José Pilar Quezada Valdès -sentado a la izquierda- y Agustín Caloca Cortés -Sentado a la derecha- alumnos en el Seminario de Guadalajaraa
... "en la Iglesia conviven asnos, mulos y machos cabríos, algunos tan salvajes que se sienten deseos de matarlos, pero no es posible porque 'el Amo quiere recibirlos todos en buen estado'."
El Cura de Torcy a su colega de Ambricourt, en: "Diario de un Cura Rural", de Bernanos.
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sábado, 7 de mayo de 2022

Pide Arzobispo por la paz en Guerrero y el fin de la violencia

SÁBADO 7 DE MAYO DE 2022

Pide Arzobispo por la paz en Guerrero y el fin de la violencia
Acompañado de 10 sacerdotes en la Basílica de Guadalupe, monseñor Leopoldo González cumplió un voto nacional de todos los obispos del país

Monseñor presidió la misa en la Basílica de Guadalupe./ Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco
Heidi Nieves | El Sol de Acapulco

El Arzobispo de Acapulco, monseñor Leopoldo González González, al presidir la misa en la Basílica de Guadalupe pidió por la paz en Guerrero y por el fin de todas las violencias, en donde acompañado de 10 sacerdotes cumplió así un voto nacional de todos los obispos de México.

Enfocó su oración para “alcanzar la Paz en contra de todas las violencias, pero especialmente lo que ahora a todo el mundo aflige que es la paz en Ucrania, así como fortalecer los proyectos pastorales en torno al objetivo que ha puesto el Papa que es caminar juntos y construir el reino de Dios”, informó el presbítero Juan Carlos Rivas.

Año con año fieles católicos realizan una peregrinación a la Ciudad de México para mostrar la veneración a la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac, en esta ocasión acudieron de la arquidiócesis de Acapulco, Costa Grande y Xaltianguis,

A dicha peregrinación también la realizan todas las diócesis de la República Mexicana, algunas de Canadá, Estados Unidos y Centroamérica.

Mencionó el párroco de la iglesia Inmaculada Concepción de María que dicha visita en muy sentida ya que acudir a la casa de la madre siempre los llena de alegría para poder dar gracias a Dios y pedir de las necesidades que se tienen.

Cabe mencionar que durante dos años no se realizó ese peregrinar por motivos de la pandemia del Covid-19, este año se llevó a cabo pero sólo con 200 fieles, cuidando las medidas sanitarias.

Los grupos que fueron a la Basílica también visitaron Xochimilco y otros fueron a Chalma.

martes, 17 de marzo de 2020

Suspende Arquidiócesis de Acapulco peregrinación a Basílica por Covid 19



Suspende Arquidiócesis de Acapulco peregrinación a Basílica por Covid 19
Guerrero 17 de marzo de 2020
Redacción/Quadratín ACAPULCO, Gro.


La Arquidiócesis de Acapulco suspendió su peregrinación anual a la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México, programada para el 29 de abril, ante la incertidumbre por el  Covid 19.
 A través de un posicionamiento, el arzobispo Leopoldo González González informó que “se verá otra forma de expresar nuestro amor a Nuestra Madre Santísima e implorar su cuidado maternal”. Recordó que como medidas de prevención, también fueron suspendidas las misas dominicales y encuentros para grupos numerosos, como retiros, asambleas, congresos, jornadas y catequesis. Pidió a los párrocos ubicar a las personas aisladas o desprotegidas de sus comunidades y en la medida de lo posible, ayudar a quien lo necesite con comida como: frijol, arroz, tortillas. A los misioneros, que en estos días irían a las comunidades a predicar y ayudar en la celebración de Semana Santa, les pidió realicen la misión en favor de esas comunidades, desde la oración de su casa con su familia.
 Además, las ceremonias de bodas, 15 años, bautismos, si no es posible diferirlas, se hagan con un grupo no mayor de 50 personas, mientras la autoridad civil no dé una indicación en contrario. También evitar el saludo de mano y en donde no sea posible tener una celebración al aire libre, los sacerdotes busquen transmitir en vivo la Eucaristía que celebran en privado, a través de las redes sociales, cámara o celular, para que los fieles puedan unirse espiritualmente.



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miércoles, 21 de junio de 2017

Peregrinación de la Arquidiócesis de Acapulco, 21 de junio de 2017, 10:0...

