.

            CAPITULO IX: LEVANTAMIENTO EN ARMAS EN TOPILTEPEC, GRO.

La Liga Defensora de la Religión, anticipadamente había acordado que el 19 de marzo de 1929 se llevara a cabo un levantamiento en armas en todo el Estado de Guerrero, contra la tiranía reinante de esos años. El golpe unánime sería a las dos de la mañana. Topiltepec y pueblos aledaños acataron con puntualidad la orden girada por la Liga. Desde a las doce de la noche, sigilosamente comenzó a llegar gente armada a la casa de mi padre, donde se almacenaba buena cantidad de armas y parque. Cuando ya se encontraban reunidos los principales dirigentes del movimiento, se procedió a la elección del Jefe y la elección recayó sobre el señor Maximino Valeriano, hombre de energía y valor, que podría afrontar hechos tan delicados, como era dirigir a hombres improvisados que con valor salían en defensa de su religión vilipendiada. Después de la elección, se ordenó la marcha hacia Chilapa, pero con mucha cautela, ya que en el lugar había agraristas armados que tenían por jefe a Refugio García. Los comprometidos ascendían a doscientos hombres, y la ordenanza que tenían entre manos, era la peligrosa aprensión de Román Nava, jefe de los reservistas rurales de todo el Distrito de Álvarez, que vivía en Las Pilas, Gro., cerca de Chilapa. Eran las dos de la mañana cuando se dirigieron hacia allá, pasando por Totola y Ahuihuiyuco, donde se les agregó un buen contingente de voluntarios dispuestos a ir a la lucha por la defensa de la Iglesia.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegaron sitiando el poblado y de manera muy especial, la casa del jefe, que tan pronto como se dio cuenta del peligro en que se encontraba, emprendió la fuga, y su suerte fue muy grande, que al que le tocó aprenderlo, era su amigo, de nombre Eucario Castro, de Topiltepec. Al tenerlo en la mano, le rogó que le concediera la fuga, y éste, fingiendo que se le escapaba, lo dejó ir. Así fue como no se cumplió la orden que se había girado por la Superioridad. Pero si cayó preso su sobrino, Daniel Nava, y con este trofeo entraron en Chilapa a las 5 de la mañana. 

            CAPITULO X: LLEGA LA PRONUNCIA A CHILAPA Y ENCUENTRAN EN             SILENCIO.

¡Cuál no sería la sorpresa de estos guerrilleros improvisados, que a las cinco de la mañana, cuando creían que la pronuncia estaba en todo el Estado de Guerrero, Chilapa dormía el sueño de los justos…!

Ante el quietismo de la ciudad, no les quedó otro camino que asaltar valientemente el Cuartel, disparando muchos balazos, a fin de ahuyentar a la Guardia municipal. Dieron repiques de alarma en Catedral, abrieron la prisión y al grito solemne de: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, quedaron desde ese momento dueños de la ciudad.

¿Qué tenían que hacer cuando se vieron solos y comprometidos ante el Gobierno?

Comenzaron a investigar quiénes eran los jefes que tenían el compromiso de levantarse en armas y después de algunos sondeos, descubrieron a los encabezados y acudieron a ellos para investigar el motivo por el cual no habían cumplido con la ordenanza que todos habían recibido de la Jefatura Cristera.

Pretextaron que no había venido el Jefe que la Liga tenía que mandar de México, para encabezar el movimiento armado, mas como el levantamiento en armas estaba en pie, emprendido por ellos, se les convenció que era urgente incorporarse, úes estaban seguros que en muchísimos lugares del Estado de Guerrero estaban ya en la lucha por la libertad de la Iglesia y que era urgente que desde luego comenzara la recluta por todos los contornos y principalmente en la ciudad. Desde luego se instaló una oficina en la plaza para comenzar a tomar lista de las personas que espontáneamente se iban adhiriendo a la causa tan noble, como era nada menos que la defensa de la religión.

Al medio día, era ya un aglomeramiento formidable, al grado que ya no cabían en la plaza. Unos como adictos y otros por curiosidad. Todos investigaban la ventaja o desventaja que podrí traer ese movimiento armado que en esos instantes se iniciaba. Había una cola muy grande de personas que esperaban su turno, para inscribirse como soldados de Cristo Rey.

            CAPITULO XI: ROMAN NAVA PONE SITIO A LA CIUDAD.

A las cuatro de la tarde, se vio que comenzó a llegar a los alrededores de la ciudad un gran contingente de agraristas, que se situaron en las alturas de los cerros para asediar la ciudad. Allá por el lado del Calvario, se veía a un hombre montado en un caballo blanco, que corría de un lado al otro como dando órdenes. Se dijo que era Román Nava. A esa hora ya había agraristas hasta Las Joyas, Gro., que con urgencia fueron citados para dar el auxilio, que se necesitaba en esos momentos. Más tarde comenzó el tiroteo. Se disparaban tanto de los cerros como del cuartel, estos disparos se escucharon hasta que entró la noche, en que reinó un silencio sepulcral.

A las diez de la noche, los principales jefes del movimiento llevaron a a una junta, para acordar qué tenían qué hacer en lo sucesivo, ya que prácticamente se encontraban sitiados por el enemigo y que, de un momento a otro, podían atacarlos por sorpresa. Se acordó, que los venidos de fuera, se quedarían a resguardar la ciudad, y al preso Daniel; y los de Chilapa, se encargarían de rondar por las calles y sobre todo en las orillas, para evitar el asalto imprevisto del enemigo, que acechaba la ciudad. Como a las dos de la mañana del siguiente día, alguien se presentó al cuartel y dijo a los que ahí se encontraban en constante vigilancia, que vieran lo que hacían, pues los de Chilapa se habían ido a sus casas y que no contaran con ellos. Ante esa sorprendente noticia, se dio orden de que una fuerte escolta recorriera los cuatro puntos cardinales para darse cuenta si era cierta la fatal noticia. Pasado buen tiempo, regresaron muy decepcionados, diciendo que las calles estaban desiertas, y que no habían visto a nadie de los que tenían la encomienda de vigilar las entradas de la ciudad.

            CAPITULO XII: LIBERAN AL PORESO Y ABANDONAN EL CUARTEL.

Ante la situación desesperada que se presentaba ante sus ojos, de inmediato se procedió a deliberar sobre lo que se tenía que hacer de pronto, para evitar una muerte segura que se tenía sobre su existencia. Se acordó que las armas se guardasen en determinado lugar y que con prontitud se dispersara la pronuncia, pues era seguro que al amanecer sería el asalto de parte de los agraristas, que ascendían a más de mil hombres bien armados. Antes de todo, se procedió a dar libertad al preso Daniel, exigiéndole que ante la Virgen de Guadalupe hiciera un juramento de no delatar a nadie, y que de inmediato tendría que marcharse a su casa sin ver a sus compañeros, ya que ellos le perdonaban la vida. De lo contrario, tendría que atenerse a muy serias consecuencias. Hizo su juramento y se fue muy contento, y los pronunciados con prontitud se dispersaron para buscar a los amigos y refugiarse en sus casas.

            CAPITULO XIII: LOS AGRARISTAS ASALTAN LA CIUDAD.

El asalto al cuartel, del gran contingente de agraristas, fue a las seis de la mañana, entrando por los cuatro puntos cardinales, seguros que encontrarían una tremenda resistencia de parte del enemigo, pero se encontraron con la sorprendente realidad de que todo era silencio, y que por ningún lugar aparecía un cristero. Con mucha cautela ase fueron instalando en el cuartel, pues temían alguna celada de parte del enemigo.

Ese día fue domingo, como de costumbre comenzaron a llegar gente de las rancherías que iban a placear. Cuando fueron las once de la mañana, el comercio era grande, como si nada hubiera sucedido. Por las banquetas del zócalo, vi a varios paisanos que estaban sentados sin ningún pendiente. Más tarde se juntaron con sus familias que habían venido al mercado y se regresaron a sus casas, terminando así, aquel brote cristero.

    


        CAPITULO XIV: LLEGA MAS GOBIERNO A CHILAPA.

Los sucesos anteriores, esperaban tremendas consecuencias. A los pocos días llegó una fuerza federal a Chilapa, acuartelándose junto con los agraristas, y desde luego, como de costumbre, tuvieron que acudir a las autoridades para obtener los datos necesarios de aquel levantamiento en armas.