HOMILIA DEL ADMINISTRADOR DIOCESANO DE ACAPULCO CON MOTIVO DE LA PEREGRINCION AL TEPEYAC 2017


HOMILIA DEL MUY ILUSTRE ADMINISTRADOR DIOCESANO
DE LA ARQUIDIOCESIS DE ACAPULCO
MONSEÑOR RAFAEL VALENCIA GONZALEZ,
CON MOTIVO DE LA PEREGRINACION ANUAL
A LA INSIGNE Y NACIONAL DE LA BASILICA DE GUADALUPE
TEPEYAC, CIUDAD DE MEXICO, 21 DE JUNIO DE 2017

“Yo soy la madre del amor, del temor del conocimiento y de la santa esperanza”.

Queridos Hermanos:

Con grande alegría y esperanza venimos como peregrinos de la Arquidiócesis de Acapulco para ponernos a los pies de nuestra Madre, la Señora del cielo, que ha venido presurosa a nuestro árido Tepeyac, para "mostrar y dar" todo su "amor y compasión, auxilio y defensa, pues yo soy su piadosa madre".
En el relato evangélico se nos presenta a María, que después de haber recibido el anuncio del Arcángel Gabriel sale presurosa a las montañas de Judea en busca de su parienta Isabel, para ponerse a su servicio. Lleva consigo el misterio de su vida, por consiguiente, aunque es larga la distancia que recorrió, no lo hace sola: “La Virgen tierna y pura, llevaba al Hijo de Dios en el trono de su corazón…”

Por el sí que María dio a Dios, se convierte en madre por medio de la acción poderosa de Dios. El Hijo de Dios se ha encarnado en su cuerpo y ha iniciado su propia existencia humana y su propio crecimiento.
En su visita a su parienta Isabel, Ella lleva en su seno al Salvador del mundo, al Hijo de Dios, al Rey de justicia y de paz, eso hace que Isabel quede llena del Espíritu Santo y exclame: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
En el acontecimiento guadalupano, sucede algo parecido, María se encamina presurosa hacia las montañas del Tepeyac, a visitar este pueblo que estaba sufriendo, de igual manera, no viene sola, trae en su seno al Hijo de Dios.
Ella, nos trae no solo consuelo, alegría, esperanza, sino ante todo nos trae al Hijo de Dios, pues ella es la Madre del verdadero Dios por quien se vive. María, quiere atendernos, escucharnos, aliviar nuestros males, solucionar nuestros problemas, alcanzarnos la salvación por medio de su Hijo, por ello nos dice con tanta ternura y amor: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
María se nos presenta como discípula perfecta de Cristo, que nosotros estamos llamados a imitar en sus virtudes y cualidades humanas y cristianas, tales como: la actitud de escucha que se expresa en la fe, Ella creyó en la Palabra de Dios, así lo manifestó cuando dijo: “he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra”. Por ello es dichosa, porque se dispuso a cumplir lo que Dios le pedía, abandonándose completamente a hacer su voluntad. Ella nos enseña a ser servidores, se pone a nuestro servicio, está siempre dispuesta a interceder por nosotros y a ayudarnos en nuestras necesidades, sobre todo en estos momentos que vivimos como País y de manera particular en nuestro Estado de Guerrero, donde tristemente el flagelo de la violencia, de la pobreza, siguen golpeando fuertemente a nuestra pueblo, que Santa María de Guadalupe, la madre de la esperanza, nos acompañe, nos de la fuerza para que como Iglesia seamos signo de la misericordia de Cristo, para acompañar el sufrimiento, el dolor y las necesidades de nuestro pueblo.
María es la estrella de la evangelización, en cuanto que, ella dio a Jesús al mundo, y nos guía al encuentro de Él; de manera particular lo trajo a esta tierra nuestra, nos enseña que el regalo de la fe es para todos sin distinción. Que su ejemplo nos anime a nosotros como Iglesia Particular a seguir impulsando con nuevo ardor y entusiasmo la evangelización, porque estamos convencidos que es a partir del encuentro con Cristo, como se da un verdadero cambio del corazón, que es el principio para que haya un cambio del orden social en que vivimos; esta realidad tan compleja y difícil nos desafía a anunciar con alegría el Evangelio.
En esta hora de prueba que nos toca vivir en buena parte de nuestra geografía Diocesana, deben resonar con mucha ternura, amor, pero también con toda su fuerza las palabras que nuestra Madre dirigió a san Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Ella ha venido para estar con nosotros, para compartir nuestra historia y nuestro caminar, que reconfortante es en nuestra vida la presencia de la madre, cuanto alivio, serenidad y fortaleza nos hace sentir, porque nos sentimos acompañados, apapachados y aunque pasemos por momentos difíciles, cuánto mitiga el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la soledad la presencia de la madre.
Tenemos la certeza de que no estamos solos en nuestro caminar como Iglesia, como hombres y mujeres de fe, como cuidadanos, Cristo y su Madre Santísima nos acompañan, por más desalentador que parezca el horizonte, siempre hay lugar para la esperanza, porque creemos que es Dios el que conduce la historia y porque desde la fe celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, el triunfo del amor sobre el odio, el triunfo del bien sobre el mal. Que Santa María de Guadalupe anime nuestro caminar y sostenga nuestra esperanza.
Pidamos especialmente en este Eucaristía a Dios, por la poderosa intercesión de nuestra Madre que pronto conceda a esta Iglesia Particular un Obispo, que haciendo presente a Jesús el Buen Pastor apaciente a este pueblo que sufre, para que se siga acompañando a las víctimas de la violencia y trabajando en la construcción de la paz.
Que Santa María de Guadalupe, nos cubra con su manto, para que vivamos en este mundo llenos de esperanza, para que cada día nos convirtamos a Cristo y transformemos nuestra sociedad.

Santa María de Guadalupe: Salva nuestra Patria y Conserva nuestra Fe. Amén

21 JUNIO 2017 SALVE REGINA ARQUIDIÓCESIS ACAPULCO TEPEYAC

21 JUNIO 2017 ADMINISTRADOR DIOCESANO ACAPULCO HOMILIA TEPEYAC 5

21 JUNIO 2017 ADMINISTRADOR DIOCESANO ACAPULCO HOMILIA TEPEYAC 4

21 JUNIO 2017 ADMINISTRADOR DIOCESANO ACAPULCO HOMILIA TEPEYAC 3

21 JUNIO 2017 ADMINISTRADOR DIOCESANO ACAPULCO HOMILIA TEPEYAC 2

21 JUNIO 2017 ADMINISTRADOR DIOCESANO ACAPULCO HOMILIA TEPEYAC 1

21 JUNIO 2017 ARQUIDIÓCESIS ACAPULCO EN EL TEPEYAC

viernes, 19 de junio de 2015

17 DE JUNIO DE 2015 HOMILIA DEL ARZOBISPO DE ACAPULCO EN LA PEREGRINACION ANUAL DE LA ARQUIDIOCESIS A LA BASILICA DE GUADALUPE



 
HOMILIA DEL EXCELENTISIMO Y REVERENDISIMO SEÑOR ARZOBISPO DE ACAPULCO MONSEÑOR CARLOS GARFIAS MERLOS PARA LA PEREGRINACIÓN ANUAL DE LA ARQUIDIOCESIS DE ACAPULCO
A LA INSIGNE Y NACIONAL
BASÍLICA DE GUADALUPE

17 de junio de 2015

HOMILÍA

Queridos hermanos sacerdotes, religiosos (as) y consagrados, queridos hermanos laicos:

         Les saludo a todos con mucho cariño y profundo afecto en Cristo, el Señor, el Hijo del “verdaderísimo Dios por quien se vive (Ipalnemohuani)” (Cfr. Nican Mopohua, n. 26)

         Es motivo de gran alegría y profunda esperanza el vernos aquí congregados, en esta Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de México y Latinoamérica; porque hoy nos ha hecho peregrinar hasta este lugar santo nuestra fe en el Dios único y verdadero, en el Dios “Creador de las Personas (Teyocoyani)”, en el “Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo (Tloque Nahuaque)” y en el “Señor del Cielo y de la Tierra (Ilhuicahua Tlaltipaque)” (Cfr. Nican Mopohua, n. 26), en el Dios de Jesucristo, cuya Santísima Madre es, también, Nuestra Madre.
         Cada año, hemos recorrido los caminos del sur, hasta llegar a este valle del Anáhuac, para visitar, con un corazón colmado de gratitud y amor, a María, la Santísima Virgen de Guadalupe. Son muchos los sentimientos y emociones que se albergan en nuestros corazones: alegrías, gozos, ilusiones y sueños, junto a penas, aflicciones, dolores, sufrimientos, llantos, preocupaciones y desesperanzas. Todas las experiencias vividas. Tantas cosas han pasado desde que, hace un año, estuvimos, en este mismo lugar, frente a esta milagrosa imagen, hablándole a María, la Virgen Madre, Madre de nuestras vidas, familias y comunidades.


         Muchas pruebas y tribulaciones hemos atravesado, quienes habitamos en el sur de nuestro país; sin embargo, en todas ellas no hemos estado solos, Nuestra Madre del Cielo nos ha acompañado, consolado, fortalecido con su intercesión y, ciertamente, nos ha escuchado. Por eso, hoy venimos nuevamente a darle gracias y a reconocer su auxilio y protección maternales.