Topiltepec fue un poblado que se culpó como responsable de esta revuelta. Por eso una mañana, fue totalmente sitiado y se hicieron varias aprehensiones. Algunos comprometidos, oportunamente, habían huido para esconderse en El Texcal de Pochotla. Es un cerro estratégico que está cerca del poblado de Totola. Hasta allá llegó el gobierno conducido por algunos agraristas, entre ellos Tiburcio García vecino de ese lugar. Tuvo la debilidad de hacer la denuncia, diciendo que: en la cueva, se encontraban escondidos algunos cristeros. Hicieron más prisioneros que ascendió a 17, y que desde luego fueron conducidos con mucha crueldad a la prisión de Chilapa.

Al día siguiente, muy de mañana, salieron los principales de Topiltepec, encabezados por mi padre (Silvino), con el fin de rescatar a los presos. Todo el día lucharon por obtener audiencia con el jefe del ejército, pero el asunto se presentaba muy difícil, porque se negaba a tener arreglos con los que buscaban su libertad. Se buscaron personas influyentes en la ciudad, para que intervinieran en el asunto, pero todo parecía como un imposible, pues el jefe se mostraba muy enojado, alguna vez hasta amenazó también apresar a quienes buscaban la libertad de los sublevados. No obstante lo difícil del caso, se siguió luchando. Mi padre era hombre que tenía mucha confianza en Dios, y aunque era el alma de aquel movimiento cristero, se arrojó a buscar la libertad de quienes se habían comprometido a luchar por la libertad de la Iglesia. Después de tanta insistencia, Dios quiso que se aceptaran arreglos sobre la libertad de los presos, la condición fue, que se diera un rifle y cien pesos por cada uno. Como los que abogaban sabían dónde se encontraban las armas, de inmediato mandaron por ellas, y se hicieron los arreglos, terminando como a las once de la noche. A esa hora abandonaron el cuartel, muy contentos, pensando que el asunto había terminado con un feliz éxito. Pero desafortunadamente no era así, pues al llegar a determinado lugar, se hizo un recuento de prisioneros y la sorpresa fue muy grande, porque en vez de 17, sólo estaban 15. De inmediato se pasó lista y entonces se dieron cuenta que faltaban Eucario Barrios e Ignacio Guevara. Los que habían concertado los arreglos, con prontitud regresaron al cuartel, que encontraron desierto y en profundo silencio, pues el gobierno ocupante lo había evacuado.

            CAPITULO XV: SACRIFICIO HEROICO DE DOS CRISTEROS.

El 24 de marzo de 1929, a las doce de la noche, llegó un mensaje de Tlapa. Gro. solicitando auxilio a la federación de Chilapa, pues había surgido un nuevo levantamiento de Cristeros en aquel lugar. El jefe, al oír esta infausta noticia, montó en cólera e inmediatamente ordenó la salida para auxiliar a Tlapa. Pero antes, mandó a traer a los presos que habían quedado en la cárcel, para hacerles un minucioso interrogatorio, a fin de descubrir a los que los habían comprometido a tomar las armas contra el gobierno. Al tenerlos en su presencia y después de un largo interrogatorio, ninguno delató a nadie, pues se concretaron a guardar profundo silencio que admiró a la guarnición. Se les dio un espantoso tormento para hacer que descubrieran lo que intentaba saber. Todo fue inútil, nada se logró. Sólo se descubrió la fuerza moral que asitía a estos sencillos campesinos. Viendo su firmeza, se ordenó la marcha, pero antes, descalzaron y tincaron a los prisioneros. Poniéndolos a la vanguardia para irlos golpeando y arojándoles encima los caballos. Muchas veces cayeron al suelo y hasta pasaron sobre ellos las bestias. Con estos tormentos les pedían que delataran a los culpables del levantamiento en armas, pero nada lograron. Así llegaron a un poblado que se llama Lamatzintla, era como las dos de la mañana. Allí amenazaron a Eu cario, le dijeron que, si no contestaba a lo que se le preguntaba, sería de inmediato pasado por las armas. El permaneció en silencio y como nada dijo que delatara a alguno, fue sentenciado a muerte. En el momento en que iba a ser fusilado se supo que dijo: “Soy pecador, y pido perdón a Dios, con gusto entrego mi sangre por Cristo, para ser perdonado”. Delante de su compañero Ignacio fue sacrificado, para atemorizarlo, pero este sacrificio no hizo impacto, a quien estaba también resuelto a ofrendar su sangre por Cristo.

Ignacio, que era más joven, siguió su camino de calvario con mucha serenidad, confiando en la misericordia de Dios, que le daría el valor suficiente para poder morir como su compañero. Ya puede uno imaginarse cuanto tuvo que sufrir por el camino hasta llegar a Atlixtac. Ahí lo reconoció don Aureliano Flores, empleado postal de Chilapa, que desde niño lo había visto crecer en casa de mi tío Bonifacio Moreno (tío de Silvino). Trabajaba como pastor de ganado. Al verlo trincado en una banca de la plaza le preguntó: “Oye Nacho ¿Qué te pasó? Y ¡qué es lo que hiciste? Te veo muy ensangrentado”. Como buen campesino contestó secamente: ¡Nada!, entonces: ¿Porqué te encuentras aquí trincado?. ¡Porque tomé las armas contra el gobierno para defender a la Iglesia católica!. ¿Tienes miedo?. ¡No, porque sé que voy a morir por Cristo!.

Como a las cinco de la tarde se escuchó una descarga de fusilería, en un cerro que está al oriente de Atlixtac. Ignacio, como cristero y buen soldado de causa tan noble como es la religión católica, caía sin vida en aquella lejana soledad, pero muy cerca de Dios. Esto sucedió el 26 de marzo de 1929. El ejército, después de tan injusta ejecución, continuó su camino, dando órdenes a los vecinos del lugar, que allí mismo fuera sepultado Maximino Valeriano, que encabezó el movimiento y otros más huyeron para evitar represalias con el gobierno, unos se radicaron en Iguala, otros en México y Maximino, para sentirse más seguro, se dio de alta en el ejército del gobierno. Diez años después, supe que estaba en Guadalajara, Jalisco, le escribí (Silvino) y me contestó del Cuartel Colorado, ocupando el grado de sargento, no he vuelto a saber más de su paradero.

         Siendo (Silvino) párroco de Atlamajalcingo del Monte, Gro., en 1948, cuando pasaba a caballo, junto al sepulcro de Ignacio, hacía una breve oración por el eterno descanso de su alma. No había más que una cruz de madera, con el nombre de Ignacio Guevara, con la fecha de su martirio, 26 de marzo de 1929. La tierra estaba hundida unos veinte centímetros, donde reposaban los restos mortales del paisano y amigo pues, aunque mayor que yo, muchas veces cuidamos ganados en los campos y jugamos con otros compañeros. Más tarde contrajo matrimonio y formó parte de la música de viento del pueblo, lo perdí de vista pues me trasladé a Chilapa para estudiar.

            CAPITULO XVI: CRISTEROS EN VARIOS LUGARES DE GUERRERO.

Estando el movimiento cristero en la mayor parte de los estados de la república, fácil era comprender que en Guerrero hubo muchos levantamientos en favor de la Iglesia perseguida, como en Buenavista de Cuéllar, Noxtepec y otros lugares, como Tlapa y costa grande. Recuerdo (Silvino) que mi profesor, el señor canónigo don Constantino Arizmendi, nos platicaba que, siendo párroco de Noxtepec, Gro., al ser perseguido por el gobierno no le quedó otro camino que incorporarse a los cristeros, donde actuaba en calidad de Capellán Castrense. Dijo que en cierta ocasión hubo un encuentro con el gobierno, y que para defenderse, se tiró pecho tierra para que no le tocara una bala, y entonces vio cómo el cristero lazó al general Adrián Castrejón, pero su asistente fue tan hábil, que cortó oportunamente la reata de lazar, y así fue como se escapó de morir arrastrado por un caballo. En esa ocasión fue cuando dijo que perdió sus ornamentos, y el cáliz que ocupaba para celebrar la Santa Misa.

Es muy probable que entre esos cristeros militaba Fidel Jaimes, hermano de los padres Jesús y Pedro Jaimes, de ciudad Altamirano, Gro. Se dice que en esos años de la persecución religiosa, Fidel salió de México con parque para los cristeros del sur, y que el gobierno federal lo sorprendió. Y como acostumbraba hacerlo, inmediatamente lo fusiló, ofreciendo así su sangre por Cristo.


            CAPITULO XVII: SACERDOTES GUERRENSES SACRIFICADOS EN LA       
 
        PERSECUCION RELIGIOSA.