         La alegría que inundó a Santa Isabel y a San Juan Bautista, quien se gestaba ya en su vientre, es la misma que nos invade en este día. “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?” (Lc 1, 43), se preguntaba la madre del Precursor. También nosotros, atónitos ante el milagro del Tepeyac, podemos hacernos la misma pregunta. ¿De qué privilegio gozamos? ¿Qué méritos tenemos? ¿Por qué esta muestra tan especial de afecto de parte de la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, hacia nosotros?

         La respuesta, tal vez, podamos encontrarla en las bienaventuranzas: “Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5, 4). Es verdad que no es parte del plan divino ni de su voluntad que el hombre sufra o muera. La rebeldía a Dios, el pecado y el mal que germina y crece en nuestros corazones son la verdadera causa del sufrimiento y de la muerte. A pesar de ello, Dios se ha compadecido de nosotros y nos da el consuelo. De suerte que, el consuelo se convierte en la expresión más patente su misericordia y nos conduce a la paz.

         María Santísima, fiel discípula de Jesús, el Señor, también recorre las sendas de la misericordia y se manifiesta a sus hermanos e hijos, para mostrarles su cariño, ternura y amor.

         La Virgen de Guadalupe es, en efecto, una manifestación del rostro de la misericordia divina. El pueblo que sufría el derrumbamiento de su mundo y la humillación, quienes lo habían perdido todo y se encontraban confundidos, envueltos en el dolor y la desolación, se vieron, de pronto, visitados por la “perfecta siempre Virgen Santa María” (Cfr. Nican Mopohua, n. 26), comprendidos, acompañados y consolados por Ella, quien se presentó y se manifestó, desde entonces, como verdadera madre.

         Hoy también nosotros atravesamos una situación que nos hiere, una realidad que nos confunde y nos lastima; nos encontramos entristecidos por quienes han sido víctimas de la violencia, sorprendidos por la fuerza del mal y del pecado, a un punto tentados a claudicar y perder la esperanza; a pesar de ello, reconocemos la presencia maternal de María que nos trae al Salvador y con él todo bien y el don de la paz.

Después de los resultados de las elecciones, ante los conflictos sociales que seguimos viviendo en Acapulco, después del huracán Carlos, y de las situaciones de fenómenos naturales que siguen amenazándonos, retomamos la esperanza. Queremos vernos alentados por tu presencia maternal en nuestro peregrinar.


Recordemos al Papa Francisco que nos invita a ser “Artesanos de la Paz”; el Papa nos dice: también en nuestro tiempo, el deseo de paz y el compromiso por construirla contrasta con el hecho de que en el mundo existen numerosos conflictos armados y de toda índole. Es una especie de tercera guerra mundial “combatida” por partes; y, en el contexto de la comunicación global, se percibe un clima de guerra.

Hay quien este clima lo quiere crear y fomentar deliberadamente, en particular los que buscan la confrontación entre las distintas culturas y civilizaciones, y también cuantos especulan con las guerras para vender armas. Pero la guerra significa niños, mujeres y ancianos en campos de refugiados; significa desplazamientos forzados; significa casas, calles, fábricas destruidas; significa, sobretodo, vidas truncadas.

Nosotros podemos entender estas palabras del Papa en la realidad que vivimos. Tenemos víctimas de la violencia, tenemos desapariciones forzadas, tenemos injusticias evidentes, tenemos pobreza extrema, y podemos escuchar lo que el Papa nos dice: Ustedes lo saben bien por haberlo experimentado, cuánto sufrimiento, cuánta destrucción, cuánto dolor. Por eso, el Papa invita para que el grito del pueblo sea “¡Nunca más guerra!”. Que nosotros podamos decir “¡Nunca más víctimas de la violencia, nunca más injusticia, nunca más agresión y desconfianza entre las personas!”.
Por eso, hoy quiero recordar estas palabras del Papa que nos dice: “Bienaventurados los constructores de paz” (Mt 5,9), una llamada siempre actual que vale para todas las generaciones. La palabra de Dios no dice “Bienaventurados los predicadores de paz”, pues todos son capaces de proclamarla, incluso de forma hipócrita o aun engañosa. No.


El evangelio nos dice: “Bienaventurados los constructores de paz”, es decir, los que la hacen. Hacer la paz es un trabajo artesanal: requiere pasión, paciencia, experiencia, tesón. Bienaventurados quienes siembran paz con sus acciones cotidianas, con actitudes y gestos de servicio, de fraternidad, de diálogo, de misericordia… estos, sí, “serán llamados hijos de Dios”, porque Dios siembra paz, siempre, en todas partes; en la plenitud de los tiempos ha sembrado en el mundo a su Hijo para que tuviésemos paz. Hacer la paz es un trabajo que se realiza cada día, paso a paso, sin cansarse jamás.

Y ¿cómo se hace, cómo se construye la paz? Nos lo ha recordado de forma esencial el profeta Isaías: “La obra de la justicia será la paz” (32,17).

La paz es obra de la justicia. Tampoco aquí se trata de una justicia declamada, teorizada, planificada… sino una justicia practicada, vivida. Y el Nuevo Testamento nos enseña que el pleno cumplimiento de la justicia es amar al prójimo como a sí mismo (Cf. Mt 22,39; Rm 13,9).

Cuando nosotros seguimos, con la gracia de Dios, este mandamiento, ¡cómo cambian las cosas! ¡Porque cambiamos nosotros! Esa persona, ese pueblo, que vemos como enemigo, en realidad tiene mi mismo rostro, mi mismo corazón, mi misma alma. Tenemos el mismo Padre en el cielo. Entonces, la verdadera justicia es hacer a esa persona, a ese pueblo, lo que me gustaría que me hicieran a mí, a mi pueblo (Cf. Mt 7,12).


El Papa también nos hace patente que la paz es un don de Dios, no en sentido mágico, sino porque Él, con su Espíritu, puede imprimir estas actitudes en nuestros corazones y en nuestra carne, y hacer de nosotros verdaderos instrumentos de su paz. La paz es un don de Dios porque es fruto de su reconciliación con nosotros. Sólo si se deja reconciliar con Dios, el hombre puede llegar a ser constructor de paz.

Queridos hermanos y hermanas, hoy pedimos juntos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, la gracia de tener un corazón sencillo, la gracia de la paciencia, la gracia de luchar y trabajar por la justicia, de ser misericordiosos, de construir la paz, de sembrar la paz y no guerra y discordia. Este es el camino que nos hace felices, que nos hace bienaventurados. Ojalá que podamos todos sentirnos llamados a ser “Artesanos de la Paz”.  

         María Santísima nos lo ha traído a nuestra tierra, a través del rostro amable de una Virgen Madre, con las palabras dulces de quien ha querido curar nuestras “miserias, penas y dolores” (Cfr. Nican Mopohua, n. 32). Ella ha sido, y continúa siendo, bálsamo para nuestras heridas y aliento en nuestro camino. Hoy aquí, en el Tepeyac, queremos pedirte, Madre Nuestra, que con tu presencia sigas curando el dolor de tus hijos, las heridas de este pueblo; ayúdanos a impulsar nuestros centros de escucha, y a dar atención esmerada, cuidadosa, cariñosa y atenta a las víctimas de la violencia. Que sigas alentando el camino de la esperanza, que continúes animando nuestra lucha a favor del bien, que no nos abandones en el largo, pero prometedor camino de la construcción de la paz.

         Queremos aprender de ti, Madre, a acercarnos a quienes sufren; queremos, como tú, tener entrañas de misericordia para con los necesitados; que actuemos realmente y vayamos a su encuentro, que nuestra presencia y nuestra palabra ayuden a los hermanos envueltos en la aflicción a recuperar la dignidad, la esperanza y la paz.

         Constructores de la paz y del perdón, constructores de la misericordia divina, constructores de una nueva sociedad, verdaderos “discípulos y misioneros” de Cristo, Tu Hijo, el Misionero del Padre; queremos que ése sea el fruto de nuestra peregrinación. No sólo encontrar el propio descanso de nuestras almas, sino también hallar en ti, en tu amor maternal, la fuerza para ir a cumplir esta misión.

         Construir la paz, con cada gesto, actitud, palabra y acción. Manifestar la misericordia de Dios, hacer evidente su gracia y su amor. No desfallecer en nuestra misión de ser “perfectos” como nuestro Padre Celestial lo es (Cfr. Mt 5, 45); Él que hace salir el sol sobre los buenos y pecadores, y regala su lluvia sobre los justos y los injustos (Cfr. Mt 5, 48). También nosotros queremos, y te pedimos Madre que con tu intercesión nos ayudes, ser ese sol de esperanza para todos y esa lluvia de bondad y de amor para quienes nos rodean.