Entre los guerrerenses que ofrendaron su vida en tiempo de la persecución religiosa, podemos contar al señor cura de Iguala, Gro., don David Uribe Velazco. Originario de Buenavista de Cuéllar, Gro. por el General Adrián Castrejón, el 12 de abril de 1927, en el kilómetro 168, entre Iguala y Cuernavaca, por negarse a pedir autorización al gobierno, para ejercer su ministerio sacerdotal.

Al señor Presbítero don Margarito Flores García, de Taxco de Alarcón, Gro., Vicario Cooperador de Chilpancingo, Gro., fusilado en Tulimán, Gro., el 12 de noviembre de 1927, junto con el presidente municipal de ese lugar, al que acusaron de haberle proporcionado un guía.

Sin adelantarme al juicio de la Santa Iglesia, puedo afirmar que todos los que de buena fe, lucharon por defender a la Iglesia perseguida, y ofrendaron su sangre con heroísmo, en cierta forma podemos llamarlos MARTIRES, pues vemos que con arrojo y valentía se enfrentaron al enemigo, prefirieron morir por Cristo y no cruzarse de brazos, viendo pasivamente la saña con que el enemigo pretendía acabar con la Iglesia en México.


            CAPITULO XVIII: ANTECEDENTES A LOS ARREGLOS.

El gobierno, por tres años había perseguido a la Iglesia en México con mucha saña, instigado por las sectas masónicas. Pero los católicos, guiados por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, no permitieron este atraco bochornoso a la libertad de creencia.

Cuando la tiranía imperante de 1926 a 1929, se percató que había encontrado tope a su acción impía, pensó retroceder, pero antes recurrió al último medio que le quedaba para conseguir su fin.

En San Luis Potosí, tenía a Saturnino Cedillo como jefe de las operaciones militares, que gozaba de gran prestigio militar, por su arrojo y valentía. El Presidente de la República Emilio Portes Gil lo llamó, de acuerdo con la Defensa Nacional, y le preguntó que, si se comprometía a pacificar el Estado de Jalisco, ya que las milicias federales casi habían sido extinguidas por los cristeros. Con todo aplomo contestó afirmativamente, y que sólo pedía ocho días para preparar su plan de guerra. Efectivamente, después de este plazo, se presentó a la Defensa Nacional solicitando ejército y material bélico para la campaña. A su salida, ofreció al gobierno que, en quince días pondría la paz a Jalisco.

Con todo sigilo, marchó en un tren militar, bien equipado, y al llegar a los límites de Jalisco se estacionó, para obtener informes de los lugares en que operaban los cristeros, que tantos estragos habían causado al gobierno federal, pero no obtuvo más respuesta de que allí no se conocían cristeros. Y no vio más que humildes campesinos, que son sus yuntas llenaban todos los campos, surcando sus parcelas, y le dijeron que posiblemente esa gente estaría en el centro del Estado.

Fiado en ese informe, esa misma noche prosiguió su marcha. Y cuál sería su sorpresa, que después de media hora de haber entrado a Jalisco, se vio asediado por grandes contingentes de hombres de campo, que sin que le dieran tiempo de poner en fuego su material bélico, fue destrozado en pocos instantes, ya que los cristeros tenían sembrada de dinamita una gran parte de la vía férrea. De tal manera que al llegar el tren, en un momento hicieron estallar las cargas mortíferas, que sin disparar un solo cartucho volaron el tren, donde pereció el mayor contingente que intentaba poner paz al Estado. Después de unos días, el general más valiente llegaba a la Capital, para informar que el caso era perdido, y narró la trágica derrota que acababan de sufrir toda la fuerza militar.

La situación cristera era tan efectiva, que los grandes jefes aseguraban que en dos meses más, el gobierno caía definitivamente, pues el triunfo se perfilaba ya muy próximo, dado que en la mayor parte de la República existían fuertes núcleos de hombres valientes, que con armas o sin ellas, se lanzaban a la lucha, avanzando al enemigo el material bélico, con que lo destrozaban.

            CAPITULO XIX: ARREGLOS BOCHORNOSOS.

Ante esta situación y desastre sufridos en Jalisco, Emilio Portes Gil, presidente de la República Mexicana propuso los ARREGLOS, al Episcopado Mexicano; éste estaba representado por los señores arzobispos Leopoldo Ruiz y Flores, y Pascual Díaz Barreto. Fueron citados al castillo de Chapultepec, el 21 de junio de 1929, donde se les dijo que para evitar que se siguiera derramando sangre mexicana, que el gobierno de la República había determinado poner fin a la situación que prevalecía, mediante algunas cláusulas: Que los cristeros depusieran las armas, amnistiándose ante el gobierno. Que desde esa fecha los sacerdotes podrían ejercer su ministerio en los templos, pero que ya no estarían al frente de ninguna escuela. Que los artículos persecutorios de la Constitución no se reformarían, y que sólo se aplicarían con espíritu de tolerancia y no de sectarismo. En síntesis, estos fueron más o menos los ARREGLOS, que iban impregnados de un reconcentrado sectarismo; pues se llegaba a ese acuerdo al no poderse menos, y para darles más importancia, hicieron que intervinieran los Estados Unidos mediante su embajador en México Míster Morrow.

            CAPITULO XX: FATALES CONSECUENCIAS DE LOS “ARREGLOS”.

Como en los arreglos no intervino la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, ni se tuvo en cuenta a los grandes jefes de la resistencia armada, las consecuencias que siguieron fueron de una tremenda desorientación e inconformidad. De inmediato se previó lo que tenía que suceder, el distanciamiento entre el Episcopado y los dirigentes de la cristiada. Muchos de éstos tuvieron que huir al extranjero, como Capistrán Garza y otros u ocultarse para no caer bajo la picota del gobierno, y más tarde, de las hordas que el cardenismo formó con las reservas de agraristas que asesinaron a tantos valientes cristeros que incautamente se sometieron a la amnistía que el tirano les ofreció. Para muestra basta un botón: el presbítero Aristeo Pedroza, párroco de Arandas, Jalisco, que por tres años luchó al frente de 5,000 valientes cristeros, y cuando supo que se habían concentrado los arreglos, se presentó ante la jefatura de las operaciones militares revolucionarias de Jalisco, amnistiándose y marchó a hacerse cargo de su parroquia de Arandas, Jalisco, en la que fue capturado un mes después y fusilado tras una farsa de consejo de guerra. Así fue como quiso terminarse el valor cristero de México, que por tres años luchó por alcanzar la libertad religiosa. (El clamor de la sangre, por Joaquín Blanco Gil me sirvió para conocer algunos hechos).

        CAPITULO XXI: TRASLADO DE LOS RESTOS DE IGNACIO GUEVARA.

Hacia buen tiempo que pensaba exhumar los restos de Ignacio Guevara, sepultados en el lugar de su sacrificio, el 26 de marzo de 1929. Este deseo se me concedió hasta el 10 de noviembre de 1981, en que yendo de paso por Atlixtac, Gro., entrevisté al señor Cura don Luis Acevedo, invitándolo a que me acompañara. Fuimos y buscamos el lugar, pero de momento no dimos con él, pero afortunadamente se acercó un pastor, y nos preguntó qué era lo que buscábamos. Al decirle, me dijo: Venga, yo sé dónde está ese difunto, y nos enseñó. LE pregunté que si él podía sacar esos restos, y nos dijo que con gusto lo haría su yerno. Seguí mi camino a la fiesta de Xochihuehuetlán, mi antigua parroquia, y al regresar, ya tenía mi encargo en un cartón, y dentro, los restos en una bolsa de nylon, le di una buena gratificación y seguí a Chilapa, donde se los encargue a mi hermano el señor Canónigo Alberto Moreno, para que mandara hacer la urna y en fecha próxima hiciéramos la inhumación en Topiltepec.

        CAPITULO XXII: REZAGOS DE AGRARISMO Y PROTESTANTISMO, SE                 OPONEN A LA INHUMACIÓN.