         Deseamos llevarnos de esta visita a tu Basílica, grabados en nuestros corazones, tu mirada tierna y tu palabra dulce, tu mensaje reconciliador y fraternal, para que sean aliento en nuestra vida cristiana. Queremos regresar a nuestros hogares y comunidades como mensajeros de la misericordia divina. Nos comprometemos delante de ti a ser un pueblo que pide, busca y construye la paz.

         ¡Que a gusto se está aquí, frente a ti y a tu imagen, plagada de símbolos de armonía y de paz!; pero sabemos que debemos partir y volver a la vida y a las actividades cotidianas. Nos vamos, Madre, reconfortados y alentados en nuestro compromiso de vivir según el Evangelio de tu Hijo. Queremos compartir, a todos los hombres y mujeres de nuestras vidas, la alegría de creer. Creer, con todas nuestras fuerzas, en el bien, en la verdad, en la justicia y en el amor. Creer en el único Dios vivo y verdadero, que nos conduce a la paz. ¡Regálanos Madre, te lo pedimos, tu intercesión eficaz, para que todos los aquí presentes construyamos la paz! ¡Que en nuestro país y en nuestro Estado de Guerrero podamos vivir reconciliados y en paz! Acércate, Madre, a quienes actúan el mal y que el rostro de la misericordia de Dios brille delante de ellos, para que alcancen el perdón divino y experimenten una auténtica conversión.

         Que tu mirada maternal esté siempre puesta sobre nuestras personas y nuestras vidas y que tu Santísimo Hijo, Cristo, el Señor, el Príncipe de la Paz (Cf. Is 9,5), nos regale el don de su presencia y de su paz. Así sea.




+ Carlos Garfias Merlos
  Arzobispo de Acapulco   


jueves, 28 de abril de 2011

28 DE ABRIL DE 2011: HOMILIA DEL ARZOBISPO DE ACAPULCO EN LA PEREGRINACION ANUAL AL TEPEYAC

Homilía
Insigne Basílica de Guadalupe
28 de Abril de 2011
Mons. Carlos Garfias Merlos
Arzobispo de Acapulco

«Así está escrito que el Cristo padeciera
y resucitara de entre los muertos al tercer día»

Muy estimados hermanos Sacerdotes,
Queridos hermanos y hermanas:

1. «Él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con ustedes» Lc 24,26

Dentro de los relatos de resurrección que nos trasmite el evangelio según san Lucas, Jesús hace por vez primera su aparición como Resucitado al grupo de los once. Es impresionante el solo pensar que las primeras palabras que Jesús dirige a los suyos, a los escogidos por Él, sean: “La paz con ustedes”. No fueron un reproche, ni menos un reclamo, ni una descalificación por la actitud de abandono tomada por los apóstoles ante la pasión y la muerte de Jesús. Sus primeras palabras son: “La paz con ustedes”.
Sin duda alguna, cualquiera de nosotros que tenga la sensibilidad necesaria, podrá una vez más captar que hoy, en esta Eucaristía, se repetirán las palabras y los gestos de Jesús nuestro Maestro y Señor resucitado que nos dicen: “La paz con ustedes”.

Hoy venimos juntos como Arquidiócesis de Acapulco, a expresarle a Jesús Resucitado que estamos decididos como los primeros apóstoles y discípulos, a experimentar la paz que Él puede darnos desde su condición de Resucitado, que aquí junto a «Nuestra Santísima Madre, María de Guadalupe», le presentamos nuestros esfuerzos por continuar caminando hacia su Hijo Amado, en comunión y solidaridad, en unidad de lucha y ardor, para seguir descubriendo y practicando su voluntad en nuestra vida como Iglesia particular de la arquidiócesis de Acapulco. Desde el encuentro con María de Guadalupe, protectora nuestra y estrella que nos guía con seguridad hasta su Hijo Resucitado, les saludo: «Que Cristo, nuestra paz, esté con todos ustedes» (cf. Ef 2,4).

Saludo con mucho afecto y cordialidad a todas las personas que se encuentran aquí haciendo su peregrinación para postrarse a los pies de nuestra amada Madre, María de Guadalupe. Quisiera estrechar la mano a cada uno, mirándoles a los ojos y diciéndoles: Gracias por abrir su corazón a Jesús, «camino, verdad y vida» (cf. Jn 14, 6), gracias por encontrarse con María de Guadalupe y a través de ella con Cristo resucitado.
Saludo a los niños y adolescentes, a los jóvenes y ancianos, a los esposos y esposas, a los hombres y mujeres solteros, a los viudos y a las viudas, a los enfermos y a los que sufren en el espíritu y en el cuerpo, de manera muy especial a todos aquellos que carecen de la alegría de vivir. Les saludo a todos ustedes que se esfuerza todos los días por hacer de nuestra ciudad de Acapulco, y de la regiones de la costa chica y de la costa grande, un lugar en donde reine la paz de Jesús Resucitado.
Saludo de manera muy especial a todos los sacerdotes, a las personas consagradas, y a todos los seminaristas, por su entrega a Jesús Resucitado.
A todos, gracias por ser con su presencia la mejor expresión de nuestra Iglesia de Acapulco que vive de la comunión con Jesús Resucitado.

2. «¿Por qué se suscitan dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies, Soy yo mismo. » Lc 24, 38-39

La tristeza, la nostalgia y la melancolía de la pasión y la muerte, se convierten ahora en dudas que se producen en el corazón de los apóstoles, y por supuesto, se presentan como la oportunidad de un encuentro con Cristo vivo para convertirnos en testigos del Resucitado. Esta es la oportunidad para proclamar nuestra verdadera identidad, junto a san Pablo gritar «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20), creyendo que esta identidad nos es dada en nuestro bautismo.
En efecto queridos hijos, ser bautizados en el «Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), es permitirle la entrada al Señor Resucitado a la vida de cada uno por la puerta del corazón. Es vivir la vida de comunión del Resucitado, que viene y une su vida a la de cada uno, introduciendo en cada cual, la fuerza viva de su amor, a fin de formar la unidad, siendo uno en Él y de este modo siendo uno entre nosotros, de tal manera que podamos experimentar la paz que procede de Dios.
Vivir nuestra identidad de bautizados es vivir nuestro proyecto de renovación pastoral, a través de la puesta en práctica del v plan diocesano de pastoral. Lo que significa que en realidad, las personas bautizadas y creyentes nunca son extrañas las unas para las otras. Pueden separarnos estructuras sociales, culturales, temporales e incluso históricas, pero cuando nos encontramos, nos conocemos en el mismo Señor, en la misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor, que nos conforman y nos dan identidad, y nos proporcionan la fuerza necesaria para transformar aquello que nos oprime y acortar la distancia que nos separa.
Así, experimentamos que en lo más profundo de nosotros mismos estamos enraizados en la misma identidad, a partir de la cual todas las diversidades exteriores, por más grandes que sean, resultan secundarias. Estamos en comunión a causa de nuestra identidad más profunda: «Cristo en nosotros y nosotros en Él. Somos Hijos en el Hijo». Así la fe es una fuerza de paz y reconciliación en el mundo; es la prueba de que la lejanía ha sido superada y es testimonio de que «estamos unidos en el Señor» (cf. Ef 2,13).
Es ésta identidad de ser Hijos de Dios, la que nos capacita para escuchar el mandato del Resucitado, “Miren mis manos y mis pies”. Soy yo mismo. Ser testigo es ser luz que vive la radicalidad del amor en el corazón de Dios y en el corazón de los hombres que se han entrelazado en Jesucristo. Es vivir la luz de la verdad y el fuego del amor que transforma el ser de cada hombre y cada mujer y permite comprender quiénes somos y para qué existimos.
Ser bautizados significa que la luz del Resucitado nos ha penetrado a lo más íntimo de nosotros mismos, por ello, con justa razón podemos llamarnos testigos del Resucitado. En efecto, nuestra presencia aquí es la mejor expresión de que no queremos dejar que Jesús se aparte de nuestro lado, aun más, queremos que Jesús continúe caminando junto a nosotros y nos indique el camino.
Por eso, tocar las manos y los pies del Señor y hacer la experiencia de que Él Es, de que Él está a nuestro lado, es renunciar por siempre a la comodidad, a la monotonía, a la mediocridad, a la vida sin sentido, a la mentira del individualismo, al egoísmo y al desamor, a la falta de compromiso, al odio y al rencor, a la violencia que destruye y produce muerte.
Convertirnos en testigos del Señor Resucitado tiene como preludio el habernos encontrado con Él, o sea, haber tocado sus manos, sus pies, o haber aprendido que Él es el Hijo de Dios, y por tanto, es tener como principio vital que Dios es principio y fundamento de nuestra existencia, y nos conduce en su amor a la vivencia de la vida en plenitud. Y desde ella vivimos la experiencia de ser Iglesia de Acapulco que día a día se convierte en una sola familia que en unidad camina hacia la resurrección y la vida eterna.
Lo he dicho en días pasado y lo seguiremos profundizando en la cincuentena pascual: ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo está vivo!, hoy se une el mandato de ¡tocar sus manos y sus pies! Para saber que Él, a fin de que resuene nuevamente la oportunidad de transformación y de esperanza para nuestra Iglesia, para nuestra sociedad y para nuestro mundo. Sólo en Jesús Resucitado podemos hacer la transformación por el amor y el compromiso por la paz como fruto de un encuentro con Él. Si Dios está vivo, el hombre vive y es capaz de lograr todas las transformaciones a través de la amabilidad, el respeto, el diálogo, y la escucha, manifestando nuestro ser de Discípulos y Misioneros de Jesucristo.