El 11 de febrero de 1982, mi hermano el Canónigo Alberto Moreno y yo (Silvino), de Chilapa nos trasladamos a Topiltepec, Gro., donde los paisanos nos esperaban con una solemne recepción, ya que sabían que íbamos para concelebrar el Santo Oficio de la Misa, y a hacer la inhumación de los restos de las personas sacrificadas en 1929. Llegamos a las 11 de la mañana, ya todo estaba preparado para esta ceremonia luctuosa. Había gente venida de los pueblos circunvecinos, especialmente de Ahuihuiyuco, Gro., ya que allí vive el hijo de Eucario Barrios, que siguiendo mi indicación, oportunamente había recogido los restos de su padre que estaban en Lamatzintla, Gro., donde había sido sacrificado el 25 de marzo de 1929. A nuestra llegada ya estaban sendas urnas, conteniendo los restos mortales de quienes tuvieron el valor de ser sacrificados por la fe que profesaban. La recepción de estos paisanos fue apoteótica, hasta llegar al templo de la Santísima Virgen del Rosario, donde inmediatamente se dispuso todo para la concelebración de la Misa de exequias.

La Comisaría que está frente al templo también tenía gente. El lidercillo de Vidal Buenaventura, instigó al comisario para que opusiera a que los restos se inhumaron en la torre del templo. Cuando iba a comenzar la ceremonia, llegó al comandante preguntando quién era el encargado de los “cadáveres”. Salí al frente y de inmediato contesté que yo, y nadie más. Entonces me dijo que el comisario ordenaba que pasara a la comisaría y le dije, que como estábamos en un acto que no podíamos suspender, que me hiciera favor de esperarme. Se fue, y a poco llegó más exigente con el mismo recado, al que le dí la misma contestación. Al terminar pensé que atender a este llamado era engrandecerlos, por lo que convenía era cortar por lo sano, subimos al coche y desfilamos, pero el paso era precisamente por la Comisaría. Al pasar por ese lugar ya estaba el comandante esperando para hacerme la parada; pero la interpreté como saludo y aceleré, a fin de evitar problemas. Después de que llegamos al lugar donde nos habían preparado los alimentos, nos llegó la noticia de que de que en represalias, ya tenían detenidas varias personas que habían asistido a la ceremonia, pero el pueblo se atumultó y exigió que los dieran libres.

Pensando que esto no terminaría así, después de la comida, acompañado de algunos principales del lugar me dirigí a Zitlala, Gro., invité al señor Cura Antonio Silva y fuimos a ponerle en conocimiento al Presidente Municipal, lo que había sucedido. Nos recibió con mucha atención y después de charlar un poco, le expusimos el asunto. Nos atendió, y reprobó la actitud de los paisanos, y nos dijo que, si llegaban con alguna queja, que los castigados serían ellos, por no haberse unido al homenaje que se había tributado a los héroes de la fe.

Queda mucho que escribir sobre este tema en el Estado de Guerrero, y pasando a Michoacán se está olvidando al General Simón Cortés, papá del Excelentísimo señor Obispo Fidel Cortés, que fuera el X obispo de Chilapa.

Siendo Párroco de Ajuchitlán y Coyuca de Catalán, Gro., subía con frecuencia al Filo Mayor del Sur, para atender a grupos de Vierneros, personas muy cristianas venidas de Michoacán, después de los “arreglos”. Don Antonio Cortés, soldado de don Simón, que vivía en La Trinidad, me platicaba que don Simón le dio muy buenos pegues al General Lázaro Cárdenas en tiempos de la persecución religiosa en México y que a su gente por chiste les decía: “Muchachos, si ya se cansaron de andar conmigo, van escogiendo su palo donde quieran quedarse”. Y nadie lo abandonó, pues tenia muy buena táctica para tratar a sus soldados que lo siguieron hasta el fin de la cristiada.

Al terminar este bosquejo, lo deposito humildemente a las plantas de Cristo Rey y de Santa María de Guadalupe, esperando que plumas mejor cortas investiguen más a fondo este tema y lo den a conocer a las generaciones venideras.



            SE HIZO EL TRASLADO E INHUMACION DE LOS RESTOS, CON                             PERMISO DIOCESANO.

“Como lo solicitan los PP. Silvino y Alberto Moreno y otros principales de Topiltepec, jurisdicción de la Parroquia de Zitlala, Gro., se concede la licencia para ahumar, trasladar y reinhumar en la Capilla del Rosario, los restos áridos de los que en vida llevaron el nombre de Eucario Barrios e Ignacio Guevara, cristeros sacrificados en defensa de la fe en la persecución religiosa (1926-1929).

Dado en Chilapa, Gro., a los veintidós días del mes de noviembre de mil novecientos ochenta y uno, fiesta de Cristo Rey.

Doy fe: Arcediano y Pro Vicario General Andrés Ocampo R. (Rubricado).

Señores presbíteros Silvino y Alberto Moreno y demás solicitantes. Al señor Comisario Municipal y al señor Cura de la Parroquia de Zitlala, Gro.


sábado, 19 de agosto de 2017

EXCELENTISIMO SEÑOR LEOPOLDO DIAZ ESCUDERO OCTAVO OBISPO DE CHILAPA (1880-1955)




EXCELENTISIMO SEÑOR LEOPOLDO DIAZ ESCUDERO
OCTAVO OBISPO DE CHILAPA (1880-1955)
Por Alberto y Silvino Moreno Rendón, en Episcopologio de la diócesis de Chilapa, Guerrero. 1992 pp. 21-37

El Excmo. Sr. Obispo Leopoldo Díaz Escudero nació en Alcozauca de Guerrero el 16 de Septiembre de 1880 de una familia patriarcal, medianamente acomodada de ascendencia española profundamente cristiana, hijo legítimo de José Díaz Martínez de Alcozauca y de Rafaela Escudero de Olinalá. Hizo sus primeros estudios en su tierra natal y un día que acompañó a sus padres a visitar a sus hermanos Ángel y José que estudiaban en el Seminario de Chilapa, Guerrero, se animó a estudiar también para Sacerdote como sus hermanos.
Después de mucha insistencia sus padres se vieron obligados a dejarlo para emprender sus estudios que hizo con mucho aprovechamiento.
Durante el tiempo de vacaciones que pasaban en su tierra, formaban su orquesta familiar, ya que los seis hermanos: Ángel, José, Leopoldo, Pedro, Fortunata y Eufrosina eran aficionados a la música y cada uno tenía su instrumento que ejecutaban con mucha maestría. Algunas veces ejecutaron piezas religiosas en el Templo Parroquial de Santa Mónica, demostrando su pericia en el canto como en la música.
Después de una brillante carrera de todas las materias asignadas al Sacerdocio en el Seminario, recibió las Ordenes Sagradas de manos del Sr. Obispo José Homobono Anaya y Gutiérrez el 21 de Septiembre de 1903 y después de cantar con solemnidad su primera Misa en Alcozauca volvió a Chilapa para hacerse cargo del Templo de San José como Capellán y en el Seminario atendió la cátedra de filosofía.
Pasado algún tiempo fue asignado como Vicario Cooperador de Chilpancingo y después de Taxco de Alarcón, donde pudo desenvolver un fructuoso apostolado.
Conociendo la Superioridad, no sólo de su espíritu de iniciativa sino también de obediencia, fue nombrado Párroco de La Unión, lugar distante y difícil de llegar, donde pronto se captó el respeto y cariño de sus nuevos feligreses.
En Marzo de 1907, teniendo que asistir a los Santos Ejercicios, pensó pasar a San Marcos para unirse a su hermano el Sr. Cura José Díaz Escudero e irse juntos a Chilapa, pero cuál no sería su sorpresa encontrarlo gravemente enfermo de fiebre fulminante. Por de malas en esa noche se produjo un fuerte terremoto que hizo grandes estragos en toda la región. El Padre Leopoldo y sus acompañantes, en vez de huir se acercaron al enfermo para defenderlo de los escombros que caían del techo. Al día siguiente murió el Padre José.
En los primeros días del mes de Abril de 1908 llegó el Padre Leopoldo a substituir a su hermano, haciéndose cargo de la Parroquia por cuatro años, ya que en 1912 pasó a la Vicaría Foránea de Acapulco donde por ocho años trabajó incansablemente en bien de las almas, atendiendo hasta las últimas comunidades de la extensa Parroquia, que atendía a caballo, ya que la Cabecera Parroquial no pasaría de unos dos mil habitantes.
En 1920 fue llamado a Chilapa por el Sr. Obispo Campos y Ángeles a fin de premiar sus méritos que hasta esa fecha había alcanzado con su labor apostólica, dándole una Canongía en el Cabildo Catedral, donde por diez años desempeñó los cargos de Canónigo Lectoral, Profesor del Seminario, Secretario de la Sagrada Mitra, Vicario General y en las vacantes, Vicario Capitular.
Durante la persecución religiosa de México fue apresado el 29 de Septiembre de 1926 junto con el Cabildo Catedral a las ocho de la mañana y conducido al Ayuntamiento, donde a la vez fueron apresados: Rodrigo Herrera, Ángel Díaz Escudero, Benjamín Salmerón, Gabino Acevedo, Francisco Miranda y Abrahán Flores. Además los Sacerdotes: Jesús Jaimes, Isidoro Ramírez y Toribio Pérez Zagal. A las doce del día se dio la orden de salir hacia Chilpancingo ante la expectación del pueblo cristiano que con tristeza veía desfilar a los Ministros del Señor. A las dos de la tarde entraron los Cristeros que tenían ocho días que se habían levantado en armas por la persecución de Calles. A esa hora comenzó el combate que se terminó hasta las ocho de la noche, dejando gran saldo de muertos de ambos bandos.
En Chilpancingo tendrían que ser entregados a Claudio Fox, Jefe de las Operaciones Militares en el estado de Guerrero, quien tenía de la Defensa Nacional la orden de fusilamiento. Afortunadamente los Vidales que operaban por la Costa Grande retrasaron su llegada a Chilpancingo y viendo que no llegaba, se ordenó que se trasladaran los presos a la Ciudad de México, D.F. donde por algunos días estuvieron presos en los calabozos.
Después gestiones de familiares y amigos lograron su libertad teniendo por cárcel la Ciudad, con la obligación de presentarse periódicamente a firmar. Después de un buen tiempo lograron su total libertad, llegando sucesivamente a Chilapa, donde siguieron clandestinamente desempeñando los cargos que la Superioridad les asignaba.