3. Ustedes son testigos de estas cosas (Lc 24,48)

Hoy se abre el espacio para que todos nosotros cristianos que peregrinamos en la arquidiócesis de Acapulco, en medio de la oscuridad que parece cómoda para el mundo e incluso en muchas ocasiones para nosotros mismos, reafirmemos con palabras y con hechos, con pensamientos y sentimientos, con actitudes y compromisos lo que significa creer que somos Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que el mundo tenga vida.
Hoy nos toca a nosotros decir con nuestra existencia lo que significa optar por la vida y de esta manera vivir construyendo día a día «vida eterna de Dios en nosotros». Nos toca poner en práctica la enseñanza de Jesús, nuestro amado Señor Resucitado.
Nos toca enseñar a otros que vivir es entrar en comunión profunda con todos los hombres, que vivir es tener capacidad para leer, entender e interpretar sin condenaciones la propia historia, es amar, darse y dignificarse, es encontrar el sentido de la vida y la alegría que rompe la soledad y el egoísmo. Nos toca enseñar que el amor es la manifestación de Dios mismo, que el amor es la energía transformadora de toda persona y de toda sociedad. Y en este amor encontrar el sentido más profundo de la vida humana. Nos toca ser testigos de que el amor es un compromiso de vida que requiere donación personal, que jamás tranquiliza egoístamente la conciencia o deja indiferente el corazón, sino al contrario, crea en la persona un sentido de trascendencia que transforma al hombre en una persona generosa, fraterna, libre, auténtica, consciente y responsable de saberse llena de Dios.
Nos toca enseñar a nosotros, cristianos católicos, que creer en Jesús significa vivir el amor como vocación humana, que lleva a las personas a encontrarse y relacionarse entre sí como hermanos, y que ello implica vivir la solidaridad, que no es un sentimiento superficial frente a los problemas, tristezas, injusticas y exclusiones de los seres humanos, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.
La solidaridad que proclamamos los cristianos está muy lejos del enarbolamiento de una bandera que dice luchar de manera populista por los pobres. Nuestra solidaridad parte de ver al otro como persona y no como un instrumento cualquiera para conseguir fines egoístas, abandonándola cuando ya no sirve. Nuestra solidaridad tiene que fundamentarse en ver al otro como nuestro semejante, como el hermano que necesita la ayuda para participar del banquete de la vida.
Hoy nos toca escuchar al Señor resucitado que nos dice: «Ustedes son mis testigos», en nosotros se apoya para que enseñemos que es posible crear el nacimiento de una sociedad nueva fundada en el compartir, en la vida comunitaria, en la sensibilidad ante el dolor y la desesperanza de los más necesitados, que supere aislamientos, egoísmos e indiferencias y haga visible el llamado de Dios a vivir auténticamente como hermanos e hijos de un mismo Dios y Padre de todos, que buscamos transformar la historia para construir la Iglesia que vive en la común unión de la paz, de la justicia y la libertad, del dialogo, de la participación, de la aceptación, de la verdad y del amor.

Por último, pidamos a Dios nos permita a cada uno de los que conformamos ésta gran Arquidiócesis de Acapulco, trabajar con esperanza para alcanzar la plenitud madura de nuestras vidas en la paz del Señor Resucitado. Pido al Espíritu Santo fecunde nuestras vidas como Iglesia arquidiocesana, y nos permita dar el testimonio coherente que nos lleve a dar testimonio de Jesucristo el Señor de la vida en la transformación nuestra realidad.
María Santísima de Guadalupe nos acompañe en este empeño de renovarnos como personas y comunidad de fe en Cristo resucitado. Nos proteja con su intercesión amorosa y nos siga mostrando el rostro materno de Dios, rostro de ternura y amor, de perdón y comunión, de entrega total al proyecto de Dios. Madre Santísima protégenos, tus hijos pequeños y amados te lo imploramos. Así sea.

+ Carlos Garfias Merlos
Arzobispo de Acapulco