El 4 de Noviembre de 1929, al terminar la persecución religiosa, el Papa Pío XI, para premiar sus servicios a la Iglesia, preconizó al Sr. Canónigo Leopoldo Díaz Escudero, VIII Obispo de Chilapa, siendo consagrado en la insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en México el 9 de Febrero de 1930, por el Sr. Delegado Apostólico Dr. D. Leopoldo Ruíz y Flores, asistido por el Excmo. Sr. Obispo Miguel de la Mora, estando presentes: los Sres. Obispos Serafín Armora de Tamaulipas, José Guadalupe Ortíz de Monterrey, Luis María Martínez, Obispo titular de Anemurio y el Excmo. Sr. Francisco Campos y Ángeles que se dignó predicar en esta grandiosa solemnidad.
El 4 de Marzo del mismo año hizo su arribo a la Ciudad Episcopal de Chilapa a eso de las cuatro de la tarde. La Ciudad estaba engalanada con arcos y adornos que demostraba la alegría por la llegada de tan alto personaje.
El Cabildo Catedral salió a recibirle frente al Templo del Dulce Nombre de María, el Clero de toda la Diócesis, asociaciones y Hermandades luciendo banderas y estandartes y el pueblo en general que con el Seminario Diocesano cantaban himnos de júbilo por este feliz acontecimiento.
Después del discurso de bienvenida partió la nutrida comitiva hacia la Santa Iglesia Catedral mientras las campanas de todos los Templos dejaron oír sus melódicos sonidos combinados con atronadoras descargas de cohetes que por todas partes se escuchaban.
Al entrar a Catedral el coro del Seminario entonó el Ecce Sacerdos Magnus con gran entusiasmo, siguiendo el Santo Rosario con cantos que todo el pueblo entonaba con alegría, dando gracias a Dios por este beneficio que concedía de que volviera a tener Obispo, pues por más de tres años de persecución religiosa habían estado huérfanos.
Al día siguiente fue la primera Misa Pontifical a las ocho de la mañana, continuando el derroche de alegría demostrado por todas las clases sociales y civiles sin faltar las escuelas y colegios de toda la Ciudad.
Pasados los días de alegría por su arribo comenzó a organizar la Curia que le ayudaría a llevar la carga de su gobierno. Después de la Semana Santa volvió a México para arreglar asuntos que tenía pendientes y un día menos pensado le llegó la infausta noticia de que su Catedral se había destruido por un voraz incendio el 26 de Abril de 1930. Cuál no sería su decepción ante esta noticia, pero como hombre de ánimo fuerte no decayó sino que la recibió con docilidad, pensando que Dios con este suceso le estaba diciendo que entre sus trabajos lo primero que tenía que hacer era continuar las obras de la nueva Catedral que el Sr. Obispo Ibarra y González dejó a tres y cuatro metros de altura al separarse de la Diócesis.
Así fue como desde luego comenzó a tramitar los trabajos con el Arquitecto Mariscal, que al año siguiente comenzó el 25 de Diciembre de 1931 con gran entusiasmo del clero y la Ciudad.
Era admirable ver al Sr. Obispo todas las tardes que estaba en la Ciudad, seguido de niños y personas mayores trayendo arena con su cubeta desde el Campo Santo hasta Catedral. Este ejemplo hacía que todo mundo cooperara y prestara sus servicios gratuitamente por la Obra, por la que su Prelado se desvivía por construir para mayor gloria de Dios y bien espiritual de sus diocesanos.
Desde el comienzo de su apostolado en su amada Diócesis todos los donativos y limosnas que rejuntaba en las Visitas Pastorales las destinaba para su Catedral y su Seminario que fueron sus dos amores en que puso toda su atención durante su largo apostolado. Dios premió desde en la tierra su desprendimiento por estas Obras de tanta importancia para la Iglesia, pues tuvo la dicha de ver terminada la obra negra y celebrar en ella el Santo Sacrificio de la Misa y ordenar muchos Sacerdotes que formó con tanto esfuerzo para la mies del Señor.
En Mayo de 1930 emprendió su primera Visita Pastoral, yendo a Alcozauca su tierra natal. ¡Con cuánta alegría lo vieron cruzar Atlixtac y Tlapa, lugares que varias veces cruzó como simple seminarista, más tarde como Sacerdote y ahora como Obispo de una extensa Diócesis! ¡Cuántos agasajos recibió por estos lugares benditos, que correspondía con singular afecto y paternales bendiciones! Su pueblo lo recibió con mucha alegría, pues recibía al paisano ya consagrado como Obispo que de Visita iba a celebrar la Fiesta Patronal, donde ordenaría Sacerdote a su secretario el Diácono Arnulfo M. Pineda Ramírez, que fue uno de los alumnos del Seminario Conciliar de Chilapa. El perseveró durante la persecución religiosa y el Sr. Obispo tuvo la satisfacción de ordenarlo Sacerdote en la Fiesta Patronal de Santa Mónica el 4 de Mayo de 1930. ¡Con cuánta alegría contempló el pueblo una ceremonia tan hermosa, al ordenar un Sacerdote en esa Parroquia, acto que jamás se había visto en el lugar en que el nuevo Obispo fue bautizado, hizo su Primera Comunión y que con mucha devoción ayudaba a su Sr. Cura como acólito en el Santo Sacrifico de la Misa!
La segunda Ordenación Sacerdotal tuvo lugar en la Santa Iglesia Catedral de Chilapa el 12 de Octubre de 1930, donde cinco candidatos escalaron las gradas del altar: Andrés Ocampo, David Salgado, José Ibáñez, Miguel Reza y Enrique Montoy que felizmente cruzaron la tormenta de la persecución religiosa y llegaron a engrosar las filas del Sacerdocio Diocesano.
El 12 de Diciembre de 1931 asistió al IV Centenario de las maravillosas apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe a Juan Diego en el Tepeyac, encabezando una magna peregrinación de sus diocesanos. ¡Con cuánto fervor se postró a las plantas de Santa María de Guadalupe pidiendo su protección para su Diócesis!
El 3 de Abril de 1932 llevó a cabo su tercera Ordenación Sacerdotal en La Villita de Chilapa en los candidatos: Alberto Moreno Rendón, J. Merced Cruz y Antonio Giles, engrosando así las filas de su clero diocesano.
En su largo Pontificado Dios le concedió ordenar más de cien Sacerdotes que con alegría mandaba a la mies del Señor para enseñar el camino del cielo.
La Diócesis abarcaba lo que es ahora el estado de Guerrero y las caminatas durante la Visita Pastoral las hacía a lomo de caballo, pues en esos años aún no se conocían las carreteras. Teniendo como ventaja que era un buen ranchero que fácilmente manejaba el caballo, por eso no se le dificultaba caminar grandes kilometrajes sin demostrar cansancio. Durante las Visitas Pastorales los Sacerdotes y demás acompañantes admiraban la habilidad con que se movía en toda clase de cabalgaduras, caminando grandes distancias en poco tiempo y sin demostrar cansancio, aun por caminos muy escabrosos.
Cuando visitaba la Tierra Caliente aprovechaba para cruzar la Sierra Madre del Sur y entrando por Coahuayutla llegaba hasta La Unión que fue su primera Parroquia y seguía a Petatlán para visitar la Costa Grande de Guerrero. Era admirable en estas caminatas, pues tan pronto como notaba que comenzaban a llegar las comitivas que iban a su encuentro, detenía su paso para esperar a sus acompañantes que casi siempre los dejaba a grandes distancias.
Como en tiempos de Nuestro Señor Jesucristo, las multitudes se agolpaban a su paso para saludarlo con cariño. Los saludaba con afecto, les daba algún mensaje y también su paternal bendición y seguía adelante. Muchas veces esos poblados se incorporaban para formar parte de su grandiosa comitiva y así era que a su llegada al lugar señalado ya iba mucha gente. Los que lo esperaban formaban un gran contingente, haciendo apoteóticas todas sus entradas a las Parroquias que iba visitando, sin que hicieran falta improvisados oradores que en nombre del pueblo le daban la bienvenida.
La entrada al Templo era una verdadera alegría triunfal y como conocía y tenía dotes de un buen cantor, iniciaba cantos Marianos que el pueblo cantaba lleno de júbilo.
Tenía mucha devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe y recomendaba constantemente que le tuvieran mucha devoción. Seguía el ejercicio del Santo Rosario con su plática catequística y al terminar daba el horario y plan de la Visita Pastoral. Después seguía la cena con pláticas y charlas amenas, muchas veces recordando las peripecias de las largas y cansadas caminatas que ese día habían recorrido.
Al terminar la cena frugal y reconfortante tan merecida, el Prelado cortésmente invitaba con la sonrisa en los labios a sus Sacerdotes para que lo acompañaran a oír confesiones que los feligreses pacientemente esperaban para tener la oportunidad de purificar sus conciencias. Era el momento en que nadie podía decir que no; todos aceptaban y en seguida cada quien buscaba el lugar más apropiado para administrar este Sacramento, acto que se prolongaba hasta las más altas horas de la noche, pues el compromiso era hasta terminar con el último penitente. Al finalizar, todos se retiraban a descansar, con la satisfacción de haber cumplido con un deber sacerdotal.
Este trabajo era de dos o tres días que duraba la Visita, pues la hacía por regiones, que era de dos o tres meses. Al terminar regresaba a la Sede Episcopal para atender asuntos diocesanos. Pasado algún tiempo proseguía su Obra Apostólica. Este fue su actuar por veinticinco años que ni aun los achaques de su enfermedad o cansancio por los años lo hacían retroceder, salvo breves intervalos que, siguiendo los consejos de su médico lo hacían estar algunas semanas en México para atender su quebrantada salud.
En los últimos años de su vida ya comenzaba a haber carreteras y algunos viajes los hizo en coche, pero por caminos polvorientos que no dejaban de ser molestos, algunas veces hasta quedándose en el camino por falta de servicio de llantas o refacciones.


Desempeñó un verdadero Apostolado lleno de caridad.

Llevó a cabo muchas obras de Apostolado en su amada Diócesis de Chilapa. Fue asiduo en la predicación de la Palabra de Dios, siguiendo el consejo de San Bernardo que el Sacerdote tiene como oficio orar, predicar la Palabra de Dios y dar ejemplo con su vida. Habría de coleccionar sus sermones para conocer el empeño que tuvo de mantener la sana doctrina de la Iglesia. Fue un verdadero catequista, tanto de niños como de adultos; sabía cantar y deseaba que todo mundo cantara, enseñándoles muchos cantos. Tenía dotes oratorios y predicaba constantemente la Palabra de Dios exhortando a sus Sacerdotes que no descuidaran este Ministerio; era patético que atraía a las multitudes especialmente cuando predicaba en Semana Santa el Sermón del Encuentro o el del Pésame el Viernes Santo. Las multitudes se apretujaban para oírlo, ya que pintaba tan al vivo aquellos dolores que hacía que sus oyentes contritos derramaran lágrimas de dolor por sus pecados.
El trato con sus Sacerdotes siempre fue afable y comprensivo. Si había heridas sabía curarlas sin lastimar, si caídos sabía levantarlos amablemente. Nunca usó el rigor para corregir, siempre lo hizo con mucha caridad, lo mismo con los feligreses extraviados. Supo darles palabras de aliento en su vida cristiana, sobre todo con su ejemplo, pues fue muy devoto del Santísimo Sacramento y de la Santísima Virgen María, especialmente bajo la hermosa advocación de Guadalupe. Muchas veces se le oyó decir que el que no fuera guadalupano, que ni dijera que era mexicano.
Los donativos y limosnas las invirtió en Catedral y el Seminario; si esto no lo hubiera hecho, es la hora que Chilapa no luciera una Catedral tan hermosa. A los pobres en general siempre les tendió la mano y mucho más a sus Sacerdotes; si veía enfermo a alguno de ellos lo primero que les decía era que antes de todo tenía que atender su salud. Le preguntaba si tenía dinero y al despedirlo le decia: "Llévate esto, de algo te ha de servir," y daba lo que de momento tenía a la mano. Nunca viajó a Roma por falta de dinero; su informe y visita Ad Limina lo encomendaba a algún amigo Obispo que sabía iba a aquel lugar que nunca conoció.
En cierta ocasión su hermana Eufrosina necesitaba dinero y le pidió y su contestación fue: "Ve en la caja cuánto hay." Con sorpresa regresó diciendo: "Sólo encontré cinco pesos." "Pues es todo lo que tengo," contestó amablemente el Prelado.
Fomentó los Congresos y Jornadas Eucarísticas en su Diócesis.
Tuvieron mucha resonancia los Congresos Eucarísticos de Taxco, Iguala, Ajuchitlán, Ometepec, Chilpancingo y Buenavista. Al de Ometepec me tocó asistir siendo Diácono, ya que formaba parte de la Scola Cantorum. Nos embarcamos con el Sr. Díaz en Acapulco, desembarcando en la Barra de Tecuanapa para seguir de ahí a caballo a Ometepec. Fue en Noviembre de 1941 cuando conocí este hermoso lugar donde todos nos sentimos muy contentos en el Congreso que fue maravilloso, sin imaginarme que el 7 del siguiente Noviembre llegaría para hacerme cargo como Vicario Cooperador de la Parroquia.
El de Buenavista de Cuéllar fue del 25 al 29 de Abril de 1947. Siendo Párroco de Atlamajalcingo del Monte, estuve presente para vivir este hermoso acontecimiento. Recuerdo que el penúltimo día del Congreso comenzó la Misa en el altar que se improvisó en el atrio del Templo y después de entonar el Gloria se produjo un incendio en el altar y comenzó la gente a subir y a bajar para sofocarlo. En esas andanzas se derribó una imagen de bulto muy bonita del Sagrado Corazón de Jesús y al despedazarse a la vista de todos causó una gran consternación. El Sr. Cura Gabriel Ocampo, para levantar el ánimo, ofreció que al día siguiente estaría otra imagen mejor. Yo que asistía como Ministro del altar, al ver que el Patrón San Antonio peligraba, me arrojé a las llamas y lo rescaté. Cuántas cosas podrían decirse de este ferviente Congreso. Sólo anotaré que como realce a este acontecimiento estuvo presente el Excmo. Sr. Obispo J. de Jesús Manrríquez y Zarate, primer Obispo de Huejutla, el de las Cartas Pastorales que dieron ánimo a los Cristeros de México en tiempo de la persecución religiosa cuando Calles puso en práctica los artículos persecutorios contra la Iglesia (1926-1929). El Sr. Cura Jesús Añorve fue señalado para darle la despedida y en forma improvisada supo hacerlo magistral mente, pues era erudito en la oratoria, dejándonos a todos muy complacidos en la forma en que lo hizo, resaltando las virtudes del incruento mártir mexicano.
El 21 de Septiembre de 1953 celebró en la Santa Iglesia Catedral sus Bodas de Oro Sacerdotales con muchos agasajos de parte de sus diocesanos que de seguro llenaron de satisfacción al Prelado que tanto había trabajado por su Catedral. El 7 de Diciembre de 1954 celebró solemnemente la primera Misa Pontifical en la Catedral y del 3 al 8 hubo un Congreso Mariano con motivo del primer Centenario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María, asistiendo grandes contingentes de toda su extensa Diócesis.

Trabajó por la formación intelectual de sus diocesanos.

Después de su Consagración Episcopal puso toda su atención en su Seminario, tanto mayor como menor, que fungían en la misma casa que el gobierno había cerrado en tiempo de la persecución religiosa. Procuró mejorarlo, trayendo de las Parroquias a algunos Sacerdotes expertos en el magisterio. Los colegios tanto de niños como de niñas, también los atendió debidamente, visitándolos con alguna frecuencia para darse cuenta de la enseñanza que se impartía a la niñez. En 1934, en tiempos de Cárdenas expropió el local del Seminario, comenzando así el exilio del alumnado, teniendo que irse a estudiar a casas particulares y algunas veces hasta ir a dar clase al campo para no ser molestado por los inspectores judiciales que intentaban impedir la enseñanza. Yo fui testigo por ser estudiante.
En 1936 se acondicionó el antiguo Curato de La Villa donde se instaló provisionalmente el internado del mayor con muchas incomodidades. El menor a su vez también quedó instalado en San José a fin de que los estudios siguieran adelante. El 16 de Febrero de 1949 fundó el Seminario Auxiliar de Pilcaya que dio muchas vocaciones al Sacerdocio y el 10 de Enero de 1954 bendijo la primera piedra del Seminario Menor en San José donde también ya fungía el Seminario Mayor mientras se construía su edificio.
Fundó la Revista Dios y Patria que por varios años fue el órgano oficial de la Diócesis y que más tarde se llamó Catedral, donde se publicaban las Circulares Diocesanas y se daban a conocer los avances de los trabajos de Catedral en construcción. Ahí se publicó un folleto que hizo el Sr. Obispo sobre las sectas protestantes, donde daba a conocer la acción perniciosa que hacen los enemigos a la Santa Iglesia. Siempre exhortaba a sus Sacerdotes que instruyeran a los fieles para que no cayeran en sus redes perniciosas y que ahora desafortunadamente han invadido a México.
En su tiempo casi no se conocían escuelas, es por eso que pedía a los Sres. Curas que fundaran y apoyaran las Escuelas Parroquiales para la instrucción de la niñez. En su tiempo se fundaron los colegios de Ometepec, Acapulco, Chilpancingo, Iguala y Taxco que aún siguen funcionando. Por eso su memoria perdurará por muchos siglos, esperando que desde el cielo siga siendo su intercesor.


Actividades por la cañada de Huamuxtitlán.

Para constatar su actividad, me refiero a los ocho años que estuve en la Parroquia de Xochihuehuetlán, donde a pesar de la distancia de la Sede Episcopal me visitó dos veces, entrando por Jilotepec que limita con el estado de Puebla, por haber carretera. La primera vez fue en Mayo de 1951, cuando se dignó bendecir la torre de la Parroquia y de ahí siguió a Alcozauca para celebrar por última vez la fiesta parroquial de su pueblo natal.
La segunda fue en 1953, que me pidió que lo encontrara en Puebla a determinada hora y como llegué unos minutos más tarde, con pena me dijo: "Si te tardas un cuarto de hora más, ya no me encuentras," pues era muy exacto en sus horas de salida. Recuerdo que en ese largo trayecto varias veces rezamos el Rosario y charlamos a las mil maravillas, pues tenía el don de platicar anécdotas instructivas que hacían que pasaran las horas sin que uno se diera cuenta. En esa ocasión visitó Cualac y Olinalá y regresó a Xochihuehuetlán. Después se fue a Huamuxtitlán y Alpoyeca y volvió para hacer la visita a mi Parroquia. Ya se iba a Tlapa y le pregunté: "Y a su regreso, ¿dónde se quedará?" Se me quedó mirando con fijeza y vista penetrante y me dijo: "Me quedo aquí," señalando con el dedo y agregó: "¡Qué dirá el Padre Silvino, ya este Obispo no quiere irse de aquí!" En esa ocasión fue cuando me dijo, mirándome fijamente: "Padre Silvino, ¿cómo lo hiciste?" "¿De qué, Señor," le contesté. "¿Que cómo le hiciste?" me volvió a decir. "¿De qué, Señor," le contesté apenado. Sonriendo y mirándome fijamente me dijo: "¡Eres el único que te echaste al bolsillo a Xochi ..." Según él, había sido un pueblo problemático para los Sacerdotes; todos salían por problemas que tenían con el pueblo y conmigo estaban muy unidos y contentos trabajando, haciendo muchas obras materiales en favor del Templo.
Debo hacer notar que cuando fui nombrado para esa Parroquia me sentí muy triste, pues sabía los grandes problemas que tenía el pueblo. Estaba dividido en dos bandos a muerte, tanto así que el 30 de Marzo de 1939 en que me fue a dar posesión de la Parroquia el Sr. Cura Foráneo de Huamuxtitlán, Miguel Reza, a las doce del día, muy poca gente me esperaba en la puerta del Templo y desde luego tuve noticia queden la noche habían peleado y que había tres muertos. En la tarde tuve que ir al panteón y darles cristiana sepultura, comenzando en ese lugar mi apostolado. Hablé sobre la caridad, haciéndoles ver a uno y otro bando que no iba a abrazar partido sino a unirlos en nombre de Dios. A poco comenzamos las obras materiales de San Diego y Templos que estaban en ruinas y en la oración y el trabajo llegó la unificación, gracias a Dios. Cuando el Prelado vio la unificación quedó admirado y tuvo que manifestármelo.
En la segunda visita en Mayo de 1953 fue cuando lo invité para que en la próxima fiesta de San Diego, el 13 de Noviembre de 1955, me acompañara a fin de hacer la bendición de las obras materiales que se estaban llevando a cabo. Me dijo que ya que faltara un mes que le acordara, pero para esa fecha sus males se agravaron. En seguida transcribo la carta que me mandó en aquella ocasión.


A 24 de Julio de 1953.
Sr. Cura don Silvino Moreno. Xochihuehuetlán, Gro.
Estimado hijo en N.S.
Recibo tus apreciables letras del 16 de los corrientes y ya ordeno que se despachen tus ministeriales y demás licencias que necesitas.
Respecto a tu invitación para asistir a las Festividades de San Diego, nada sabré resolverte por el momento, ya que mis males no me dejan; cuando la fecha esté más próxima me recordarás y te daré la definitiva.
Pronto estará en esa el Sr. Cura de Huamuxtitlán, para que le hagas entrega.
Alabo y bendigo tus trabajos ministeriales y los sacrificios que te impones por las almas. Quien más se sacrifica por las almas es el que más ama a Dios y el sacerdote ha de ser el que más ame a N.S. que dijo, "Cuanto hiciereis por estos pequeñitos por Mí lo hacéis." Vive tranquilo y confiado en las bendiciones de Dios, como justa recompensa por lo que hagas en favor de sus almas.
Me despido, encomendándome a tus oraciones. Afmo. en Cristo que te bendice.
+ Leopoldo Obispo de Chilapa

Como él ya tenía de Auxiliar al Sr. Obispo Alfonso Toríz Cobián, él me hizo el favor de venir, volando desde Chilapa en avioneta, ya que los feligreses improvisaron un campo de aterrizaje a medio kilómetro del Templo de San Diego. Ocho días antes dos aviadores de Chilpancingo hicieron favor de llegar a Xochihuehuetlán en sendas avionetas para hacer la inauguración del campo. Como era una verdadera novedad, todo el pueblo y pueblos circunvecinos estuvieron presentes con músicas amenizando el ambiente que terminó con un convivio campestre.
El 13 de Noviembre de 1955 a las diez de la mañana llegó el Sr. Obispo Auxiliar con el Sr. Cngo. Gabriel Ocampo y familiar Fortunato Vargas. Fueron recibidos por muchos Sacerdotes del estado de Puebla, Oaxaca y los de la Foranía. Siguió la solemne bendición del decorado y piso del Templo y la Santa Misa del Santo Patrón con una asistencia extraordinaria, pues era tal vez la primera fiesta en que asistía el Sr. Obispo. Hubo bastantes confirmaciones y especiales demostraciones de afecto para el Prelado y Sacerdotes acompañantes en fecha tan señalada.

El 24 de Noviembre de 1955 el Sr. Díaz, rodeado de sus familiares, el Cabildo Diocesano y muchos Sacerdotes, después de una larga enfermedad sufrida con edificante resignación y asistido con todos los auxilios de la Iglesia apaciblemente entregó su alma al Creador.
Se veló en la Santa Iglesia Catedral y allí sepultado después de las solemnes honras fúnebres en presencia de todo el clero diocesano y miles de fieles que con lágrimas demostraban el cariño que guardaban por su amado Prelado que con la doctrina que les enseñó y su ejemplo, les mostró el camino del cielo. ¡Descanse en paz!
Datos Biográficos de Mons. Díaz dedicados por el suscrito a su memoria para que desde lo alto, cerca de Dios, obtenga el favor de ser benéfico a mis hermanos Sacerdotes.

Padre Bondadoso — La característica de Mons. Díaz fue la bondad que se manifestó, recibiendo siempre con dulzura a todos sin distinción. La prudencia pastoral y la facilidad de aplicar los principios de las distintas materias principalmente eclesiásticas, que como se dice vulgarmente "tenía al dedillo," le hacían resolver pronta, acertada y favorablemente los grandes problemas que a diario se le presentaban. Siempre sobresalió en él la bondad que se manifestó tan excesiva que a veces aparentó estar en discordancia con algunas prescripciones Canónicas. Basta citar el caso siguiente: Cuando confirió el Sagrado Orden del presbiterado a un candidato que no estaba muy aventajado en la ciencia (el P. José Urquiza) no faltó quien llegara a murmurar diciendo: "¿Cuántos años de purgatorio dará Dios al Prelado por haber ordenado al Sacerdote X?" (el P. Magdaleno Ugalde). Cuando esto llegó a sus oídos dijo con gran satisfacción: "¡No me arrepiento de haber ordenado al Padre X!" Era que ya estaba palpando los frutos del ministerio fecundo en obras de celo y caridad de aquel Sacerdote que al principio parecía inútil por su corta inteligencia, que después despertó y brilló por su celo apostólico. (Fue devoto de la Virgen de los Dolores y donó una imagen muy hermosa a Catedral de Chilapa. El Viernes de Dolores, habiendo grandes predicadores, era preferido para la predicación y se conmovía tanto que hacía derramar lágrimas a sus oyentes.) Esta bondad excesiva la manifestó hasta los últimos días, ordenando al último Sacerdote que le permitieron la enfermedad y sus achaques, aparentemente contra las prescripciones canónicas. (El P. Felipe Olguín que fue su familiar en todo su episcopado, ordenación a título de perseverancia) sin querer decir con esto que a todos sus Sacerdotes ordenó así; es que a ejemplo del divino Maestro agotó hasta lo último su bondad.
Esta misma bondad manifestó para con los fieles y Sacerdotes caídos de quienes siempre supo dar la mano y cuando alguna vez tuvo que aplicar sanciones, muy a pesar suyo, lo hacía con mucha caridad, como un médico que se ve precisado a aplicar remedios dolorosos para curar pronto una herida. No es de extrañar que entre los muchos Sacerdotes que ordenó, haya habido algunos poco edificantes, pero esto no dependió de él. Así como no dependió de Cristo que en el Colegio Apostólico haya habido un Judas. Dios permitió esto a fin de que, por el contraste realzara la santidad y origen divino del Sacerdocio Católico y en nuestro muy Ilustre y nunca bien llorado Pastor realzara su bondad y compasión para con todos.

Gran Catequista — De la gran bondad de Mons. Díaz brotaba como de su fuente el celo pastoral que le hacía esforzarse sin descanso a promover la salud de las almas confiadas a su cuidado. Principalmente al practicar la Santa Visita, en sus pláticas doctrinales hablaba de Dios, de los deberes cristianos, religiosos y morales, combatiendo los vicios sobresalientes en la región o Parroquia que visitaba. Sabía acomodarse a la mentalidad de sus oyentes y sus enseñanzas tenían mucho atractivo porque usaba lenguaje sencillo, pero correcto y claro que todos entendían. Cuando se trataba de hablar con gente ruda o a los inditos les hablaba "cuatrero" o bien usando palabras del dialecto regional, lo que inspiraba más confianza y adhesión, manifestada por los "regalitos" que le hacían constantemente en frutas, legumbres, aves de corral, etc. que él recibía con mucho gusto y que correspondía con un gracejo. Los despedía siempre con su bendición y dándoles a besar su anillo pastoral. Muchas veces se le vio dar la enseñanza catequística sin desdeñarse a darla a los niños y pobres rudos con mucha paciencia y caridad. Al extender las licencias ministeriales recomendaba siempre la enseñanza del Catecismo, la predicación para combatir los vicios, principalmente el amasiato, el adulterio y la embriaguez. Recomendaba la predicación acerca del pago de los diezmos para el sostenimiento del Cabildo, instituciones educativas, entre ellas principalmente el Seminario al que como él mismo decía, miraba como a las "niñas de sus ojos".
Gran Orador — Sus dotes como orador se podrán apreciar cuando se lleguen a recopilar sus sermones y panegíricos, principalmente cuando tuvo el cargo de Canónigo Lectoral. Varias veces predicó el sermón de "El Pésame" en la noche del Viernes Santo y entonces, como en tiempo del Divino Rabí, se apretujaba el pueblo creyente ansioso de escuchar su candente palabra llena de unción, de doctrina y figuras retóricas tan patéticas al pintar al vivo el dolor intenso de María en su soledad, que hacía derramar abundantes lágrimas a todos, pero principalmente a los huérfanos y a las viudas.

Fiel Observante del Ministerio Pontifical — El lema que ostentaba su escudo pastoral fue: "Pacificus Ad Inmolandum Veni" ("PACIFICO HE VENIDO A SER INMOLADO"), lema que cumplió al pie de la letra, ya que antes de recibir el Pontificado había visto en lontananza la cruz que el Pastor de pastores le mostraba, esperándole a la vera del camino. Durante la persecución Callista sufrió aprehensión, cárcel y vejaciones y estuvo en inminente peligro de ser fusilado en el trayecto de Chilpancingo a México donde era conducido en compañía de varios Sacerdotes. Providencialmente escapó de la muerte; es que Dios lo tenía reservado para desempeñar una alta misión en la que se inmolaría como víctima pacífica en aras del deber por la salvación de sus ovejas.
A los dos meses escasos de haber recibido la preciosa Mitra en sus sienes, que más bien fue para él como una corona de espinas punzantes, comenzó su calvario de penas quedándose sin su Catedral, al ser ésta devorada por las llamas. No se arredró ante esta prueba sino que lleno de confianza con la mirada puesta en Dios, comenzó cual otro Nehemías a edificar el Templo Máximo en el que agotó sus recursos pecuniarios y aun sus fuerzas, ya que él personalmente dedicaba horas enteras en el acarreo de algún material para reanimar a la gente. No logró ver terminada del todo la obra, pero sí tuvo la satisfacción y como un premio bien merecido, de celebrar en sus últimos días algunas festividades.
Durante la Santa Visita Pastoral se levantaba muy de madrugada para tener tiempo de cumplir sus ejercicios de piedad y demás ministerios propios de Visita. Recorrió varias veces la Diócesis acomodándose a los distintos medios de locomoción, pero casi todos sus transportes eran a lomo de bestia, principalmente en los primeros años de su ministerio pastoral.
Su horario de Visita parecía muy sencillo, pero tan bien meditado que había tiempo para todo. Diariamente se levantaba a las 4 a.m. y cuando estaba de viaje a las 2 o 3 a.m. Celebraba la Santa Misa con su respectiva plática doctrinal, rezaba el Oficio Divino con los Sacerdotes que lo acompañaban, en seguida presentaba la orden del día, daba catecismo, oía confesiones, daba audiencia a Sacerdotes y fieles, por la noche rezaba el Santo Rosario y daba plática. Después de la refección de la noche invitaba a los Sacerdotes a oír confesiones, permaneciendo él mismo muchas veces hasta las altas horas de la noche, lo que hacía que los Sacerdotes siguieran su ejemplo, privándose algunas horas del sueño reparador.
Estos son sólo algunos rasgos de la abnegada vida del Pastor de la grey chilapense que durante 25 años gobernara, dejando una estela de luz a ejemplo del Divino Maestro. Pasó por su Diócesis haciendo el bien hasta dar su vida por sus ovejas en aras del deber, llenando fielmente su lema pastoral:

Alberto Moreno (Rubricado)

Corregido y aumentado en Acapulco, Gro. a 26 de Julio de 1988 por el Pbro. Silvino Moreno Rendón.